La corrupción que consume al partido del gobierno se presenta como una especie de parábola o cuentecillo moral al que convendría el título de La enredadera y el muro. Mientras la corrupción rampa y prolifera cada vez más rozagante y exhibiendo toda clase de flores tóxicas, el muro sobre el que medra permanece impasible apoyado en el mantra de «dejar que actúe la justicia». A estas alturas el muro se ha vuelto invisible pero los capitostes populares, fieles al principio quietista impartido por su jefe de filas, siguen a lo suyo, incapaces de percibir el escándalo que provoca la así llamada normalidad de sus actos. Vale que la consigna ¿qué hay de lo mío? haya sido el santo y seña para circular (y traficar) en los pasillos del poder durante largos años, pero ¿de verdad creen que se puede gritar la consigna desde la acera para que te reciba un ministro? Bueno, pues ahí lo tienen: el banquero ful y presunto delincuente fiscal (el mejor ministro de Economía que ha tenido España, en el santoral de la parroquia de la calle Génova) se presenta en el Ministerio de la Policía, golpea con los nudillos en la puerta del despacho del ministro y caramba, mi querido Rodri, ¿tú por aquí?, qué tal, ministro, ya sabes, he venido a ver que hay de lo mío, claro, estás en tu casa, pasa y charlamos tranquilamente, ¿te tratan bien esos?, mira que hay mucho cabrón suelto, dios me perdone, ¿un cafelito?, no, gracias, ministro, estoy como para más cafeína, bueno, como quieras, ¿un agua mineral?, que hace «caloret», como decía la otra, siéntate ahí, estarás más cómodo, Mari Puri, no me pase ninguna llamada y anule las citas de esta mañana, los amigos son los amigos, y cierre la puerta al salir. Y así quedaron la flor de la enredadera y el sillar del muro en estrecha relación simbiótica hablando por lo bajinis de sus cosas durante más de una hora. Es un espectáculo que podemos ver cada vez que pasamos junto a un edificio en ruinas, y generalmente solo se ve la...
Beckettiana
El joven no sabe, el viejo no recuerda. Estamos rodeados de oscuridad. El joven porque aún no se ha apropiado de la información que provee el mundo; el viejo, porque la ha perdido. El joven suple su ignorancia con osadía; el viejo, con cautela. Es increíble lo ajena que puede resultar la realidad de la que formamos parte. Para el joven es un ignoto territorio de conquista; para el viejo, la isla donde esta exiliado. El joven balbucea, el viejo también, y para ocultarlo, el primero grita y el segundo calla. Entre la estridencia de uno y la mudez del otro hay un inabarcable territorio de experiencias, afanes, amores y desengaños, como dice la canción. El paisaje que rodea a ambos es un laberinto de maravillas y espantos que el joven no sabe a dónde le lleva y el viejo no sabe a dónde le ha traído. Nada hay más extraño que el encuentro de un joven y un viejo en el camino: van en direcciones opuestas. El primero mira al segundo con desdén; el segundo le devuelve la mirada con recelo. Ambos se muestran momentáneamente desconcertados. El primero reconoce lo que le falta por ganar; el segundo, lo que ha perdido. Los personajes del irlandés de cara de pájaro ocupan el kilómetro cero de este mapa turístico. Es el modo más inteligente de conseguir la inmortalidad, si bien algo aburrido, a juicio del joven; trabajoso más bien, según el viejo. Esos tipos habitan el quicio entre la materia y la nada en una agitada quietud. O viceversa. Viajan alrededor de un árbol y su perorata -no más densa ni pertinente que la que escribo ahora- sirve para cultivar el vacío como si fuera un huerto. Cuando fui joven amé la obra de Beckett, incluso me investí con sus ropas y usé sus palabras, y ahora empiezo a entenderlo. ¡Para lo que va a servirte!, responde Vladimir, o Estragón, o los dos al unísono, ya estoy un poco sordo y no distingo las...
Un día en Mauthausen
El compromiso contraído con los amigos de la Biblioteca Pública de Barañáin para impartir en octubre un pequeño seminario sobre la literatura del Holocausto me llevó ayer a pasar el día de ayer fajado a la redacción de un comentario sobre K. L. Reich, del catalán Joaquim Amat-Piniella, un testimonio novelado de la experiencia de los prisioneros españoles en el campo de trabajos forzados de Mauthausen, a donde fueron a parar más de siete mil republicanos capturados en Francia y cuya repatriación fue rechazada por Franco, de los que unos cinco mil no salieron vivos de aquel infierno. El autor escribió el libro en 1946, recién liberado y con la urgencia de quien cree que aún puede alcanzarle la zarpa de la muerte con la que convivido cuatro años y, a pesar de la inmediatez del infernal referente, o quizás por eso mismo, está escrito con el coraje y la claridad que identificamos en los mejores relatos del género, los de Primo Levi o Imre Kertész, digamos, si bien Amat-Piniella es infinitamente menos conocido que estos. La lectura, hoy, de estos testimonios tiene que forcejear con los clichés alojados en la imaginación del lector por el aluvión audiovisual sobre el Holocausto producido en los últimos treinta años. K. L. Reich supera la prueba y, no solo retiene la atención del lector y lo guía con firmeza por pasajes en los que sería fácil perder la brújula, sino que consigue de él la empatía y la compasión que solo despierta la mejor literatura. Al terminar la tarea, me vino a la cabeza una frase de Albert Camus que he visto reproducida con cierta frecuencia:”Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no tiene...
Dos versiones de la verdad
En la provincia donde vivo se celebra cada 9 de agosto un homenaje al subteniente del ejército, músico del regimiento acuartelado en la localidad, asesinado en esta fecha del año 2000 por la banda terrorista que tuvo en vilo al país durante cuarenta años y que aún no se ha disuelto ni ha desaparecido aunque lleve tiempo inoperante. El atentado mortal fue una ejecución a quemarropa particularmente memorable porque sucedió en un periodo terminal de la banda, cuando ya la sociedad estaba movilizada contra el terrorismo y la víctima era un vecino sin significación política alguna. Al homenaje asisten, la viuda, que ya no vive en la localidad, sus hijos, amigos y representantes de instituciones y partidos que también sufrieron el acoso del terrorismo y que antes estuvieron en el gobierno regional y ahora están en la oposición. A la inversa, los partidos que en el pasado colaboraron políticamente con la banda terrorista y otros que no sufrieron su acoso, bien por alguna remota afinidad ideológica o porque no existían en esa época, y que ahora forman la coalición de gobierno, jamás han asistido a este homenaje. Para decirlo todo, celebran el suyo propio el 8 de julio, en que disparos de la policía acabaron con la vida de un militante izquierdista hace treinta y siete años. Tus muertos, mis muertos, y todos fríos y ausentes. Estas iniciativas tienen lugar, hay que decirlo, en medio de la absoluta indiferencia de la sociedad, que básicamente no quiere más líos ni quebraderos de cabeza de los que ya tiene. Y ahora vamos al homenaje de pasado domingo y su poliédrica verdad. Al acto asistió la presidenta del parlamento regional, del partido emergente Podemos (entendemos que por sincera solidaridad con la víctima y por responsabilidad institucional, ya que representa a toda la ciudadanía). Lo que ocurrió entonces tiene un sesgo distinto para cada lector de la noticia, según sea el periódico en el que se informe, aun aceptando que los hechos narrados por los dos rotativos provinciales son ciertos. El diario progubernamental, que hasta hace un mes estuvo en la oposición, destacó en su edición de ayer que la presidenta del parlamento fue objeto de insultos y amenazas que la obligaron a abandonar el acto ante la impasibilidad de los demás asistentes, pero obvia el hecho de que ningún miembro del gobierno asistió al homenaje. La noticia así formulada convertía el homenaje en una reunión de hooligans. El diario de la oposición, que antes era progubernamental, destacó a su vez que ningún miembro del gobierno había asistido al homenaje pero no mencionaba el hecho de que un puñado de extremistas insultó a la segunda autoridad electa de la comunidad. Esta versión de...
Milagro
No sé otro modo de explicar la aparición de Jesucristo en mi muro (me parece que se llama así) de Facebook. Me siento como el pastorcillo de los cuentos parroquiales, que encuentra en el camino a un misterioso viajero el cual le dice alguna obviedad que lo deja boquiabierto hasta que comprende con quién ha hablado y corre alborozado a la aldea para contarlo. ¿Dónde estaba todos estos años? He vivido atado al recuerdo de su aparición en la cueva donde nuestra generación lo vio la primera vez, cuando éramos jóvenes y estábamos perplejos. Alto, estilizado, hierático sin envaramiento, curiosamente cejijunto y de expresión triste, caminaba con ligereza y determinación por los conocidos episodios de su vida, capítulo a capítulo, secuencia a secuencia, hasta el previsto desenlace en la que es la versión más poética que ha hecho el cine de esta leyenda. Eran tiempos que creíamos mágicos y solo eran confusos, en los que la literalidad del evangelio parecía contener un mensaje revolucionario. Después me he preguntado muchas veces a dónde iría ese raro actor de apellido vasco que protagonizaba la película de Pier Paolo Pasolini y al que nunca más se vio en la pantalla, como quizás corresponde al carácter singular de su personaje. Desapareció de nuestra vista como se extinguió la memoria de la película y el mensaje que creíamos leer en ella. Y ahora aparece en mi Facebook con un comentario trivial, como todos los comentarios que salpican los intercambios de este club de militantes contra la soledad y el tedio. En su actual avatar, Jesucristo parece ser un jubilado burgués, ajedrecista notable, escorado a la izquierda, que vive en una encantadora localidad de la costa catalana y dedica tiempo a pasear por la Red donde busca amigos como el otro paseaba por las breñas en busca de discípulos; en resumen, un tipo mimetizado con el paisaje de su época como lo fue el de Nazaret. Por mi parte, me temo que es lo más cerca que estaré nunca del fundador del cristianismo. Epílogo: el pastorcillo llega a la aldea y cuenta su encuentro con el misterioso paseante ante un grupo de labriegos entre los que está el párroco. Los labriegos reaccionan con indiferencia pero el párroco responde al gañán con una bofetada: ¡no seas...
Otra modesta proposición
Lo cierto es que España se formó por la unión en la cama de los reinos de Castilla y Aragón. Lo que quedó fuera de este acuerdo matrimonial porque no pertenecía al patrimonio de los cónyuges –Navarra y Granada- fue asaltado por las armas, las minorías que no comulgaban con el menú hegemónico –judíos y moriscos- fueron expulsadas de la boda y aquí paz y después gloria. Los costurones de esta operación, que inauguró en Europa la Edad Moderna, aún se advierten en lo que los cursis de antaño llamaban la piel de toro. Después, la piel dichosa ha atravesado muchos avatares, casi todos fallidos; entre otros, la revolución jacobina del XIX y la instauración republicana y democrática en el XX, todas impotentes para hacer un estado verdaderamente constitucional de este empedrado de reinos medievales, territorios forales y oligarquías locales. Aquí la constitución nunca es una carta fundacional sino un centón de agravios históricos y bálsamos provisionales. El mejor argumento que se les ocurre a los defensores de la Constitución de 1978 es que ha presidido el periodo más largo de prosperidad de la historia española, como si constitución y prosperidad formaran un engranaje de causa-efecto. ¿Y qué pasa cuando la prosperidad se ha acabado? Esta idea de la Constitución como cuerno de la fortuna es básicamente la ideología de nuestras elites, explica la corrupción rampante e ilustra sobre lo poco que hemos avanzado desde la Restauración. Los nacionalismos catalán y vasco, que brotaron más o menos en aquella época, ofrecen una solución privativa a esta penuria: encerrémonos en nuestra ínsula barataria. La debilidad de esta propuesta es doble, ni tienen base política suficiente para dar el paso decisivo ni el resultado les llevaría a ínsula alguna, imposible en un universo en el que todos estamos maniatados con el mismo hilo, ¿cómo vas a independizarte de los jaqueadores de la red? Por vías pautadas y democráticas, una secesión al estilo decimonónico tiene poco recorrido, como recuerdan los casos de Quebec y Escocia, lo que convierte en un teatrillo la agitación actual. Volvamos, pues, al principio, recuperemos las virtualidades de los reinos de Castilla y Aragón y reconozcamos de paso los territorios anexionados de Navarra y Granada (convertidas en capitales de dos territorios imaginarios, tan evocadores que podrían perfectamente convertirse en parques temáticos: Euskal Herria y Al Andalus). Veamos cómo: 1) Reconocimiento de las fronteras anteriores a 1492 (los inevitables desajustes provocados por el paso del tiempo podrían resolverse mediante referéndum de los habitantes en los territorios objeto de litigio). 2) Un pacto político entre los dos reinos o repúblicas que en este caso no necesitaría el marchamo matrimonial, aunque una boda incorporaría al debate al importante segmento de población...