Arde el paisaje como cada verano, la estación en que la patria parece más reseca, avejentada, inerme. Las llamas son la apoteosis del tiempo de descanso y devoran el campo, el lugar ancestral del que venimos, hoy convertido en un secarral abandonado. Asistimos al espectáculo a través del televisor con una mezcla de estupor, impaciencia y fastidio –el dolor es para unos pocos-, que desaparece apenas cubre el cielo la primera nube cargada de lluvia y fertiliza la ceniza, hasta la próxima.

Algo nos dice que los incendios seguirán, y seguirán aumentando de grado, pero qué podemos hacer. El fuego se adueña del espacio que hemos abandonado y ¿quién quiere volver a él y para qué? La tierra quemada es una estrategia no solo militar, también civil y económica de la que se espera obtener beneficios multiplicados cuando se practica.

Los Gallardos, el remoto municipio almeriense que padece el último y mortífero incendio estival, tiene todas las condiciones para ser objeto del fuego. La topografía del lugar es un laberinto de caseríos tejido por caminos de tierra que no llevan a ninguna parte en medio de un mar de combustible vegetal, sin planes de emergencia y evacuación y donde las alertas universales a través del móvil resultan confusas o simplemente no llegan.

Una de las primeras medidas del neocapitalismo instaurado en los noventa fue la cancelación de los departamentos de ordenación del territorio. Las protecciones administrativas del solar común se suprimieron o redujeron para favorecer su explotación, que ya no sería agropecuaria, sino residencial y los nuevos colonos no serían campesinos sino urbanitas en busca de la segunda residencia, el nuevo mito movilizador de la clase media aspiracional. Jubilados de los países nórdicos y de las abigarradas ciudades españolas que encuentran el paraíso de su vejez en medio de un infierno potencial. El Reino Unido se ha interesado por el alto número de británicos víctimas del incendio de Los Gallardos, que han viajado del húmedo bréxit al fuego africano del sur de España.

Los incendios forestales solo sirven para que el oficio de bombero sea un empleo promisorio y de futuro, lo que no es poco según las cuentas que rigen la macroeconomía, porque cualquier política estructural para poner fin a las llamas está condenada al fracaso, si es que se intentara.  Hay un cierto número de marcas que definen el fatalismo de la convivencia social y de alguna manera su calendario. Una de estas marcas son los incendios de verano. Otra podría ser la regularidad semanal de los asesinatos machistas, y podrían detectarse algunos tópicos más. En cada episodio despiertan una conmoción repentina y genuina, un agitado deseo de nunca más y de inmediato el olvido, hasta la próxima.

Esta mansa aceptación de la rutina de los hechos se evidencia, por si hiciera falta, en el comportamiento de los políticos al timón, fieles a su estilo en cualquier circunstancia. El moderado don Moreno Bonilla ha explicado moderadamente que la emisión de la alerta hubiera causado confusión, según los técnicos, ojo, que yo no tengo que ver nada con esto, y en paralelo el asilvestrado don Tellado ha señalado al gobierno central porque no gestiona, obviando el hecho de que la gestión de emergencias es competencia de las comunidades autónomas, es decir, de don Bonilla. El país arde pero la cohesión entre moderados y asilvestrados en la coalición reaccionaria funciona como un reloj suizo.