La corrupción que consume al partido del gobierno se presenta como una especie de parábola o cuentecillo moral al que convendría el título de La enredadera y el muro. Mientras la corrupción rampa y prolifera cada vez más rozagante y exhibiendo toda clase de flores tóxicas, el muro sobre el que medra permanece impasible apoyado en el mantra de «dejar que actúe la justicia». A estas alturas el muro se ha vuelto invisible pero los capitostes populares, fieles al principio quietista impartido por su jefe de filas, siguen a lo suyo, incapaces de percibir el escándalo que provoca la así llamada normalidad de sus actos. Vale que la consigna ¿qué hay de lo mío? haya sido el santo y seña para circular (y traficar) en los pasillos del poder durante largos años, pero ¿de verdad creen que se puede gritar la consigna desde la acera para que te reciba un ministro? Bueno, pues ahí lo tienen: el banquero ful y presunto delincuente fiscal (el mejor ministro de Economía que ha tenido España, en el santoral de la parroquia de la calle Génova) se presenta en el Ministerio de la Policía, golpea con los nudillos en la puerta del despacho del ministro y caramba, mi querido Rodri, ¿tú por aquí?, qué tal, ministro, ya sabes, he venido a ver que hay de lo mío, claro, estás en tu casa, pasa y charlamos tranquilamente, ¿te tratan bien esos?, mira que hay mucho cabrón suelto, dios me perdone, ¿un cafelito?, no, gracias, ministro, estoy como para más cafeína, bueno, como quieras, ¿un agua mineral?, que hace «caloret», como decía la otra, siéntate ahí, estarás más cómodo, Mari Puri, no me pase ninguna llamada y anule las citas de esta mañana, los amigos son los amigos, y cierre la puerta al salir. Y así quedaron la flor de la enredadera y el sillar del muro en estrecha relación simbiótica hablando por lo bajinis de sus cosas durante más de una hora. Es un espectáculo que podemos ver cada vez que pasamos junto a un edificio en ruinas, y generalmente solo se ve la enredadera.