La otan es una organización militar que quiere parecer civil y a tal fin cuida el lenguaje con que presenta al público. En la campaña del referéndum para la permanencia de España en la organización (1986), los partidarios del sí (pesoe) la llamaban finamente la alianza atlántica y los postulantes del no, la otán, con tilde en la segunda vocal, que producía un crujido cacofónico, aplastante, onomatopeya de una granada que estalla o de un tanque que te pasa por encima.

Sea como fuere, seguimos en la cosa y la primera intervención de la organización en suelo europeo fueron los bombardeos sobre Serbia (marzo/junio 1999), que acaecieron siendo secretario de la organización don Javier Solana, el sonriente político español que mejor ha representado la bonhomía y la civilidad desde que tenemos memoria. Fueron setenta y ocho días de bombardeo a placer sobre objetivos militares y civiles serbios, bajo el nombre de operación fuerza aliada, que abrieron una brecha aún no suturada en el corazón de Europa. El propósito era bueno, detener la limpieza étnica que el gobierno serbio practicaba en Kosovo, pero la acción fue ilegal según el derecho internacional porque no contó con la autorización del consejo de seguridad de las naciones unidas. La guerra se prolonga en la guerra  y como efecto de esta Washington instaló en Kosovo la base Bondsteel, que opera como sede del comando oriental de la organización militar. Otra cuestión es la proporción de la fuerza y si eran necesarios ataques a la población civil para detener la acción de un gobierno por más condenable que fuera; ejemplos a contrario no faltan. Pelillos a la mar. La otan, como las mascotas domésticas, no son responsables de las deposiciones que dejan en la acera por la que transita el vecindario.

Esta especie de desconexión mental entre la naturaleza y los fines de la organización y su proyección civil hace que las cumbres de la otan parezcan reuniones de vendedores de una multinacional de pasta dentífrica y a la opinión pública solo lleguen sus manifestaciones más mundanas y recreativas, que si visitan el Museo del Prado cuando la cumbre se celebra en Madrid y todo eso. En esta ocasión, no ha sido distinto porque nadie sabe qué han resuelto en la reunión de Ankara, pero era inevitable que el discreto buen rollo se viera alterado para parecerse a una gresca en el saloon, habida cuenta que oficia de sheriff ese gigantón decrépito y enfermo de narcisismo.

El ogro empezó abroncando a sus socios, singularmente a España con quien la tiene tomada, para de inmediato asegurar que todo estaba arreglado. ¿Qué había ocurrido en las reuniones a puerta cerrada para que se produjera este cambio de actitud?, se preguntan sesudos periodistas. A simple vista y con escaso margen de error, el cambio se debe a tres razones: 1) la naturaleza senil del sheriff, que da muestras continuas de comportamiento errático; 2) el efecto balsámico de las chupadas en tal parte que le sirve don Rutte, secretario de la organización, y 3) que España sigue aumentado su gasto militar de acuerdo con las previsiones.

Por si no hubiera suficiente tensión y le faltara al tabernario encuentro una dosis del folclore, el presidente turco, don Erdogan, anfitrión de la cumbre, tuvo la genial ocurrencia de regalar un revólver personalizado a cada uno de los jefes de estado y de gobierno participantes. El obsequio se justificaba porque es el primer revólver de entera fabricación turca. Con el mismo pretexto podía haberles regalado un dron multidestructivo, más pertinente a este tiempo. El revólver de tambor es un arma arcaica, de poca precisión y duro manejo, más útil en un concurso de tiro que en una balacera. Esas imágenes de película en las que el bueno desenfunda, gira el arma entre los dedos, dispara, abate al malo, sopla el humillo que sale de la boca del cañón y enfunda, están trucadas. El dueño del saloon ha debido pensar que serían del gusto del sheriff pero en el país de Trump, que es la patria del pistolerismo doméstico, ya hace tiempo que se utilizan armas automáticas para las matanzas entre el vecindario. Los que parecían no entender el sentido del regalo fueron los dirigentes europeos, que no saben qué hacer con el revólver y lo han entregado a sus respectivas policías. Quizá era para que se peguen un tiro, pero en ese caso deben asegurarse de que el cañón está en la boca y bien sujeto con los dientes porque ya se ha dicho que es un arma muy imprecisa.

La postdata de esta crónica es que la otan no está en peligro, ni siquiera en fase de modificación estructural, a pesar de los aspavientos del sheriff porque a) Estados Unidos no puede desentenderse del frente occidental y b) Europa es incapaz de armar una defensa común y autosuficiente del territorio continental. De lo que se trata es de que los europeos inviertan más en gasto militar y, llegada la ocasión, estén en condiciones de aportar tropas sobre el terreno, y eso ya está ocurriendo. Lo del revólver es una anécdota para mantener entretenida a la opinión pública durante un par de días, que es lo que duran estas ocurrencias en el aire.

La imagen es un fotograma de la película Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone (1968).