Fin de año académico y fin también del ciclo de secundaria. El centro lo celebra con una ceremonia de graduación. A la española, nada de birretes y togas. Las chicas acuden con trajes de fiesta largos, escotados, ajustados: un desfile de lolitas en el baile de las debutantes. Los chicos, camisas blancas, pantalones oscuros, zapatillas de deporte nuevas, y el unánime corte de pelo, afeitado en las sienes y en el cogote y exuberante en el colodrillo. También el talante es distinto: alegre y excitado en ellas, taciturno en ellos. Se sientan en las primeras bancadas separados por razón de género, ellas a la izquierda y ellos a la derecha, no por imposición del centro ni por ningún otro orden. Simplemente, cada uno/una quiere estar con los suyos/suyas. Han empezado a descubrir que la convivencia y la igualdad tienen aristas.

El colegio es concertado, de titularidad de una añeja orden pedagógica (1859) que años atrás cambió su impresionante edificio en el centro de la ciudad por este de nueva construcción en un barrio periférico de clase media donde hay familias que necesitan servicios educativos. Un rasgo del aggiornamento eclesial en este periodo postmoderno son los negocios inmobiliarios. El cambio de edificio ha significado también una impresionante mutación arquitectónica, del edificio vertical, picudo y hermético, entre monasterio y cárcel, del antiguo colegio a la actual construcción, horizontal, clara y abierta, como un campus californiano.

El acto se celebra en la capilla, en realidad un templo grande, paralepipédico y de muros blancos y desnudos, que tiene una función multiusos. El abuelo recuerda que cuando entonces los colegios tenían capilla y salón de actos como espacios independientes y diferenciados -lo sagrado y lo profano, que diría un antropólogo francés-  porque hubiera sido inimaginable, blasfemo, proyectar un acto aconfesional en  el lugar del santísimo sacramento. En el muro frontal, presidiendo la asamblea, un gran cristo muy intrigante. El artista ha obviado la cruz, lo que lo convierte en un ser flotante, efecto que se acentúa por la melena al viento que exhibe la figura. Los brazos abiertos dejan de ser efecto del sufrimiento y se convierten en gesto de acogida pero también de triunfo, es el gesto del atleta vencedor  cuando rompe con el pecho la cinta de meta. El torso es esquelético pero las piernas son robustas, si bien los pies están superpuestos y sujetos, como se espera que estuvieran en la cruz. Es un cristo resucitado antes de haber muerto. El cristianismo atraviesa un dilema en la representación de su fundador, entre el cristo musculado y conseguidor que predican los evangélicos y está de moda por la onda trumpista y el guiñapo martirizado y penitencial de la tradicional cultura católica. Esta figura parece buscar una síntesis a este dilema.

Aparte del espacio donde tiene lugar la ceremonia, ningún signo de su desarrollo indica el carácter confesional del centro. Apenas el encendido de dos cirios descontextualizados como metáfora de la luz que proporciona la educación. El encendido lo hacen dos chicos designados para este momento y el conductor del acto alienta a uno de ellos: ánimo, que serás capaz de hacerlo. El abuelo reconoce en este chascarrillo paternalista la típica condescendencia clerical hacia el tonto de la clase. Algo no ha cambiado en los colegios de curas. Hay alumnos/as  que se gradúan en secundaria sin saber encender una vela, los curas lo saben y dan la causa por perdida.

Lo que sigue al encendido de las velas es una sucesión de intervenciones orales  a cargo de alumnos y alumnas, profesores y tutores. Las intervenciones son de perfil bajo y buen rollo. Chicos y chicas en los quince evocan las rutinas de clase con lo que quiere ser humor de patio de recreo y aquí paz y después gloria. Las autoridades educativas que toman la palabra están en la onda del coach que anima a sus pupilos a creer en sí mismos a la vez que les advierte que  la carrera no ha terminado. Nada relevante. Ni una palabra sobre el valor de la educación, sus metas y dificultades, que podrían iluminar a los familiares presentes y elevar un poco el nivel ramplón de la oratoria colegial. Después, los graduados y graduadas son llamados por su nombre para recoger un recuerdo el acto: una foto de grupo y una insignia de solapa del fundador de la orden. La chicas acuden a la llamada con la sonrisa proverbial; luego, de vuelta a la bancada cuchichean entre ellas. Los chicos, taciturnos, como hasta ahora, pero ocurre algo: cuando es nombrado el macho alfa de la clase, ese líder que aparece en todas colectividades cerradas, sus condiscípulos le premian con un rugido, como si recoger una foto y una insignia fuera una victoria deportiva. El rugido se oye dos veces, así que podemos entender que no es una comunidad unánime, y en una de ellas el agasajado se vuelve hacia los suyos para agradecer el homenaje cerrando el puño y elevando el pulgar.

El rector del centro cierra el acto con las palabras atribuidas el fundador en el lecho de muerte: Avanti, sempre avanti, en su lengua nativa. El automatismo de la memoria le hace recordar al abuelo la cabecera del periódico que dirigió Mussolini y ahora mismo es la consigna que inspira a don Luis Argüello, presidente de los obispos, que se ha armado del zurriago para echar a los mercaderes del templo. En calle reina un sol abrasador.