El joven no sabe, el viejo no recuerda. Estamos rodeados de oscuridad. El joven porque aún no se ha apropiado de la información que provee el mundo; el viejo, porque la ha perdido. El joven suple su ignorancia con osadía; el viejo, con cautela. Es increíble lo ajena que puede resultar la realidad de la que formamos parte. Para el joven es un ignoto territorio de conquista; para el viejo, la isla donde esta exiliado. El joven balbucea, el viejo también, y para ocultarlo, el primero grita y el segundo calla. Entre la estridencia de uno y la mudez del otro hay un inabarcable territorio de experiencias, afanes, amores y desengaños, como dice la canción. El paisaje que rodea a ambos es un laberinto de maravillas y espantos que el joven no sabe a dónde le lleva y el viejo no sabe a dónde le ha traído. Nada hay más extraño que el encuentro de un joven y un viejo en el camino: van en direcciones opuestas. El primero mira al segundo con desdén; el segundo le devuelve la mirada con recelo. Ambos se muestran momentáneamente desconcertados. El primero reconoce lo que le falta por ganar; el segundo, lo que ha perdido. Los personajes del irlandés de cara de pájaro ocupan el kilómetro cero de este mapa turístico. Es el modo más inteligente de conseguir la inmortalidad, si bien algo aburrido, a juicio del joven;  trabajoso más bien, según el viejo. Esos tipos habitan el quicio entre la materia y la nada en una agitada quietud. O viceversa. Viajan alrededor de un árbol y su perorata -no más densa ni pertinente que la que escribo ahora- sirve para cultivar el vacío como si fuera un huerto. Cuando fui joven amé la obra de Beckett, incluso me investí con sus ropas y usé sus palabras, y ahora empiezo a entenderlo. ¡Para lo que va a servirte!, responde Vladimir, o Estragón, o los dos al unísono, ya estoy un poco sordo y no distingo las voces.