No sé otro modo de explicar la aparición de Jesucristo en mi muro (me parece que se llama así) de Facebook. Me siento como el pastorcillo de los cuentos parroquiales, que encuentra en el camino a un misterioso viajero el cual le dice alguna obviedad que lo deja boquiabierto hasta que comprende con quién ha hablado y corre alborozado a la aldea para contarlo. ¿Dónde estaba todos estos años? He vivido atado al recuerdo de su aparición en la cueva donde nuestra generación lo vio la primera vez, cuando éramos jóvenes y estábamos perplejos. Alto, estilizado, hierático sin envaramiento, curiosamente cejijunto y de expresión triste, caminaba con ligereza y determinación por los conocidos episodios de su vida, capítulo a capítulo, secuencia a secuencia, hasta el previsto desenlace en la que es la versión más poética que ha hecho el cine de esta leyenda. Eran tiempos que creíamos mágicos y solo eran confusos, en los que la literalidad del evangelio parecía contener un mensaje revolucionario. Después me he preguntado muchas veces a dónde iría ese raro actor de apellido vasco que protagonizaba la película de Pier Paolo Pasolini y al que nunca más se vio en la pantalla, como quizás corresponde al carácter singular de su personaje. Desapareció de nuestra vista como se extinguió la memoria de la película y el mensaje que creíamos leer en ella. Y ahora aparece en mi Facebook con un comentario trivial, como todos los comentarios que salpican los intercambios de este club de militantes contra la soledad y el tedio. En su actual avatar, Jesucristo parece ser un jubilado burgués, ajedrecista notable, escorado a la izquierda, que vive en una encantadora localidad de la costa catalana y dedica tiempo a pasear por la Red donde busca amigos como el otro paseaba por las breñas en busca de discípulos; en resumen, un tipo mimetizado con el paisaje de su época como lo fue el de Nazaret. Por mi parte, me temo que es lo más cerca que estaré nunca del fundador del cristianismo. Epílogo: el pastorcillo llega a la aldea y cuenta su encuentro con el misterioso paseante ante un grupo de labriegos entre los que está el párroco. Los labriegos reaccionan con indiferencia pero el párroco responde al gañán con una bofetada: ¡no seas...
Otra modesta proposición
Lo cierto es que España se formó por la unión en la cama de los reinos de Castilla y Aragón. Lo que quedó fuera de este acuerdo matrimonial porque no pertenecía al patrimonio de los cónyuges –Navarra y Granada- fue asaltado por las armas, las minorías que no comulgaban con el menú hegemónico –judíos y moriscos- fueron expulsadas de la boda y aquí paz y después gloria. Los costurones de esta operación, que inauguró en Europa la Edad Moderna, aún se advierten en lo que los cursis de antaño llamaban la piel de toro. Después, la piel dichosa ha atravesado muchos avatares, casi todos fallidos; entre otros, la revolución jacobina del XIX y la instauración republicana y democrática en el XX, todas impotentes para hacer un estado verdaderamente constitucional de este empedrado de reinos medievales, territorios forales y oligarquías locales. Aquí la constitución nunca es una carta fundacional sino un centón de agravios históricos y bálsamos provisionales. El mejor argumento que se les ocurre a los defensores de la Constitución de 1978 es que ha presidido el periodo más largo de prosperidad de la historia española, como si constitución y prosperidad formaran un engranaje de causa-efecto. ¿Y qué pasa cuando la prosperidad se ha acabado? Esta idea de la Constitución como cuerno de la fortuna es básicamente la ideología de nuestras elites, explica la corrupción rampante e ilustra sobre lo poco que hemos avanzado desde la Restauración. Los nacionalismos catalán y vasco, que brotaron más o menos en aquella época, ofrecen una solución privativa a esta penuria: encerrémonos en nuestra ínsula barataria. La debilidad de esta propuesta es doble, ni tienen base política suficiente para dar el paso decisivo ni el resultado les llevaría a ínsula alguna, imposible en un universo en el que todos estamos maniatados con el mismo hilo, ¿cómo vas a independizarte de los jaqueadores de la red? Por vías pautadas y democráticas, una secesión al estilo decimonónico tiene poco recorrido, como recuerdan los casos de Quebec y Escocia, lo que convierte en un teatrillo la agitación actual. Volvamos, pues, al principio, recuperemos las virtualidades de los reinos de Castilla y Aragón y reconozcamos de paso los territorios anexionados de Navarra y Granada (convertidas en capitales de dos territorios imaginarios, tan evocadores que podrían perfectamente convertirse en parques temáticos: Euskal Herria y Al Andalus). Veamos cómo: 1) Reconocimiento de las fronteras anteriores a 1492 (los inevitables desajustes provocados por el paso del tiempo podrían resolverse mediante referéndum de los habitantes en los territorios objeto de litigio). 2) Un pacto político entre los dos reinos o repúblicas que en este caso no necesitaría el marchamo matrimonial, aunque una boda incorporaría al debate al importante segmento de población...
Goodfellas
El sindicato de los diplomáticos (sí, señor, los diplomáticos también tienen una asociación que defiende sus intereses corporativos) ha protestado por el nombramiento del ex ministro Wert como embajador de la OCDE , lo que quiera que designe ese acrónimo, donde disfrutará de un suntuoso retiro en París en compañía de su esposa, alta funcionaria del mismo acrónimo. Que el gobierno de Rajoy haya conseguido tener enfrente hasta la venerable corporación del servicio exterior da noticia de las dificultades que le esperan en las elecciones. Y luego se quejan de que nadie quiere pactar con ellos. Wert ofició de provocador durante su paso por el gobierno; consiguió con gran éxito hacer enemigos en todas las áreas de su competencia y es autor de una ley troncal que, con toda seguridad, derogará el próximo gobierno, cualquiera que sea. Ahora, también ha conseguido enemistarse con los funcionarios de un área que le es ajena y en la que ha entrado con la ostentosa desenvoltura característica de toda su acción política. Mientras el equipo económico del ejecutivo de Rajoy se enfrascaba en incumplir a hurtadillas pero minuciosamente el programa electoral que los llevó al gobierno –hasta el punto de convencer a finos analistas de que también eran socialdemócratas-, Wert y su compañero de gabinete, Ruiz Gallardón, llevaron hasta el límite sus proyectos legislativos para satisfacer las querencias de la robusta extrema derecha (o, como se dice ahora, derecha más extrema) alojada en su caladero de votantes. El resultado es que los socialdemócratas encubiertos siguen en el gobierno y estos derechistas contumaces están fuera, quizás por exceso de celo. En este tránsito, ¿qué hacer con uno de los nuestros, un goodfella en el original? Si algo caracteriza a un partido constitucionalista como el PP es la lealtad con los de la banda, que jamás son abandonados a su suerte en el campo de batalla. A este fin, el gobierno ha convertido la constelación de instituciones públicas de la administración, la cárcel incluida, en una densa red de asistencia donde los caídos pueden recibir desde un plato de sopa hasta un despacho con secretaria y chófer, según sea el mérito de los servicios prestados. Días antes de que Wert se mudase a París, vimos entrar en el Senado a un espeso ramillete de miembros de la familia de Levante que acababan de ser desahuciados en las urnas. El repetido símil del cementerio de elefantes para calificar la función de estas instituciones subalternas es infamante para los difuntos, aunque sean elefantes, porque quienes terminan varados en las poltronas están y son vivos, al menos en las acepciones 1ª y 6ª del diccionario de la RAE. Wise guys en el...
Farolillos de papel
Como cada año por estas fechas de agosto nos llega el tañido de la campana de Hiroshima implorando la paz. Es una plegaria mínima y remota al Jehová de nuestro tiempo para que nunca más vuelva a descargar su ira sobre nosotros. Mudas linternas de papel bailan en la superficie del estanque y recuerdan modestamente el fragor y la luminosidad del primer ensayo del fin del mundo. La secuencia es conocida: un artefacto de unas cuatro toneladas de peso con cincuenta kilos de uranio en sus entrañas al que pusieron el estúpido nombre de Little Boy produjo una atmósfera a treinta mil grados de temperatura y dio muerte a ciento cuarenta mil seres humanos en unos segundos. La bomba acabó con la guerra, revirtió los valores en nombre de los cuales se había luchado y presidió desde entonces las pesadillas de la humanidad. En el hemisferio norte, nuestra generación se ha criado y ha vivido feliz y en prosperidad en este alvéolo de terror de dimensiones inimaginables. La bomba atómica era el godzilla de los tebeos infantiles, el límite de nuestra imaginación política, una noción paralizante que redujo las estrategias de gobierno a un dilema muy simple: o una paz soporífera o la muerte segura. Se acabó la posibilidad de que una nación emprendiera un conflicto contra sus vecinos justificado por cálculos particulares y tácticos para descubrir después de un periodo de crímenes y miseria que había perdido la partida, como le ocurrió a Alemania. Ahora, todos sabían cómo iba a terminar la aventura antes de que empezase. El monopolio de la bomba erigió un poder imperial que durante cuarenta años pujó con su némesis en una escalada de bravuconadas y amenazas que llamamos guerra fría, hasta que el adversario se retiró de la mesa. Flaqueó la ideología pero no la tecnología. Hoy hay más bombas atómicas que nunca esperando su oportunidad, son más versátiles, más destructivas y de manejo más accesible, y muchas están en manos de estados nuevos que no se sienten concernidos por la experiencia de la última guerra mundial, al contrario, tienen su propia expectativa de guerra. El eje de la tensión puede desplazarse de Berlín a Jerusalén, o rebrotar en Extremo Oriente. Los imperios vigilantes dan muestra de fatiga, cuando no de claudicación, y setenta años es mucho tiempo para mantener encendida la memoria del horror con el único recurso de unos farolillos de papel. Si algo demuestran las ceremonias conmemorativas de Hiroshima y Nagasaki es que se puede sobrevivir a la bomba. La paradoja reside en que, si no asegura la destrucción total, la bomba se convierte en un arma táctica. Por ahora, las potencias nucleares no han llegado a esta convicción, pero...
El adversario
¿Con qué clase de bestias se ven obligadas a convivir las mujeres? No son monstruos, al parecer, sino gente corriente. Los testimonios de los vecinos los presentan educados, rutinarios, acaso algo reservados y hoscos, que van y vienen a sus quehaceres y con los que se cruzan en la acera o en el portal de la vivienda. Un tipo como usted y yo, o quizás usted o yo mismo. Hasta que una mañana se descubre que ha asesinado a su mujer y, a menudo también a sus hijos pequeños, a martillazos, a tiros, con una sierra eléctrica, antes de intentar suicidarse él mismo, con más o menos éxito en este último trámite. Un rasgo común a estos crímenes es su carácter explosivo, engañosamente inesperado porque resulta difícil creer que no haya estado precedido de una larga incubación en el odio. Las palabras, los silencios, los llantos o las sonrisas de los niños, los hábitos en la mesa o en la cama que pespuntean la convivencia son nutrientes del designio asesino. Verdugo y víctimas conviven encerrados en el círculo de hierro de su propia intimidad en medio de la bullente sociedad urbana, presuntamente sobrada de oportunidades y recursos para todas las necesidades. La sumisión, la empatía y la paciencia de la mujer no aplacan el instinto destructivo del hombre, y si ella cambia de actitud y opta por plantarle cara tendrá que enfrentarse también a la extrañeza si no al rechazo del entorno, empezando quizás por su propia familia, si la tiene. Las mujeres que han pasado por ese trance saben lo largo y deprimente que puede ser porque su amante verdugo las ha convertido en el objeto único de su obsesión y no ceja en el empeño de someterlas o liquidarlas. Pueden acudir a una comisaría, pero no ha de resultar fácil verbalizar una experiencia tan íntima y humillante ante un funcionario anónimo e inquisitivo, por más dispuesto que esté al servicio y más amable que se muestre, y tampoco es seguro que la denuncia dé resultado. El dilema de la mujer es que cuando deja de ser enemiga de sí misma se convierte en enemiga de los demás. La sociedad aún no ha hecho un diagnóstico completo de la violencia machista y sus innumerables pliegues, que cuesta la vida al menos a una o dos mujeres por semana, que se sepa, y menos ha conseguido extender a la educación cívica los anticuerpos para prevenirla. Entretanto, el goteo incesante de víctimas del machismo nos recuerda el suelo de cristal que nos separa del estado de naturaleza, o del infierno, que viene a ser lo...
Despídase usted mismo
Serpiente de verano era el nombre que recibían algunas noticias de esta estación del año surgidas menos de los hechos de la realidad que de elucubraciones dictadas por el tedio vacacional. Eran noticias complacientes adaptadas a la falta de periodistas en las redacciones y a la falta de atención de los lectores y telespectadores. El nombre es un homenaje al más reiterativo reptil conocido, el monstruo del lago Ness, que ha perdido el interés del público hasta el punto de que quien se ha convertido en noticia es su empecinado perseguidor. Las serpientes de verano están al borde de la extinción porque el hábitat comunicacional se ha convertido en una gusanera y el aburrimiento playero se combate, no leyendo el periódico sino acercando el teléfono móvil a la propia cara y disparando un selfie. No obstante, la tradición es muy potente y resulta imposible que no aparezca en el papel o en la pantalla algún ofidio veraniego, quizás porque los periodistas de guardia son becarios que quieren emular a sus mayores, fijos de plantilla, o más sencillamente porque el pensamiento mágico no descansa nunca. El caso es que el último de día julio, víspera de la gran escapada, asomó la cabeza brevemente otra serpiente: las vacaciones ilimitadas. La noticia ocurre, como prescribe el canon, en un lugar remoto e inaccesible a la comprobación empírica: la empresa General Electric ha adoptado la medida de no controlar los días libres que se toman sus empleados de los que solo espera que cumplan los objetivos asignados a su tarea. Hasta aquí los hechos, que son, como corresponde al género, chocantes en su núcleo y brumosos en los detalles; luego viene la especulación, ¿podrían las empresas españolas aplicar esta medida? Mientras lee la noticia, uno de cada cuatro españoles en edad de trabajar tiene que olvidar que él ya está de vacaciones ilimitadas desde hace meses, quizás años, porque ha cumplido con creces los objetivos de la empresa, que era cerrar la planta en la que trabajaba. Otra parte de los lectores, los empleados durante la recuperación económica de Rajoy, también disfrutan de vacaciones ilimitadas porque sus contratos les obligan a trabajar apenas uno o dos días al mes, quizás un par de horas al día. Y un tercer grupo gestiona a su antojo sus vacaciones porque la empresa para la que trabajan los ha obligado a matricularse como autónomos. Por último, el empleado sujeto a un contrato laboral estándar, horario fijo y vacaciones pautadas, puede imaginarse a sí mismo entrando en el despacho del jefe con la noticia del periódico bajo el brazo dispuesto a sugerirle que la aplique a la empresa para que todos sean más felices, la conciliación familiar, la...