No ha tardado don Felipe González en hacerse presente en el enfangado paisaje de las corruptelas que acosan al pesoe pidiendo a don Zapatero que devuelva las joyas (¿a quién?) y a don Sánchez que convoque elecciones. Dejando de lado que eso es lo que pide la derecha, la interpretación inmediata del mensaje es que quiere dejar claro que él nunca recibió regalos y, si los tuvo, los devolvió (¿a quién?).

Pero hay una intención más profunda en la perseverante actitud de don González, aparte del masaje mediático que recibe cada vez que aparece en escena. Simplemente, quiere destruir el partido que él mismo creó. Los viejos peleamos con la memoria para dar sentido a  nuestra existencia. La mayoría solo disponemos de una existencia privada así que este juego es un solitario, pero don González puede permitirse el lujo de jugarlo en público y en este punto se enfrenta a un vacío pavoroso: todo lo que hizo en política ha sido superado por el devenir de la historia y sus aciertos y errores están olvidados. Si la historia le ha olvidado, entremos en la leyenda. Muera Sansón con todos los filisteos bajo las ruinas del templo, tanto más si los filisteos están guiados por el más felipista de sus sucesores, don Pedro Sánchez. Pero regresemos a la historia.

A principios de los setenta del siglo pasado, el pesoe había desaparecido del mapa político español (con la posible excepción del País Vasco) y era una marca borrosa en la memoria de la población que ya intuía la proximidad del cambio de régimen. El último secretario general, don Rodolfo Llopis, había decretado la hibernación del partido en el exilio en la confianza de que cuando se abrieran las urnas en una  futura e inminente democracia el buen pueblo las llenaría de papeletas socialistas. En esta espera, don Llopis fue asaltado en un suburbio de París por un puñado de impacientes jóvenes venidos del interior de la península que tenían el rasgo común de no ser socialistas, solo progres, dirigidos por un animal político de pura sangre, casi mitológico con el tiempo: don Felipe González. El pesoe actual es obra suya, así que se siente con autoridad para zarandear los palos del sombrajo y criticar, denostar y despreciar a sus actuales inquilinos porque, como repite en cada ocasión, el pesoe es mi partido.

Don González quiere volver a la casilla de salida, al momento auroral en el que emergió de una bruma de chaquetas de pana, el tiempo en que todo era posible si él estaba al mando.  El tiempo en que él era joven. En esta deriva don González encuentra una extraña, o quizá no tan extraña, correlación en la actitud de su némesis, don Aznar, con el que disfruta retratándose juntos. También este quiere cargarse a don Sánchez y a todo lo que representa o sugiere; también quiere volver a la casilla de salida. Don Aznar procede del extremo opuesto de la cuerda, la élite de la dictadura, detractor público de la constitución cuando se estaba elaborando y también titular de un éxito histórico: el agrupamiento de todas las derechas bajo una sola sigla después del desconcierto que asaltó al franquismo sociológico durante los años ochenta. El pepé es el artefacto operativo de la derecha española pero ahora mismo padece las disfunciones propias de un tiempo cambiante y don Aznar ha comprendido que se impone su conversión en un movimientoel que pueda hacer que haga-, como hizo Franco con las múltiples derechas que le apoyaron en el golpe contra la república democrática.

Don González y don Aznar son los dos tótems vivientes del llamado régimen del 78. Las marcas de referencia de un pasado, que como todos los pasados se ve mejor que el presente. El régimen del 78 fue llamado así e impugnado por los populismos de izquierda a principio de siglo pero no consiguieron ni arrumbarlo ni transformarlo. Hay dos razones para explicar esta impotencia. La constitución del 78 es muy rígida, creada en la desconfianza hacia la voluntad popular para sobrevivir a los vaivenes políticos de los que es pródiga la historia del país e imposible de modificar con los equilibrios de fuerza que da el sistema electoral; por ende, tiene un fuerte contenido social y democrático que, aunque no se aplique en la práctica, podría desaparecer en caso de cambio. La segunda razón para esta robustez es el contexto internacional, que en el último tercio del siglo pasado era estable y favorable a la democracia y ahora es todo lo contrario. Tampoco don Sánchez quiere cambiar nada pero para su propósito necesita apoyarse en un castillo de naipes que no resistirá al enésimo episodio de corrupción política marcaespaña. Entretanto, tenemos a González y Aznar picando piedra para rato.