Al amigo Casandro, que cumple años.

En nuestra tierna además de remota infancia aprendimos que el padrenuestro es una oración literal e inamovible porque la formuló el mismísimo Jesucristo. La IA es taxativa al respecto, como si ya estuviera allí hace dos mil años, y lo formula así: el autor indiscutible del padrenuestro es Jesús de Nazaret. Según la tradición cristiana, fue él quien enseñó esta oración a sus discípulos cuando le pidieron que les enseñara a orar. Así que chitón.

Pero, ay, con la aceleración del tiempo la literalidad del padrenuestro ha mutado y donde antes se decía perdónanos nuestras deudas como nosotros  perdonamos a nuestros deudores, ahora se dice perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Deuda y ofensa no son sinónimos, ni en tiempos de Cristo ni ahora. La deuda es una obligación por la que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero, según el diccionario rae, que solo en la tercera acepción reconoce la sinonimia con pecado u ofensa. La deuda obliga a la retribución material y si el deudor no puede hacerla irá a cárcel pero no se extinguirá la obligación, que caerá sobre su familia hasta que esta la satisfaga, como sea. La deuda es material; la ofensa, virtual. Esto lo sabe bien la legión de idiotas que profieren ofensas en las redes sociales y cuando advierten su desmesura se excusan diciendo que lo lamentan si alguien se ha sentido ofendido.

¿Quién duda que las corrupciones de nuestros gobernantes son una ofensa a la sociedad? Pero hasta que un tribunal no sustancia el caso, no son una deuda. ¿Y quién decide si es una ofensa o una deuda? La respuesta es inapelable. Dios o algunos de sus representantes acreditados en la tierra, por ejemplo, el tribunal supremo de justicia del reino de España. En sentencia de ayer mismo, los corrompidos han sido condenados a largos años de cárcel (con una rapidez inaudita en los usos de nuestro sistema judicial) mientras el corruptor ha salido de rositas del trance. Don Ábalos y su escudero don Koldo son deudores; don Aldama es solo ofensor, término sin uso en castellano de tan inane que es su significado.

El emprendedor don Aldama se levantó seis y pico de millones en su negocio de aprovisionamiento de mascarillas a entidades públicas y dejó poco más de 430.000 euros como retribución a sus facilitadores. En términos penales esto se traduce en que los facilitadores pagarán su colaboración en el fraude con veinticuatro y diecinueve años de cárcel a don Ábalos y don Koldo, respectivamente, mientras el corruptor evita la prisión con una modesta condena de cuatro años, que no le obliga a ingresar entre rejas, y la obligación de prestar servicios sociales. Don Aldama se queda con la pasta obtenida en sus negocios con los encarcelados –tres y pico millones- y es tal su arrepentimiento que ya ha empezado a prestar servicios a la comunidad anunciando que sus socios del negocio tienen mucho que contar sobre las cuitas de don Zapatero y las finanzas del pesoe. Si sigue así colaborando con la justicia terminarán nombrándole fiscal honorario del reino.

Don Aldama estaba en el trullo por otro caso de corrupción cuando fue excarcelado para colaborar en este y lo hizo cuando la investigación estaba muy avanzada y él mismo pillado en el enjuague. Confesó lo que los policías y los jueces ya sabían pero dio a las pruebas un esmalte de testigo presencial. Esta actitud colaborativa ha sido premiada por los jueces porque puso de relieve el fallo de los controles administrativos ante la corrupción. Es un argumento pintoresco porque al mando de los controles estaban los corruptos y frente a la puerta abierta, el corruptor. Intentemos encontrar una analogía que cuadre a este argumento: el atracador de una joyería sale absuelto y con el botín intacto mientras el joyero es condenado por no disponer de un mecanismo de alarma y seguridad apropiado porque quería obtener el dinero del seguro. En fin, si te apellidas Aldama, el delito versa sobre la provisión de mascarillas sanitarias y el tribunal que te juzga es el supremo de España, el argumento funciona.

Vivimos tiempos de transición, amigo Casandro, del estado de derecho al estado de los jueces, que, como deuda y ofensa, no son sinónimos.