El compromiso contraído con los amigos de la Biblioteca Pública de Barañáin para impartir en octubre un pequeño seminario sobre la literatura del Holocausto me llevó ayer a pasar el día de ayer fajado a la redacción de un comentario sobre K. L. Reich, del catalán Joaquim Amat-Piniella, un testimonio novelado de la experiencia de los prisioneros españoles en el campo de trabajos forzados de Mauthausen, a donde fueron a parar más de siete mil republicanos capturados en Francia y cuya repatriación fue rechazada por Franco, de los que unos cinco mil no salieron vivos de aquel infierno. El autor escribió el libro en 1946, recién liberado y con la urgencia de quien cree que aún puede alcanzarle la zarpa de la muerte con la que convivido cuatro años y, a pesar de la inmediatez del infernal referente, o quizás por eso mismo, está escrito con el coraje y la claridad que identificamos en los mejores relatos del género, los de Primo Levi o Imre Kertész, digamos, si bien Amat-Piniella es infinitamente menos conocido que estos. La lectura, hoy, de estos testimonios tiene que forcejear con los clichés alojados en la imaginación del lector por el aluvión audiovisual sobre el Holocausto producido en los últimos treinta años. K. L. Reich supera la prueba y, no solo retiene la atención del lector y lo guía con firmeza por pasajes en los que sería fácil perder la brújula, sino que consigue de él la empatía y la compasión que solo despierta la mejor literatura. Al terminar la tarea, me vino a la cabeza una frase de Albert Camus que he visto reproducida con cierta frecuencia:”Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no tiene recompensa”.