Hay ocasiones en que estás abocado a saber que el mundo no es esa desenvuelta pelota azul que baila alrededor del sol sino un agujero negro en cuyas profundidades abisales viven algunos de tus semejantes. ¿Y cómo los rescatas de su destino? Acabo de recibir una petición de Amnistía Internacional para que sume mi firma a una solicitud al jefe de la policía de Uttar Pradesh (he tenido que mirar su ubicación en el mapa) para que proteja a dos hermanas de 23 y 15 años condenadas por un consejo local a ser violadas y a desfilar desnudas porque un hermano suyo se ha fugado con una mujer casada de una casta superior. Desde luego, he firmado de inmediato la solicitud, no por sentido de la justicia en primer lugar sino para librarme del horror que había entrado en mi casa a través del mensaje de correo electrónico. Después de la primera e instintiva reacción, he leído otra vez las circunstancias de caso, tal como las relata AI, y creo entender que se trata de una carrera contra reloj para que el estado de derecho penetre en alguna ignota aldehuela dominada por una partida de caciques que han decidido disciplinar salvajemente a una familia de casta inferior, de acuerdo, me imagino, con su derecho tribal consuetudinario. Las muchachas condenadas están en fuga y no pueden volver a la aldea con su familia. El tribunal supremo, que ya había sentenciado con anterioridad que las resoluciones de estos consejos locales son ilegales, ha instado a las autoridades a cumplir la ley y la única consecuencia es que en el pueblo ha aumentado la hostilidad contra la familia de las muchachas. Me pregunto qué efecto tendrán las firmas de AI, para las muchachas en primer término, pero también en la resolución del problema de fondo. ¿Por qué las autoridades locales no acatan las órdenes del tribunal superior? ¿ Y lo harán porque unos cientos o miles de occidentales les pidan que lo hagan? Es como arrojar una moneda a un pozo y pedir un deseo, o, como nos dijeron estúpidamente nuestros dirigentes hace unos años, ir a Irak o a Afganistán para llevarles la democracia en la punta del fusil. Por fortuna, las firmas no matan. Estoy seguro de mi solidaridad y compasión para con esas muchachas, pero no tanto de que podamos hacer algo por ellas, aunque si no lo intento, no lo sabré...
La multa
Acabo de recibir la notificación de una multa de tráfico del Servei Català de Trànsit de la Generalitat de Catalunya y lo primero que he pensado es que si Cataluña fuera independiente no tendría que pagarla. La independencia tiene ventajas e inconvenientes insospechados para ambos bandos. Cataluña recuperaría su balanza fiscal y yo eludiría sus multas de tráfico, que, por cierto, son iguales a las españolas: un robot al borde de la autovía que dispara imágenes como una ametralladora y que en media hora recauda más ingresos para la Hacienda que con todas las declaraciones de la renta de tres generaciones de los Pujol et alii. La sustitución del esfuerzo humano por robots programados y altamente eficientes es uno de las encrucijadas de esta sociedad de principio de siglo. Las empresas privadas ya han resuelto el problema y han puesto en la calle a los diez o quince trabajadores que hacían lo que ahora hace una máquina sin tomarse ni un segundo para el bocadillo. Esto ha tenido un efecto letal para la política; cada vez hay más desempleados del sector privado que se postulan como concejales, diputados y presidentes y, en consecuencia producen una inflación institucional. Todo el mundo quiere tener estado propio a falta de empleo estable. Por mí, de acuerdo. Pero, en el caso que nos ocupa, ¿no deberíamos poder opinar también los que pagamos las multas? Ya puedo oír las risotadas. Veamos, la cosa funciona así: unos pagan las multas y otros construyen los estados, y ambas son actividades incompatibles en la nueva organización del trabajo. Bueno, de acuerdo una vez más. Otra pregunta: antes sabíamos como se conseguía un empleo (formación profesional, oposiciones, trabajo duro, etcétera) pero, ahora, ¿cómo se construye un estado? Nueva sonrisa de los que saben: hay que leer la carta A los españoles, del molt honorable president Mas y su guardia de corps (este hombre parece no saber hacer nada solo). Otra encíclica, pues. He aquí un efecto colateral e inesperado de la laicización de la sociedad: todo quisque se cree el apóstol Pablo. Pero si hemos estado toda la vida comulgando con ruedas de molino, qué más da tragar otra hostia, así que leo: “Catalunya ha amado España y la sigue amando” (…) “Catalunya ha amado la libertad por encima de todo” (…) “Cataluynya hace siglos que busca un encaje con el resto de España” (…) ¿Se imaginan que su compañero de partida de mus soltara una tarde estas cursiladas?, o peor, ¿se lo imaginan presentándose a una entrevista de trabajo ni para bombero con esta retórica? ¿Es que no hay ningún robot del Servei de Trànsit que multe esta melopea al volante de la...
El quietista
El quietismo es una filosofía que entiende que los cambios son avatares de una esencia inmutable. En la clase de ciencias naturales, el quietista prefería la geología y la astronomía a la botánica o la zoología por mera elección afectiva. En las dos primeras los cambios son más lentos, imperceptibles. Así que también hay quietistas de carácter. El quietismo puede practicarse en lo alto de una torre o sobre una roca del desierto pero no en el puente de un barco o en el estado mayor de un ejército porque los cambios alrededor pueden barrer al quietista con el barco o con el ejército. Rajoy es un quietista al frente de un país. Quizás le haya llevado a esta actitud su experiencia profesional. Es registrador de la propiedad. La propiedad cambia de titular y de uso, pero en sí misma es eterna, una institución metafísica que produce rentas. No por nada se la llama también bienes raíces, y ninguna pesadilla hay mayor para un quietista que las raíces arrancadas del suelo porque eso significaría que ha de levantar el culo de donde lo tiene asentado. Ni rayos, ni pedriscos, ni vendavales, ni ninguna otra de las fantasías pirotécnicas que prodiga la naturaleza alteran al quietista Rajoy. La naturaleza ha dotado a sus posaderas de un hipersensible sistema de radar que detecta los movimientos profundos del suelo sobre el que se asienta su mística. Las escasas correcciones de rumbo que ha practicado se deben a sacudidas sociales muy profundas que afectaban al caladero de votos de su partido. Así lo hizo con la retirada del proyecto de ley del aborto, que redactó el sobreactuado Ruiz Gallardón, el cual tuvo que dejar la poltrona como una piedra que rueda por la pendiente, sin que el pueblo llano supiera si la dimisión era un efecto del desgaste geológico del ministro o consecuencia de que el quietista que está en la cumbre había empujado el pedrusco. También empieza a moverse, o a fingir que se mueve, en la acogida de los refugiados, después de que la señora Merkel (la santa virgen y oráculo del universo místico de nuestro quietista) haya dado señal de que algo debe hacerse en este asunto. Entonces, ¿por qué no se mueve en la cuestión catalana? Es una pregunta muy frecuente entre las mariposas, amapolas, espigas de trigo y moscardones que rodean la roca del quietista. ¿Es que no resulta claro y fuerte el mensaje que llega de Cataluña? Sí, llega claro y fuerte a los cinco sentidos pero no al radar de Rajoy que funciona en otra onda. En Cataluña, su partido no tiene votos y, para demostrarlo, él mismo ha puesto al frente de la candidatura a...
La toma de la Bastilla
Todos los cambios políticos, si tienen alguna pretensión histórica -¿y qué cambio no lo tiene en el ánimo de sus protagonistas?- necesitan un hecho emblemático, que concentre y resuma los anhelos de la población y luego pueda embarnecerse con el aura de la leyenda. En la Revolución Francesa, fue la toma de la Bastilla; en la rusa, el asalto al Palacio de Invierno. Ambos edificios eran a la sazón cascarones huecos que representaban respectivamente la opresión y la autocracia en la vasta y humillada opinión popular. En la provincia donde vivo el macguffin del cambio es la recuperación de las cocinas del hospital para su gestión pública. Un mandato popular inapelable para el nuevo gobierno. Si pregunta usted a cualquier vecino de la ciudad de los Sanfermines qué espera del cambio político que se produjo la pasada primavera, obtendrá siempre la misma respuesta: las cocinas del hospital. Y eso que tenemos un edificio –el pabellón Navarra Arena– tan vacío y ocioso como el Palacio de Invierno de Petrogrado, aunque mucho más feo. Pero aquí no está en juego la libertad, que se conquista mediante la ocupación de un espacio secuestrado por el poder, sino el estado del bienestar, que tiene en los menús hospitalarios una potente e insoslayable metáfora. Para entenderlo, hagamos un poco de historia. El gobierno regional que acaba de ser desalojado de la poltrona hizo lo que todos los gobiernos y gobiernillos del país para incrementar la liquidez en la ola de neoliberalismo rampante de moda: reducir servicios públicos y/o privatizarlos. A menudo, ambas medidas en la misma operación. Si nuestro gobierno regional hubiera privatizado el servicio de carreteras o el de prensa y protocolo, quizás no hubiera pasado nada, pero privatizó el servicio de comidas de los dos hospitales públicos de la capital en los que todo el censo de población de la provincia ha sido atendido en algún momento de su vida (ahora los dos centros forman uno solo llamado complejo en todos los sentidos de la palabra, incluso en el laberíntico). El servicio público de salud era la esmeralda del escudo regional, el único que gozaba de un acuerdo universal sobre su calidad y eficiencia. Y, de repente, por mor del recorte del gasto y la privatización, empezaron a servir a los enfermos unos platos indescifrables y a menudo incomestibles, cuando no repulsivos. Pueden imaginarse el clamor popular. Si decimos que el destrozo en los menús hospitalarios fue una de las causas determinantes de la caída del gobierno, seguro que no erramos el tiro. Pero, del mismo modo que el pueblo parisino ignoraba que la Bastilla no alojaba más que a unos pocos presos, y algunos merecidamente, aquí se cree que la empresa adjudicataria...
El túnel
Madrid es la ciudad más endeudada de España, lo que quiere decir, probablemente, que es una de las más endeudadas del mundo. Un buen pellizco de esta deuda se debe a la pródiga y prodigiosa gestión del antiguo alcalde, Ruiz Gallardón, el liberal corcovado, que, entre otros afanes construyó un tercer túnel ferroviario entre las estaciones de Chamartín y Atocha. En este proyecto, la máquina tuneladora era alemana, a la que pusieron el castizo nombre de Gran Vía; española y madrileña solo eran la tierra donde se hizo el agujero y la deuda para pagarlo. Por cierto, que de los cuatro prebostes que inauguraron el túnel –la ministra Magdalena Álvarez, la presidenta de la Comunidad Esperanza Aguirre, el líder de los socialistas madrileños Tomás Gómez, y el propio Ruiz Gallardón-, los tres primeros aparecen en la inquietante proximidad de instrucciones sumariales por corrupción. El túnel como metáfora de todo lo que nos aflige: la deuda, la crisis, el paro, la corrupción…, el túnel que no lleva a ninguna parte. Pero, qué caramba, también metáfora de la esperanza, en un sentido entre clerical y desarrollista, es decir, que ni pintiparado para un gobierno como el nuestro. Alguien debió advertirlo en alguno de los deprimentes consejos de ministros. A ver, ¿qué hay después del túnel? (Silencio meditativo y receloso de los interpelados) ¿La cárcel?, inquiere el más cenizo. No, hombre, no, ¡la luz, la luz! Aaah, y todos expelen el aire contenido en los pulmones a través de una sonrisa de oreja a oreja, y desde entonces no han cesado de repetirlo. Debo las pruebas a la competente indagación on line de mi amigo el centauro Quirón: “Ya se ve la luz al final del túnel” (Mariano Rajoy, diario El País, 17.11.2013); “estamos viendo la luz al final del túnel muy cerca” (Cristóbal Montoro, El Mundo, 09.07.2014), y Luis de Guindos, cuya única aportación a la economía nacional parecen ser sus conocimientos del inglés y la voluntad de que no decaiga el ánimo, “Por primera vez desde que se inició la crisis, la economía española está viendo el final del túnel” (ABC, 10.07.2015), “Ya vemos la luz al final del túnel” (El Periódico, 05.03.2012), “Ya empezamos a ver la luz al final del túnel” (El Economista, 04.09.2013), “Ya se ve la luz al final del túnel” (El País, 01.09.2015). Caray, el gobierno hace cuatro años que ve la luz al final del túnel y la población española continúa sumida en las tinieblas. Esta anomalía no puede tener más que dos explicaciones: a) que los españoles no son pobres sino ciegos, o b) que el gobierno viaja en clase preferente, a la cabecera del convoy, y el resto de la población en...
Prédica
El papa de Roma ha decretado una amnistía de un año para las mujeres que han abortado como el ministro de Hacienda decreta una amnistía para los evasores fiscales. Después de ese plazo, las y los que no hayan confesado su culpa y hayan pagado una benigna penitencia para amigos, irán respectivamente al infierno o a la inspección fiscal. El Vaticano y el Gobierno manejan sus potestades normativas de manera muy similar, con liberalidad para los suyos y cicatería para los demás. En ambos casos, las clases menestrales estamos inermes, o pagamos o al potro. Este es un dilema escolástico muy frecuente, ¿qué es mejor, ir al infierno o pasar por la inspección fiscal? La respuesta más común es la primera opción. Para los ricos, porque tienen más que perder con Hacienda que con el cura de su parroquia, y, para los pobres porque no tienen alternativa y el infierno es ligeramente más improbable que el fisco. Entretanto, las mujeres que hayan abortado están excomulgadas. Es lo que papa y obispos llaman defensa de la vida y que no reza en todos los casos. No fue excomulgado, por ejemplo, y para no aludir a uno más cercano, el genocida general Videla, paisanete de Francisco, por cierto, al que vimos en memorable imagen comulgante con la punta de lengua entre los labios ante la hostia consagrada que le ofrecía su párroco, como un camaleón listo para zamparse a un mosquito en la punta de una rama. Fatiga volver una y otra vez sobre el monotema de papa y obispos, pero es que no paran. Diríase que les provocamos. El mundo se viene abajo y ellos siguen haciendo teología con la titola, que no es un ornamento litúrgico sino lo que usted está pensando y que escribo así para que se vea que Aznar no es el único que habla catalán en la intimidad. El caso es que la clerecía está particularmente inhabilitada para predicar sobre el sexo y la defensa de la vida. Lo primero, porque se lo han negado a sí mismos y ¿puede imaginarse un sumiller que no pruebe el alcohol por prescripción facultativa? Y segundo, porque constituyen un ente que habita en la eternidad y es ajeno a todo lo que la vida es: nacimiento, reproducción, evolución y muerte, en sus casi infinitas variables. ¿Qué conocimiento sobre el sexo y la vida puede adquirir alguien que dice haber nacido de una madre virgen? Cualquiera convendría en que ése es un mal principio para trenzar un discurso convincente, además de una imperdonable falta de respeto para la madre. Hay otra explicación congruente con la nacionalidad argentina del actual papa. Tal vez todas estas manifestaciones sobre el sexo y...