Acabo de recibir la notificación de una multa de tráfico del Servei Català de Trànsit de la Generalitat de Catalunya y lo primero que he pensado es que si Cataluña fuera independiente no tendría que pagarla. La independencia tiene ventajas e inconvenientes insospechados para ambos bandos. Cataluña recuperaría su balanza fiscal y yo eludiría sus multas de tráfico, que, por cierto, son iguales a las españolas: un robot al borde de la autovía que dispara imágenes como una ametralladora y que en media hora recauda más ingresos para la Hacienda que con todas las declaraciones de la renta de tres generaciones de los Pujol et alii. La sustitución del esfuerzo humano por robots programados y altamente eficientes es uno de las encrucijadas de esta sociedad de principio de siglo. Las empresas privadas ya han resuelto el problema y han puesto en la calle a los diez o quince trabajadores que hacían lo que ahora hace una máquina sin tomarse ni un segundo para el bocadillo. Esto ha tenido un efecto letal para la política; cada vez hay más desempleados del sector privado que se postulan como concejales, diputados y presidentes y, en consecuencia producen una inflación institucional. Todo el mundo quiere tener estado propio a falta de empleo estable. Por mí, de acuerdo. Pero, en el caso que nos ocupa, ¿no deberíamos poder opinar también los que pagamos las multas? Ya puedo oír las risotadas. Veamos, la cosa funciona así: unos pagan las multas y otros construyen los estados, y ambas son actividades incompatibles en la nueva organización del trabajo. Bueno, de acuerdo una vez más. Otra pregunta: antes sabíamos como se conseguía un empleo (formación profesional, oposiciones, trabajo duro, etcétera) pero, ahora, ¿cómo se construye un estado? Nueva sonrisa de los que saben: hay que leer la carta A los españoles, del molt honorable president Mas y su guardia de corps (este hombre parece no saber hacer nada solo). Otra encíclica, pues. He aquí un efecto colateral e inesperado de la laicización de la sociedad: todo quisque se cree el apóstol Pablo. Pero si hemos estado toda la vida comulgando con ruedas de molino, qué más da tragar otra hostia, así que leo: “Catalunya ha amado España y la sigue amando” (…) “Catalunya ha amado la libertad por encima de todo” (…) “Cataluynya hace siglos que busca un encaje con el resto de España” (…) ¿Se imaginan que su compañero de partida de mus soltara una tarde estas cursiladas?, o peor, ¿se lo imaginan presentándose a una entrevista de trabajo ni para bombero con esta retórica? ¿Es que no hay ningún robot del Servei de Trànsit que multe esta melopea al volante de la nación?