Hay ocasiones en que estás abocado a saber que el mundo no es esa desenvuelta pelota azul que baila alrededor del sol sino un agujero negro en cuyas profundidades abisales viven algunos de tus semejantes. ¿Y cómo los rescatas de su destino? Acabo de recibir una petición de Amnistía Internacional para que sume mi firma a una solicitud al jefe de la policía de Uttar Pradesh (he tenido que mirar su ubicación en el mapa) para que proteja a dos hermanas de 23 y 15 años condenadas por un consejo local a ser violadas y a desfilar desnudas porque un hermano suyo se ha fugado con una mujer casada de una casta superior. Desde luego, he firmado de inmediato la solicitud, no por sentido de la justicia en primer lugar sino para librarme del horror que había entrado en mi casa a través del mensaje de correo electrónico. Después de la primera e instintiva reacción, he leído otra vez las circunstancias de caso, tal como las relata AI, y creo entender que se trata de una carrera contra reloj para que el estado de derecho penetre en alguna ignota aldehuela dominada por una partida de caciques que han decidido disciplinar salvajemente a una familia de casta inferior, de acuerdo, me imagino, con su derecho tribal consuetudinario. Las muchachas condenadas están en fuga y no pueden volver a la aldea con su familia. El tribunal supremo, que ya había sentenciado con anterioridad que las resoluciones de estos consejos locales son ilegales, ha instado a las autoridades a cumplir la ley y la única consecuencia es que en el pueblo ha aumentado la hostilidad contra la familia de las muchachas. Me pregunto qué efecto tendrán las firmas de AI, para las muchachas en primer término, pero también en la resolución del problema de fondo. ¿Por qué las autoridades locales no acatan las órdenes del tribunal superior? ¿ Y lo harán porque unos cientos o miles de occidentales les pidan que lo hagan? Es como arrojar una moneda a un pozo y pedir un deseo, o, como nos dijeron estúpidamente nuestros dirigentes hace unos años, ir a Irak o a Afganistán para llevarles la democracia en la punta del fusil. Por fortuna, las firmas no matan. Estoy seguro de mi solidaridad y compasión para con esas muchachas, pero no tanto de que podamos hacer algo por ellas, aunque si no lo intento, no lo sabré nunca.
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