Los tanques

Posted by on Sep 2, 2015 in Miradas |

En una tertulia de jubilados, uno celebraba ayer la moderación del presidente del gobierno ante la puja independentista en Cataluña porque “al menos, no ha mandado los tanques”, como, a juicio de este opinante, habría hecho sin duda su mentor político, Aznar el iracundo. Está por ver que Aznar hubiera adoptado alguna medida de fuerza en este caso porque, como González el carismático, su predecesor en el cargo, tuvo en Pujol -a la sazón padre de la patria catalana y no el mero corrupto que es hoy- un aliado estratégico, al menos mientras lo necesitó. Pero, para desbaratar la teoría de la moderación, Rajoy el cauto ha adoptado una medida de fuerza, aunque, fiel a su estilo, sea una fuerza de papel, diseñada por su guardia pretoriana de abogados del Estado, que dirige Soraya la talentosa y a la que Enric Juliana ha llamado la Brigada Aranzadi. La iniciativa lanzada por el gobierno y su partido propone que sea el tribunal constitucional el encargado de ponerle los grilletes a Mas el enredador, por incumplimiento de sus sentencias. Habida cuenta la celeridad con que el tribunal constitucional evacua sus dictámenes, podemos imaginar el tiempo que le llevaría comprobar que no han sido acatados, procesar al presunto culpable y sancionarle en consecuencia. Mas o cualquier otro imputado puede estar tranquilo y con esta perspectiva es incluso probable que la delincuencia común se acoja en amparo al alto tribunal para llevar una vida más sosegada. Dejemos de lado lo que la iniciativa gubernamental tiene de electoralista y vamos a la miga. El tribunal constitucional no es propiamente un órgano jurisdiccional y su misión no es juzgar hechos sino fijar los términos en que las normas emanadas de los poderes del Estado se ajustan o no a la Constitución. Es, en último extremo, un órgano político y así lo entienden los partidos que participan en su composición. El enjuiciamiento de los hechos corresponde a los tribunales ordinarios. De repente, ayer se levantó un coro de voces afectas al gobierno que aseguran que en Cataluña no se cumple la Constitución, así, en general y en abstracto, lo que quiere decir que esa comunidad está fuera de la ley española y, si es así, la independencia es la consecuencia más lógica. Las otras opciones, como se ve, serían los tanques o mandar una brigadilla de parsimoniosos juristas togados a ver qué se puede hacer. Aún habría una tercera opción pero implica que Rajoy el impasible se lo curre un poquito y hasta aquí hemos...

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La carta

Posted by on Sep 1, 2015 in Miradas |

De los políticos solo se espera que la fuerza los acompañe. No que la posean, ni que la ejerzan, sino que el viento de la época llene las velas del barco que pilotan y nos lleve a todos a buen puerto. Una vez arribados, se les despide y se busca a otro capitán para la nueva singladura. Entretanto, los vientos y el oleaje han cambiado de dirección y de intensidad, y el mismo pasaje busca otro destino o cambia de barco. Esta última parte del contrato de navegación no suele ser bien comprendida por los políticos, que no se ven como navegantes sino como labradores, incluso como propietarios del mar, y entienden mal el carácter contingente de su labor. Es un hecho que la fuerza acompañó largo tiempo a Felipe González y que buena parte del viento que inspiró sus velas venía de Cataluña, y quizás eso le ha llevado a publicar una encíclica contra el burbujeante independentismo catalán. La existencia misma de la carta revela su inutilidad. Felipe González parece creer que aún conserva la autoridad que tuvo, ignorando que, si así fuera, seguiría al frente del gobierno. El argumento del político es la razón práctica, en la que FG fue un consumado maestro, y su poder de convicción radica en el boletín oficial, como el de los futbolistas radica en sus piernas. Todo es viejo y consabido en la carta de FG: el autor y los argumentos, los cuales ni siquiera sirven para el fin que pretenden pues no explican en qué términos debiera formularse el acuerdo que desactivara a los independentistas más allá de las exhortaciones al acuerdo mismo. Estos, desde luego, no las tienen todas consigo y quizás hubieran esperado del antiguo presidente del gobierno español que llevó las Olimpiadas a Barcelona alguna idea a la que agarrarse para salvar la cara. No la han encontrado y eso explica el cansino repertorio de descalificaciones con que han recibido la carta. A contrario, ¿movilizará Felipe el voto socialista catalán, antaño rozagante y decisivo y hoy disperso y mohíno? Es improbable, aunque solo sea por razones generacionales. Héroe y público están presos en su tiempo y ni González es el héroe que fue ni su público existe fuera los muros de los geriátricos. González es historia y, en consecuencia, le corresponde la cuota parte (como se decía en su tiempo) del desaguisado catalán como avalista incondicional que fue de Pujol y su statu quo en nombre de la gobernabilidad del país. Ahora, los términos de la gobernabilidad han cambiado. La carta se empeña en ignorar que el independentismo actual en Cataluña es el resultado de la fusión de los efectos de la crisis económica con el nacionalismo...

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Oliver Sacks

Posted by on Ago 31, 2015 in Miradas |

Mi generación -o quizás exagero y soy yo solo- arrastra una lamentable carencia de conocimiento científico. Recibimos una educación memorística, de valores estables y jerarquizados, que se transmitían mejor a través del latín que de las matemáticas. Esto no quiere decir que aprendiéramos latín pero desde luego es seguro que no aprendimos matemáticas, es decir, no aprendimos a preguntar, a experimentar, a equivocarnos, a aceptar verdades provisionales, y, sobre todo, no aprendimos a mirar la realidad con nuestros propios ojos. Aceptamos un mundo opaco y convinimos en que nuestra misión era glosarlo mediante incansables ocurrencias y metáforas. He llegado a una edad en que esta carencia de formación científica la siento como un lastre vergonzoso, no solo por lo que me priva de saber ni por lo que me impide que aprenda, sino porque me hace menos libre. Hay mundos que nos están vedados desde su mismo umbral y la temblorosa necesidad de husmear en su contenido nos llevó a la lectura de Oliver Sacks, que acaba de morir. Este neurólogo genial demostró que la fantasía de la naturaleza, susceptible de ser conocida por el método científico, era infinitamente más interesante y vertiginosa que la fantasía literaria, entre otras razones porque implica directamente la felicidad o la desdicha de los seres vivos. La mujer que confundió a su marido con un sombrero parece un chiste surrealista pero era un caso clínico. Es inimaginable el océano de perplejidad, dolor y confusión que hay bajo un estado de salud semejante. La literatura son juegos de palabras que pueden ser resueltos con otras palabras, pero la naturaleza es un juego real en la que el jugador no siempre canta victoria. En la carta en la dio noticia pública su irreversible enfermedad, en febrero pasado, Oliver Sacks escribió: “Debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda”. Su última colaboración de prensa, publicada este mismo mes de agosto, revela a un hombre que acompasó su respiración al conocimiento y a la curiosidad por lo nuevo, y conservó intacta una sosegada esperanza de que tal vez aún podría conocer un poco mejor el oscuro universo que nos rodea si el cáncer le concedía un día más de vida. Entretanto, el cielo estrellado le reveló que era un ser finito, una revelación que todos compartimos desde el simio que se irguió sobre sus patas traseras en el valle del Rift para otear el horizonte por encima de las altas yerbas. Ya no hay nada que podamos hacer por Oliver Sacks, pero sí podemos hacer algo por nosotros mismos: leer sus libros y, en lo posible, seguir su...

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Listos, ingenuos y otros

Posted by on Ago 30, 2015 in Miradas |

Antes se decía que el nacionalismo se curaba viajando, ahora se recomienda una visita de la inspección fiscal. El dinero siempre está en otra parte, bien porque te lo roban, como creen los nacionalistas ingenuos, o bien porque lo robas tú, como saben los nacionalistas listos. Ambas subespecies cohabitan en la lista catalana Junts pel Sí y la inspección fiscal ha desbaratado la armonía. Aún hay otra subespecie de nacionalistas, la más peligrosa porque propende a la mística, la de los empeñados en negar la evidencia: son los que echan la culpa a la policía de la existencia del ladrón. Para estos, la nación es el paraíso, donde, como todo el mundo sabe, no hay ni ladrones ni policías. Esta tercera subespecie no dirige el procès, para decirlo en la lengua vernácula, porque está demasiado emocionada, pero su aliento es imprescindible para que avance. Es el barro en manos de los demagogos. De hecho, la construcción nacional consiste en que los nacionalistas listos sepan agrupar a su lado a los nacionalistas ingenuos y entre ambos manejen con tino las expectativas de los nacionalistas fanáticos. La nación exige del maridaje del dinero y las emociones. Racionalizar este imposible es el objetivo que se marca la llamada izquierda nacionalista. A tal fin, hospedaron en la lista común al dinero con la hospitalidad que ofrece la manzana al gusano. No puede decirse que no estuvieran advertidos pero las frutas de temporada están enamoradas de sí mismas y la manzana nunca espera que la vayan a abrir en la mesa. Con la misma falta de previsión, els junts creyeron que llegaría antes la independencia que la inspección fiscal. Pueden imaginarse la regocijante escena: la guardia civil intenta llegar al despacho de los corruptos y los mossos d’esquadra les detienen en la frontera, y ya tenemos un incidente diplomático donde antes solo había un caso de prevaricación o de lavado de dinero. Básicamente, para eso sirve el nacionalismo. Y menos mal que solo sirve para eso; en el país donde escribo sirvió también durante muchos años para que a un cualquiera le pegaran un tiro en la nuca o le volaran el coche con él...

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Obispos

Posted by on Ago 29, 2015 in Miradas |

El obispo de Córdoba ha debido encontrar un auténtico placer desafiando a la opinión pública con el traslado de un cura acusado por abusos a una menor a una parroquia cercana a la que el cura tenía prohibido el acceso por una orden de alejamiento del juez. Los poderosos no son sensibles al escándalo de sus delitos. La razón es que a menudo ni siquiera comprenden que su acción sea un delito. Es lo que distingue la crianza bajo el peso de la ley o por encima de ella. La plebe vive para cumplir la ley; los poderosos, para dictarla. Un ratero escapa corriendo tras dar un tirón a una cartera con cincuenta euros; el banquero acusado de lavado de dinero y fraude fiscal por millones de euros va a encontrarse con el ministro de la policía para negociar el trato que espera recibir de la justicia. Los portavoces del partido del gobierno, enfangados en estos tiempos en la tarea de lidiar con los delitos de sus capitostes, se desgañitan pregonando en cada ocasión que la justicia es igual para todos, conscientes de la extrañeza que este tópico provoca, también en ellos. No lo repetirían tanto si lo creyeran. Los obispos, desde luego, ni lo creen ni lo pregonan. Dos mil años disfrutando de un fuero privativo les da una perspectiva propia sobre qué cosa sea la justicia. Los delitos no son los que fija el código penal sino los pecados que ellos dictaminan como tales, y los pecados, por definición, los cometen los otros. La grey, no los pastores. Esta arrogancia moral -que tan bien hemos conocido los educandos en la religión católica-, históricamente apoyada por el guardia de la porra del poder civil, explica el comportamiento de los obispos ante los proliferantes casos de pederastia en sus filas. Un capo mafioso defiende a los suyos porque todos están fuera de la ley; un obispo defiende a sus curas porque ellos hacen la ley. A aquel papa polaco, santo súbito, gritaban sus fanáticos, no le pareció inoportuno tener como confesor a un pederasta manifiesto. Tampoco fue obstáculo para que su sucesor lo elevara a los altares (al papa, no al pederasta). Lo que ha cambiado es que la justicia civil ya no está incondicionalmente del lado de los obispos y sus curas. Puede considerarse un avance democrático, lo que provoca en los obispos un inevitable rictus. Y, en los más belicosos, el deseo de...

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Némesis

Posted by on Ago 28, 2015 in Miradas |

Uno de los anhelos más vehementes de los viejos es ser dueños de nuestro pasado y que los recuerdos nos dejen en paz. Pero el pasado no es una propiedad tan privada como nos gustaría. La ciudad de provincias es forzosamente promiscua y en sus calles resultan inevitables los encuentros con personas que tiempo atrás se han cruzado en tu camino y, de alguna manera, despiertan estados de ánimo en los que se mezcla la sorpresa, la antipatía y, extrañamente, el temor. Uno de esos espectros del indomable pasado es Eransus. No sé su nombre de pila porque fuimos compañeros durante un curso o dos hace medio siglo y en aquella circunstancia nos conocíamos por el apellido. Es un tipo alto, espigado, al que la edad y la cerveza han otorgado una barriguita prominente, de aire absorto y diría que meditabundo si no fuera porque la expresión miope de su cara parece indicar que no encuentra la idea que está buscando. Lo que hace relevante a Eransus es que lo encuentro en cualquier lugar, cualquier día y a cualquier hora con una insólita frecuencia desde hace ya un montón de años. Generalmente, los encuentros callejeros con el pasado están regidos por dos principios que los hacen soportables: la rutina, que los vuelve previsibles, y su contrario, el azar, que los hace inciertos. Pues bien, los encuentros con Eransus ignoran estas cautelas. Ni sé dónde voy a encontrarlo, ni puedo esperar que no lo encontraré. Lo único seguro es que está ahí, como una parte ambulante del mobiliario urbano. Esta proliferante ubicuidad se vuelve contra mí porque quiere decir que yo también estoy ahí. Su mirada me cosifica, que díría Sartre, igual que la mía le cosifica a él. Es verdad que el instinto de supervivencia hace que esas miradas sean tan livianas, tan volátiles, que no dejarían huella en la memoria sino fueran tan forzosamente reiterativas. A estas alturas del cuento, el improbable lector de esta bitácora se estará preguntando que mórbido acontecimiento me unió en el pasado con Eransus para que estos cruces de dos destinos circulares provoquen tal suplicio, no por momentáneo menos intenso. Pues bien, todo se remonta a un caluroso día de primavera en el que Eransus acudió a clase sin libros y, para fingir lo contrario, me pidió uno de los míos. Le presté el de literatura para que lo tuviera abierto sobre el pupitre durante la clase, pero la tendencia al ensimismamiento de Eransus hizo que garabateara distraídamente algunas frases idiotas en una página de libro; cuando se dio cuenta, quiso remediarlo borrándolas pero como las había escrito con bolígrafo no se le ocurrió mejor procedimiento que rasparlas con una hoja de afeitar...

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