Campanas

Posted by on Sep 14, 2015 in Miradas |

Ahora mismo repican las campanas de San Miguel. La santa madre iglesia tiene conmigo la benevolencia de hacerme partícipe de sus júbilos y aflicciones, muertes y resurrecciones, llamadas y mementos, cuitas y recompensas, a campanazo limpio. La parroquia está ubicada al otro lado de la calle, en el barrio al que los malintencionados llaman, no sin razón histórica, zona nacional, y ostenta en su interior un apreciable retablo romanista, que fue tallado para la catedral y en el que, muy probablemente, nadie repara, en parte porque aún son más ostentosos los gigantescos carteles pastorales que cuelgan de la fachada con frases como “Jesucristo nunca apaga el móvil”. El templo y su entorno urbano es una invitación a la melancolía. El atrio ampliado por el ayuntamiento hasta ocupar la acera está poblado en horas de culto por la nutrida y conspicua clase media que ha heredado la fe con el apellido, la cuenta corriente y la casa solariega. Enfrente, una de las plazas más coquetas de la ciudad penitencialmente llamada de la Cruz –lo que revela su inspiración nacional-católica, como el templo, obra de un arquitecto de pistola al cinto- donde ensayan sus desafinadas plegarias, a voz en grito y con rasgueo de guitarras, grupos de cristianos catecumenales o evangélicos que pregonan estar tocados por la gracia en un encomiable ejercicio de autoestima, y que han elegido este lugar no se sabe si atraídos por el entorno urbano o directamente para hacer la competencia a la parroquia católica, como los tenderos chinos pujan por sobrevivir en este mismo entorno comercial, hasta ayer honra y prez del pequeño comercio tradicional de toda la vida y hoy devastado por la crisis. La comedia humana se completa todas las mañanas con la cola multiétnica de emigrantes pobres en la puerta de la oficina de beneficencia, el mercadillo solidario en la sala del antiguo cine parroquial, las industriosas mujeres afanadas con un largo gancho en los contenedores de basura y, en los bancos de la plaza, una pequeña cofradía de alcohólicos indigentes que ven pasar ante sus ojos el día y a sus pobladores. Y sobre este paisaje que parece un remake de la España de los años cincuenta, chinos aparte, la banda sonora: las campanas. Eufóricas, pendencieras, autoritarias, atronadoras como la voz del Sinaí. Cierta tarde era tan despendolado el repique que los transeúntes desavisados miraban a lo alto esperando ver el milagro o la catástrofe congruentes con semejante estruendo, o quizás, a Quasimodo enamorado de Esmeralda. Otra vez las campanas. Esta es una de las razones por las que no comparto el temor a una hipotética invasión islámica, que parece atenazar a nuestro ministro del Interior y a sus correligionarios. No creo...

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Los viejitos guerreros

Posted by on Sep 13, 2015 in Miradas |

El gobierno de Rajoy está trufado de ministros de los que no se sabe qué hacen ahí, excepto apoyar incondicionalmente el desconcierto que identifica la gobernanza del país. El número de rectificaciones del ejecutivo –in voce o de facto– desde que comenzó la legislatura es incontable. Las dos últimas corresponden a sendas declaraciones de los ministros de Defensa e Interior en relación, respectivamente, con la cuestión catalana y la crisis migratoria. El primero afirmó con el laconismo militar de su estilo que el ejército no intervendría en Cataluña si todo el mundo cumple con su deber. El segundo sugirió que la crisis migratoria que ha puesto en jaque a toda Europa podría ser una invasión yihadista. Al paso de ambas declaraciones ha tenido que salir la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, devenida fumigadora mayor de todas las plagas que amenazan los frutos, por ahora menguados, del gobierno. El papel de la vicepresidenta es hacer creer al auditorio que la inacción del presidente y su mutismo son un arcano cuya clave está en las profundidades del magma legislativo que sostiene al país y al que solo los abogados del Estado, con ella al frente, tienen acceso. Entretanto, los viejitos guerreros dan palique en los medios de comunicación. En parte, para que los cuerpos administrativos que dependen de sus carteras (los militares, los policías) vean que no les han olvidado; en parte también, para satisfacer una pulsión íntima. La sombría opinión anticatalana de Morenés y la africanista de Fernández se ubican en el franquismo residual, pero no inerte, que anida sin incomodidad en la médula del gran partido de la derecha, no se sabe si por opción voluntaria o por falta de otros nutrientes intelectuales, y, cuando se manifiesta, una brusca nube de gas tóxico emana del volcán dormido. Es un síntoma atmosférico menor pero no necesariamente insignificante. Debiera preocupar, en primer término, al propio partido que aloja esta carga y preguntarse si no condiciona su...

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Lemmy Caution contra Alphaville

Posted by on Sep 12, 2015 in Miradas |

El paseo me ha traído al vestíbulo de la filmoteca de mi pueblo y echo un vistazo a la programación de otoño. Estas instituciones tienen una oferta limitada a películas, llamadas de culto por cierto público previamente cultivado, que los programadores barajan y agrupan a partir de algún ítem para formar ciclos con cierta coherencia. Nada que no pueda encontrarse en DVD o en Internet. Un punzada de nostalgia me asalta en estas capillas cuyos santos tienen la pátina de lo entrañablemente rancio. Me entretenía en estas disquisiciones mientras ojeaba los reclamos de los filmes programados cuando una información me sacudió como un papirotazo: Alphaville, la película de Jean-Luc Godard, cumple ahora cincuenta años. Cincuenta. No podía apartar la mirada del numeral, fascinado como quien encuentra la huella de un dinosaurio sobre una roca de arcilla en el bosque. Ambas son reales: la huella y el tiempo pasado. Lo sorprendente es que tú seas testigo de ello. Y más aún, que tú seas el dinosaurio. Tengo para mí que la obra de Godard es un bonito fraude. Torpe, verbosa, parasitaria, simplona, esforzadamente elaborada pour épater le bourgeois y, sobre todo, mortalmente aburrida, y esto incluye Alphaville. Pero esta es una afirmación que solo puedes sostener cuando estás jubilado y es demasiado tarde para casi todo. Si alguien lo decía cuando se estrenó la película era porque pugnaba por ser más raro que los raros que la encontraban fascinante. Estoy viendo y oyendo a Javier Escalada que presenta la película en el cine club de los jesuitas con su característico tono profesoral, irónico, solemne, a un auditorio de bocas abiertas. Era un tiempo tan confuso que yo había invitado a una chica, Tere, a ver la película conmigo. Cine y sexo, el sueño tentativo de un tímido, y si además era cine revolucionario, el acabose. Asistí a la proyección con el rabillo del ojo posado en las reacciones de mi chica y aquello pintaba mal: sorpresa, incredulidad, aburrimiento, ira. Cuando terminó la proyección, la acompañé a casa sin decir palabra y ahí terminó nuestra nonata relación. Cavilaba sobre estas naderías de vuelta de la filmoteca cuando el azar ha querido que me cruzara en la calle con Tere, que me ha ignorado. Se ha teñido el pelo de rubio...

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El opio del pueblo

Posted by on Sep 11, 2015 in Miradas |

Créanme, cierto amigo detesta los puerros en el plato porque en su remota infancia esta liliácea era un componente básico y reiterativo en la dieta conventual a la que estaba atado. A mí me ocurre lo mismo con el fútbol. En mi infancia visité el infierno, o mejor, el infierno me visitó en casa cada tarde de domingo invernal –y aquéllos sí eran inviernos- a través de las ondas de la radio que aullaban las incidencias de los partidos de liga y pregonaban un instrumento para mí ininteligible aún hoy: el marcador simultáneo dardo. Lo de marcador va de suyo tratándose de fútbol; lo de simultáneo se explica como un auto homenaje a la radio que lo pregonaba. Pero ¿dardo?, ¿qué demonios era eso? En mi confusión, terminé por identificarlo con la flecha que atravesaba el corazón de los mártires en las estampas religiosas, tan frecuentes entonces como los cromos de los futbolistas. En mi casa se respiraba una tenue atmósfera antifranquista, así que la primera fe revolucionaria que cristalizó en mí cabeza adolescente fue que, cuando derrocaran la dictadura, abolirían el fútbol. Se puede ver qué confianza merece la fe, y menos si es revolucionaria. Lo pienso cada vez que compruebo que los telediarios dedican el mismo tiempo –mitad y mitad- a todo lo que pasa en el mundo -crisis migratorias, inundaciones, masacres, opiniones de Rajoy, chorradas de las celebrities, etcétera- que al deporte, es decir, que al fútbol, es decir, que al Madrid y al Barça. En ese momento, si no antes, mi dedo índice derecho pulsa instintivamente el mando a distancia y paso a otra cosa. Les diré que para mí, Gea es el nombre griego del planeta Tierra, con eso ya está dicho todo. Puedo admirar la elegante y vivaz maestría de una jugada de Messi que termina en gol y por unos momentos me dejé envolver en una incongruente bufanda rojigualda ¡en pleno mes de julio! cuando Iniesta marcó el gol contra Holanda, hasta aquí llega mi adhesión a la causa. Pero, ¿qué hacer con todo lo demás que también es fútbol? La corrupción de los clubes y directivos, el tedioso narcisismo de las estrellas, los chanchullos fiscales de todos ellos, la demagogia nacionalista de los políticos que ocupan la tribuna, el tribalismo de las aficiones, la fosilizada burocracia federativa… En ocasiones, la evidencia de los hechos hace reverdecer la derrotada fe revolucionaria de juventud. Esta es una de esas ocasiones; una vez más, un...

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La tercera vía

Posted by on Sep 10, 2015 in Miradas |

Durante un par de días hemos tenido tamborileando en los medios la polémica sobre si el ex Felipe González dijo o no estar de acuerdo en que Cataluña reciba el título de nación en una futura reforma constitucional, que, por otra parte, no es más que un desiderátum, y no de todos. He recordado otra polémica del mismo aire –es decir, vana, trepidante y breve- que tuvo lugar hace un par de décadas a raíz de unas declaraciones que hizo en mi ciudad Gregorio Peces-Barba (1938-2012), uno de los llamados padres de la Constitución, quien afirmó que en ésta cabía el derecho a la autodeterminación. Las intervenciones de González y de Peces Barba tienen tres rasgos en común: 1) las dos han sido formuladas por socialistas, y no es una casualidad; 2) las dos corresponden a periodos agudamente críticos de conflicto con los nacionalismos periféricos, vasco entonces y catalán ahora, y se hicieron con el fin de apaciguar la oleada separatista, y 3) las dos declaraciones fueron equívocas y abruptamente contestadas, en primer lugar desde las propias filas de los autores. Los socialistas se manejan mal con los nacionalismos. El socialismo es una construcción muy alambicada e improbable, que requiere condiciones de hegemonía ideológica, poder político, adhesión racional e igualdad económica, que se dan raramente, y menos si esas condiciones han de conseguirse por medios democráticos y en situaciones de crisis económica como la actual. En caso de crisis, nacionalismo primero. Esto ya lo supo Stalin que, ante la amenaza alemana, convirtió el comunismo internacionalista en guerra patria. Nadie lucha demasiado por una idea, al fin y al cabo volátil, pero por el suelo, la casa, la familia, la lengua, las vacas del pueblo y el prurito de creerse superior al vecino, ah, eso es otra cosa. El nacionalismo es un don al alcance de todos. Hay una nación a la que perteneces porque la llevas en el corazón. ¿Y qué es una nación? Pues el empleo, la sanidad gratuita, la casa solariega, el negocio familiar, la hipoteca barata, extranjeros fuera, una selección de fútbol propia y la lengua materna aunque no te la haya enseñado tu madre, es decir, todo lo que no tienes porque te lo quita el otro. La nación como supermercado todo a cien, cualquiera se resiste. El nacionalismo no solo es un sentimiento primario sino que tiene su propia lógica y presenta una resistencia berroqueña a las más elementales evidencias; en este caso, por ejemplo, al hecho más que probable de que un estado catalán independiente quedaría fuera de la Unión Europea. Los nacionalismos no solo son periféricos, claro. El PP gobierna un país putrefacto por la corrupción, en el que la llamada Marca...

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Ideólogos de cabecera

Posted by on Sep 9, 2015 in Miradas |

Nunca sabemos si los gobiernos actúan por lo que les sugieren sus ideólogos de cabecera o si estos escriben al deseo de los gobiernos. Me imagino que entre ambos hay una simbiosis hecha de complicidad, sobreentendidos y gajes compartidos. El caso es que Jon Juaristi escribe en ABC: “Prescindo del hecho de que entre los fugitivos sirios esté llegando a la Europa rica un número indeterminable de yihadistas. Todos lo sabemos”. El gobierno se da por enterado de que todos lo sabemos y hoy, dos días después de la publicación del artículo de Juaristi, da el aviso: “Interior teme la infiltración de yihadistas entre los refugiados”. Es un modo unívoco de afrontar la crisis migratoria al gusto del vecindario del barrio de Salamanca. Por supuesto, ni el ex izquierdista Juaristi ni el pro beato ministro del Interior tienen constancia de lo que están diciendo (es una afirmación tentativa, análoga a la de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein). El político ni siquiera se molesta en argumentar su sospecha, después de todo pertenece a un gobierno que dice una cosa y hace otra desde el principio de la legislatura, pero el intelectual, a falta de una evidencia externa, sugiere que mandar yihadistas a Europa entre los emigrantes es lo que él haría si fuera el jefe de la yihad (siempre puede sugerírselo, aunque no sabemos si esos tipos leen el ABC). Juaristi el estratega pertenece a un selecto grupo de intelectuales que, procedentes de la extrema izquierda (en este caso vasca), han devenido consejeros áulicos de la derecha. Una buena porción de los asesores del presidente Bush júnior durante la guerra de Irak velaron sus primeras armas en el trotskysmo. Y entre nosotros es famoso Jiménez Losantos, cuya biografía intelectual va del Libro Rojo de Mao al púlpito de la emisora de los obispos , desde el que, por cierto, cuando atacaron los yihadistas de verdad en la estación de Atocha, predicó que el ataque era una maniobra socialista. Todos estos pensadores tienen en común un experto manejo de la dialéctica que aprendieron en sus años mozos (y que debe menos a Marx que a Carl Schmitt), y gran desenvoltura en la formulación de hipótesis, no importa lo improbables o delirantes que sean porque, al fin, todos lo sabemos.  La guerra de Irak, ya mencionada y aún no concluida, es un ejemplo impecable de lo que puede esperarse de sus elucubraciones. Veamos: si las oleadas migratorias sobre Europa son el envoltorio de la conquista islámica, como apunta Juaristi, ¿qué puede hacerse si han resultado inútiles los pelotazos de goma sobre los náufragos y las concertinas ante los peatones descalzos?, ¿ametralladoras, gas sarín, muros de cinco metros de altura...

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