Créanme, cierto amigo detesta los puerros en el plato porque en su remota infancia esta liliácea era un componente básico y reiterativo en la dieta conventual a la que estaba atado. A mí me ocurre lo mismo con el fútbol. En mi infancia visité el infierno, o mejor, el infierno me visitó en casa cada tarde de domingo invernal –y aquéllos sí eran inviernos- a través de las ondas de la radio que aullaban las incidencias de los partidos de liga y pregonaban un instrumento para mí ininteligible aún hoy: el marcador simultáneo dardo. Lo de marcador va de suyo tratándose de fútbol; lo de simultáneo se explica como un auto homenaje a la radio que lo pregonaba. Pero ¿dardo?, ¿qué demonios era eso? En mi confusión, terminé por identificarlo con la flecha que atravesaba el corazón de los mártires en las estampas religiosas, tan frecuentes entonces como los cromos de los futbolistas. En mi casa se respiraba una tenue atmósfera antifranquista, así que la primera fe revolucionaria que cristalizó en mí cabeza adolescente fue que, cuando derrocaran la dictadura, abolirían el fútbol. Se puede ver qué confianza merece la fe, y menos si es revolucionaria. Lo pienso cada vez que compruebo que los telediarios dedican el mismo tiempo –mitad y mitad- a todo lo que pasa en el mundo -crisis migratorias, inundaciones, masacres, opiniones de Rajoy, chorradas de las celebrities, etcétera- que al deporte, es decir, que al fútbol, es decir, que al Madrid y al Barça. En ese momento, si no antes, mi dedo índice derecho pulsa instintivamente el mando a distancia y paso a otra cosa. Les diré que para mí, Gea es el nombre griego del planeta Tierra, con eso ya está dicho todo. Puedo admirar la elegante y vivaz maestría de una jugada de Messi que termina en gol y por unos momentos me dejé envolver en una incongruente bufanda rojigualda ¡en pleno mes de julio! cuando Iniesta marcó el gol contra Holanda, hasta aquí llega mi adhesión a la causa. Pero, ¿qué hacer con todo lo demás que también es fútbol? La corrupción de los clubes y directivos, el tedioso narcisismo de las estrellas, los chanchullos fiscales de todos ellos, la demagogia nacionalista de los políticos que ocupan la tribuna, el tribalismo de las aficiones, la fosilizada burocracia federativa… En ocasiones, la evidencia de los hechos hace reverdecer la derrotada fe revolucionaria de juventud. Esta es una de esas ocasiones; una vez más, un espejismo.