Durante un par de días hemos tenido tamborileando en los medios la polémica sobre si el ex Felipe González dijo o no estar de acuerdo en que Cataluña reciba el título de nación en una futura reforma constitucional, que, por otra parte, no es más que un desiderátum, y no de todos. He recordado otra polémica del mismo aire –es decir, vana, trepidante y breve- que tuvo lugar hace un par de décadas a raíz de unas declaraciones que hizo en mi ciudad Gregorio Peces-Barba (1938-2012), uno de los llamados padres de la Constitución, quien afirmó que en ésta cabía el derecho a la autodeterminación. Las intervenciones de González y de Peces Barba tienen tres rasgos en común: 1) las dos han sido formuladas por socialistas, y no es una casualidad; 2) las dos corresponden a periodos agudamente críticos de conflicto con los nacionalismos periféricos, vasco entonces y catalán ahora, y se hicieron con el fin de apaciguar la oleada separatista, y 3) las dos declaraciones fueron equívocas y abruptamente contestadas, en primer lugar desde las propias filas de los autores. Los socialistas se manejan mal con los nacionalismos. El socialismo es una construcción muy alambicada e improbable, que requiere condiciones de hegemonía ideológica, poder político, adhesión racional e igualdad económica, que se dan raramente, y menos si esas condiciones han de conseguirse por medios democráticos y en situaciones de crisis económica como la actual. En caso de crisis, nacionalismo primero. Esto ya lo supo Stalin que, ante la amenaza alemana, convirtió el comunismo internacionalista en guerra patria. Nadie lucha demasiado por una idea, al fin y al cabo volátil, pero por el suelo, la casa, la familia, la lengua, las vacas del pueblo y el prurito de creerse superior al vecino, ah, eso es otra cosa. El nacionalismo es un don al alcance de todos. Hay una nación a la que perteneces porque la llevas en el corazón. ¿Y qué es una nación? Pues el empleo, la sanidad gratuita, la casa solariega, el negocio familiar, la hipoteca barata, extranjeros fuera, una selección de fútbol propia y la lengua materna aunque no te la haya enseñado tu madre, es decir, todo lo que no tienes porque te lo quita el otro. La nación como supermercado todo a cien, cualquiera se resiste. El nacionalismo no solo es un sentimiento primario sino que tiene su propia lógica y presenta una resistencia berroqueña a las más elementales evidencias; en este caso, por ejemplo, al hecho más que probable de que un estado catalán independiente quedaría fuera de la Unión Europea. Los nacionalismos no solo son periféricos, claro. El PP gobierna un país putrefacto por la corrupción, en el que la llamada Marca España se ha convertido en un chiste, pero eso no mengua ni un ápice su nacionalismo que, entre otros rasgos y en casi en primer término, es anticatalán. Los socialistas, que están virtualmente fuera de juego en este partido, han puesto en marcha una tercera vía, esperemos que con raíles más firmes que las declaraciones de González ahora y de Peces-Barba antes. Todas las terceras vías que recuerdo en la historia llevaban a ninguna parte, pero tampoco creo que el propósito de esta sea otro que amortiguar el choque de trenes de los dos nacionalismos en pugna. En ese mendicante propósito hay que desearles suerte.