El gobierno de Rajoy está trufado de ministros de los que no se sabe qué hacen ahí, excepto apoyar incondicionalmente el desconcierto que identifica la gobernanza del país. El número de rectificaciones del ejecutivo –in voce o de facto– desde que comenzó la legislatura es incontable. Las dos últimas corresponden a sendas declaraciones de los ministros de Defensa e Interior en relación, respectivamente, con la cuestión catalana y la crisis migratoria. El primero afirmó con el laconismo militar de su estilo que el ejército no intervendría en Cataluña si todo el mundo cumple con su deber. El segundo sugirió que la crisis migratoria que ha puesto en jaque a toda Europa podría ser una invasión yihadista. Al paso de ambas declaraciones ha tenido que salir la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, devenida fumigadora mayor de todas las plagas que amenazan los frutos, por ahora menguados, del gobierno. El papel de la vicepresidenta es hacer creer al auditorio que la inacción del presidente y su mutismo son un arcano cuya clave está en las profundidades del magma legislativo que sostiene al país y al que solo los abogados del Estado, con ella al frente, tienen acceso. Entretanto, los viejitos guerreros dan palique en los medios de comunicación. En parte, para que los cuerpos administrativos que dependen de sus carteras (los militares, los policías) vean que no les han olvidado; en parte también, para satisfacer una pulsión íntima. La sombría opinión anticatalana de Morenés y la africanista de Fernández se ubican en el franquismo residual, pero no inerte, que anida sin incomodidad en la médula del gran partido de la derecha, no se sabe si por opción voluntaria o por falta de otros nutrientes intelectuales, y, cuando se manifiesta, una brusca nube de gas tóxico emana del volcán dormido. Es un síntoma atmosférico menor pero no necesariamente insignificante. Debiera preocupar, en primer término, al propio partido que aloja esta carga y preguntarse si no condiciona su deriva.