El paseo me ha traído al vestíbulo de la filmoteca de mi pueblo y echo un vistazo a la programación de otoño. Estas instituciones tienen una oferta limitada a películas, llamadas de culto por cierto público previamente cultivado, que los programadores barajan y agrupan a partir de algún ítem para formar ciclos con cierta coherencia. Nada que no pueda encontrarse en DVD o en Internet. Un punzada de nostalgia me asalta en estas capillas cuyos santos tienen la pátina de lo entrañablemente rancio. Me entretenía en estas disquisiciones mientras ojeaba los reclamos de los filmes programados cuando una información me sacudió como un papirotazo: Alphaville, la película de Jean-Luc Godard, cumple ahora cincuenta años. Cincuenta. No podía apartar la mirada del numeral, fascinado como quien encuentra la huella de un dinosaurio sobre una roca de arcilla en el bosque. Ambas son reales: la huella y el tiempo pasado. Lo sorprendente es que tú seas testigo de ello. Y más aún, que tú seas el dinosaurio. Tengo para mí que la obra de Godard es un bonito fraude. Torpe, verbosa, parasitaria, simplona, esforzadamente elaborada pour épater le bourgeois y, sobre todo, mortalmente aburrida, y esto incluye Alphaville. Pero esta es una afirmación que solo puedes sostener cuando estás jubilado y es demasiado tarde para casi todo. Si alguien lo decía cuando se estrenó la película era porque pugnaba por ser más raro que los raros que la encontraban fascinante. Estoy viendo y oyendo a Javier Escalada que presenta la película en el cine club de los jesuitas con su característico tono profesoral, irónico, solemne, a un auditorio de bocas abiertas. Era un tiempo tan confuso que yo había invitado a una chica, Tere, a ver la película conmigo. Cine y sexo, el sueño tentativo de un tímido, y si además era cine revolucionario, el acabose. Asistí a la proyección con el rabillo del ojo posado en las reacciones de mi chica y aquello pintaba mal: sorpresa, incredulidad, aburrimiento, ira. Cuando terminó la proyección, la acompañé a casa sin decir palabra y ahí terminó nuestra nonata relación. Cavilaba sobre estas naderías de vuelta de la filmoteca cuando el azar ha querido que me cruzara en la calle con Tere, que me ha ignorado. Se ha teñido el pelo de rubio paja.
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