La osada y notablemente falsa afirmación del primer ministro israelí sobre el origen del Holocausto obliga a volver sobre el tortuoso asunto del antisemitismo europeo y el interminable conflicto de Oriente Medio, que es su consecuencia. En las primeras décadas del siglo pasado, dos tercios de la población judía mundial vivían en Europa, de los Urales a Gibraltar, desde siglos atrás. A pesar del hostigamiento y la segregación de que fueron objeto por parte de los cristianos desde la época de Constantino, primero, y de las sociedades religiosamente homogéneas de los estados nacionales a partir de la Edad Moderna, o quizás debido precisamente a estas circunstancias adversas, los judíos conservaron sus rasgos culturales y religiosos en comunidades forzosamente estancas, sin conciencia de ser una unidad política. Los judíos, pues, son tan europeos como el antisemitismo que los niega. Los rasgos de la identidad cultural judía fueron diluyéndose a medida que avanzaba la igualdad de derechos proclamada por la Revolución Francesa y los judíos se integraron en el tejido social de sus países. Esta integración tuvo lugar en mayor medida en países occidentales como Francia, Holanda o Alemania, pero no se produjo en la Europa oriental, bajo la férula autocrática del zar, donde sin embargo eran más numerosas las comunidades judías (en España eran numéricamente inexistentes desde el siglo XV, aunque todavía poblaran las pesadillas de la derecha nacionalista y el lenguaje popular). El nazismo significó, en términos de historia de las ideas políticas, una enmienda a la totalidad de la Ilustración y el consiguiente retorno al antisemitismo, renovado en dos aspectos: en su fundamentación racial y no religiosa, y en la determinación de exterminar físicamente a todos los judíos europeos. Estas dos novedades pueden rastrearse con claridad en los primeros escritos de los ideólogos nazis y de Hitler en particular, para no mencionar la propia ejecución de la Solución Final. La novedad de la situación sorprendió inermes a los judíos. La identidad nacional de los escritores que nos han dejado el testimonio de su paso por los campos de exterminio –Primo Levi, Jean Améry, Marcel Reich-Ranicki, Víctor Kemplerer- era la de sus países de origen –alemanes, austriacos, polacos, italianos- y no la judía, y, desde luego, no eran sionistas. Fueron los nazis los que hicieron evidente, y ominosa, esta identidad mediante un simple procedimiento administrativo: la estampación de la le J de judío en sus pasaportes y la obligación de portar bien visible la estrella amarilla. Victor Kemplerer, en particular, se muestra muy crítico con el sionismo y con las obras de Theodor Herzl en sus angustiosos y prolijos diarios mientras esperaba la deportación a la cámara de gas, y lo llega a calificar como análogo al nazismo, si...
Hablemos del donativo
La presidenta de mi pueblo ha calificado de desfachatez considerar que el régimen foral sea un “privilegio anacrónico”. En efecto, no es anacrónico, sino plenamente vigente y operativo. Argumentar, sin embargo, que no sea un privilegio, es más difícil. El término mismo, fuero, induce a pensarlo. Los fueros eran concesiones del arbitrio real que distinguían a unas poblaciones o estamentos de otros, y lo que era permitido a unos, les estaba prohibido a los demás. Es, pues, un vestigio del antiguo régimen, y en ese sentido, los que quieren abolirlo lo califican de anacrónico. Pero aquí ya se entiende que no estamos hablando de reyes y reinos medievales. El régimen foral de la provincia donde vivo tiene un doble significado histórico. En primer lugar, es prueba de la impotencia del Estado decimonónico español para llevar a todos los territorios del reino los principios igualitarios que lo inspiraban, carlistadas mediante. En segundo término, derivado del anterior, fue un apaño formidablemente beneficioso para las elites económicas del país. Las de la provincia consiguieron de una tacada los beneficios de un mercado más amplio y unificado por la abolición de las aduanas interiores, reteniendo para sí la caja de los impuestos, y, al otro lado de la mesa, el Estado consiguió paz social y lealtad constitucional a un precio económico más que tolerable para todos porque la provincia era entonces, y lo es ahora, insignificante en términos de PIB nacional. Para hacerse una idea de la poquedad del precio pagado puede decirse que la aportación fiscal de la provincia a las arcas del Estado recibió el desdeñoso y piadoso nombre de donativo foral, que aún se utiliza en la jerga de los foralistas tradicionales. Casi un siglo después de estos sucesos, vino el nacionalismo, que es la plataforma desde la que habla mi presidenta, como consecuencia de la gradual extinción del carlismo. Esta circunstancia histórica ha creado una nueva dialéctica entre nacionalismo y régimen foral por la cual este sería el paliativo a la secesión. Eso explica la segunda parte de las declaraciones de mi presidenta, que sugiere aplicar el régimen de convenio económico en Cataluña. De este modo dejaría de ser un derecho histórico para convertirse en una terapia de choque. En el ámbito desde que habla mi presidenta este paliativo funciona porque el régimen económico foral es querido y defendido por toda la población (¡y quién no!) mientras que el nacionalismo de por aquí es de raíz étnica, minoritario y desigualmente repartido por las provincias que tienen régimen foral, porque, bien entendido, son las provincias y no la nación las titulares del fuero. Aplicar la fórmula en Cataluña sería una catástrofe fiscal para el Estado y es improbable que sirviera...
El mundo de ayer
El lunes pasado iniciamos un seminario de introducción a la literatura del Holocausto, organizado por la Biblioteca Pública de Barañáin. La primera sesión estuvo dedicada a los antecedentes literarios de la época del nacionalsocialismo y, en este punto, examinamos la personalidad pública y la obra de Stefan Zweig. Fue un autor multitudinariamente leído en su época y nunca olvidado hasta ahora mismo. Pero lo que nos interesaba en esta ocasión era su autobiografía, El mundo de ayer, una obra maestra de la literatura memorialística e imprescindible para conocer la Europa que desapareció bajo el fascismo. El vienés Zweig representa mejor que nadie la brillante cultura europea del primer tercio del siglo XX. La llegada de Hitler significó el final de esa época y, para sus protagonistas, una carrera de obstáculos para eludir la muerte que en el caso de Zweig terminó en fracaso. Se exilió de Alemania en 1939, escribió sus memorias como una nota de suicidio y se quitó la vida junto a su esposa en Petrópolis (Brasil) en 1942. “De un plumazo, el sentido de toda una vida se había convertido en un contrasentido (…), pues la misión más íntima a la que había dedicado toda la fuerza de mi convicción durante cuarenta años, la unión pacífica de Europa, había fracasado. (…) Y quien había luchado con pasión durante toda su vida por la solidaridad humana y por la unión de los espíritus, se sentía en aquellos momentos inútil y solo como en ninguna otra época anterior a causa de esa brusca segregación”, son sus palabras. El tono de la prosa es típico de Zweig, idealizante y emotivo, pero lo que cuenta resulta inapelable: Europa, la cultura liberal y democrática europea, de la que él había sido un firme activista, se había roto en mil pedazos y empezaba la guerra. La última edición española de esta autobiografía (Ed. Acantilado, 2002) registró un notable éxito de público, que probablemente no solo se debió a sus cualidades literarias y al interés anecdótico de lo que cuenta, sino a las analogías que los lectores encuentran entre la Europa de entreguerras y la actual: instituciones supranacionales, bienestar material, autosatisfacción de las élites, cierto cosmopolitismo, un conservadurismo amable, y, a la vez, sociedades quebradas por la desigualdad y el desempleo, gobiernos ineficientes y, de nuevo, diversas formas de amenaza nacionalista y xenófoba. Zweig fue amigo y admirador de Walter Rathenau, ministro de asuntos exteriores de la república de Weimar, asesinado por dos nacionalistas alemanes, lo que casi le acaba de ocurrir ahora a la alcaldesa electa de Colonia, y por la misma razón: no ser lo bastante patriota. Entretanto, vuelven las alambradas y los campos de concentración, los ejércitos en la frontera,...
Recordatorio
Hoy se cumplen cuatro años del final de acción terrorista de ETA. Parece tan lejano que nadie quiere mirarse en aquel espejo, yo tampoco. Pero ninguna historia de mi país puede soslayar los más de cuatro décadas que estuvo entre nosotros este compañero indeseable. En la provincia donde vivo provocó 42 víctimas mortales (de las más de ochocientas imputables a la banda) y decenas, si no centenares, de heridos, extorsionados y amenazados. Los activistas estaban entre nosotros y, antes de ser detenidos o morir por la explosión del artefacto que iban a colocar en alguna parte o en un enfrentamiento con la policía, su entorno los presentaba como buenos chicos, comprometidos y solidarios, que amaban a su pueblo, es decir, estaban integrados en un contexto social aparentemente normalizado. Cualquiera puede tener ocurrencias homicidas por razones políticas u otras, pero para llevarlas a efecto hace falta un grado de deliberación, estímulos y recursos favorables que solo pueden encontrarse en determinados ambientes culturales y sociales. Esta mancha aún no ha desaparecido del tejido social, y tardará mucho hasta que desaparezca. También las víctimas eran de los nuestros: gente con la que se compartía vecindario, trabajo, aficiones, y que tuvieron que afrontar en solitario la amenaza de los verdugos, primero, y el ostracismo, después, que solo se fue aliviando en los últimos tiempos y a medida que la población era ganada por el hartazgo de la violencia. Esto da noticia de la autoridad, por decirlo de alguna manera, que tenía la violencia política en una sociedad que salía de una larga dictadura, que abarcaba la totalidad de nuestra memoria histórica y en la que la primera y última razón era la fuerza. El soniquete “algo habrá hecho” o “tú no te metas en líos” era una herencia del inmediato pasado. La necesidad o el deseo de invertir el sentido de la reciente historia convertía a las víctimas del terrorismo en representantes o beneficiarios del régimen anterior, lo fueran o no, y este prejuicio ofrecía una coartada implícita a su eliminación. Para la mayoría de la sociedad, cada atentado era una descarga eléctrica frente a la que reaccionábamos con miedo, con complacencia, con ira, con estupor, con confusión; reacciones que por último revelaban lo peor de nosotros mismos, lo que explica quizás la apatía resultante. A la postre, el final del terrorismo llegó por la acción de las instituciones democráticas y sus instrumentos de Estado: la justicia y la policía. Ni siquiera por el acuerdo de las fuerzas políticas, que fue relativamente tardío (el pacto de Ajuria Enea data de enero de 1988, después de un periodo de más una década de durísima actividad terrorista), y hasta el último momento estuvo sometido a...
El puente
La última traición del gobierno a su propio programa electoral se ha manifestado en su impotencia para acabar con los puentes vacacionales que trufan el calendario laboral y que son ocasión de pérdidas de horas productivas y de incremento de gasto para los bolsillos. El argumento en clave económica es que la movida correspondiente beneficia al sector turístico… ¡detrayéndolo de todos los demás! Leo que el año que viene se mantendrá el puente de diciembre que, en mi pueblo, de añadidura, se engorda con la festividad de un par de santos patronos creando un dilatado periodo vacacional, orgullosamente llamado puente foral, previo al periodo vacacional de las navidades que a su vez se prolonga hasta el seis de enero y precede, etcétera. Un calendario festivo que es el suelo pantanoso en el que se asienta el edificio de la economía productiva. Los más viejos podemos recordar que el puente festivo de diciembre o de la Inmaculada, como se le conoce propiamente, fue otro fruto del cacareado y manoseado consenso constitucional. Los padres de la patria necesitaban instituir el día recordatorio de la constitución y que tuviera una solemnidad festiva, ya que no otra, pero los obispos ni para dios estaban dispuestos a renunciar a la festividad de la inmaculada concepción (esa manía de los obispos por celebrar con todo boato la correcta salud reproductiva), así que se juntaron las dos fiestas para gran jolgorio del pueblo llano. Han tenido que pasar casi cuarenta años para que nuestras elites políticas se dieran cuenta que estos puentes festivos son poco europeos, pero con todo no son capaces de abolirlos. El debate está en el mismo punto que en 1978: ¿qué es más importante, la constitución o la inmaculada concepción? No hay duda de que la respuesta a esta pregunta no sería unánime entre los ministros de Rajoy. Así que dejemos las cosas como están una vez más, porque, después de todo, con semejantes índices de desempleo y desinversión, ¿quién sabe si estamos de fiesta o simplemente...
Maletillas titulados
Maletillas con título académico. La última ocurrencia de nuestro declinante y rancio gobierno. La iniciativa no carece de lógica simétrica, sin embargo. Si ya tenemos titulados superiores de física, medicina o filosofía que van por ahí de plaza en plaza buscando empleo, ¿por qué no habría de dotarse de título a los itinerantes por antonomasia de la cultura patria? Se perderá la épica de las noches de luna en la dehesa, pero no se puede tener todo. Así han debido cavilar nuestros responsables de Educación, entre rebujito de fino y montadito de jabugo. La tauromaquia, he aquí un manadero de empleo y un proyecto nacional para niquelar la marca España. La iniciativa tiene, no obstante, un previsible e indeseable toque clasista. El título será de formación profesional, ¿y por qué no una titulación universitaria en todos los grados? Total, a efectos prácticos, iba a dar lo mismo y así tendríamos alumnos venidos de todo el mundo, japoneses, ucranianos, etcétera, y la fiesta nacional se convertiría en internacional. Un producto de exportación en el que España tendría el monopolio absoluto de todos los factores de producción: la materia prima, los operarios, el know how y el control de calidad. Más o menos como Alemania con los automóviles. Ellos exportan coches trucados y nosotros toros afeitados. En todo caso, para ser una titulación de FP, el programa docente previsto por el gobierno es ambicioso y polivante: doce módulos y dos mil horas para la adquisición de pericia en todas las suertes del toreo y en la preparación de los sementales para la cubrición. De modo que un alumno puede salir del ciclo formativo convertido en José Tomás o en mamporrero, según lo que aproveche los estudios y lo que falte a clase, que en la FP ya se sabe. De añadidura, esta iniciativa docente facilitará el trabajo de los críticos taurinos y la comprensión de la lidia al público en general porque los espectadores podrán conocer antes de que empiece la corrida en qué suerte destaca el diestro, según las notas de su currículo. Malo, este chico tardó cinco convocatorias en aprobar banderillas; ah, pero este sacó matrícula en muleta y bordaba los naturales, y, al arrastre del toro, el tendido de sombra ponderará con admiración el estilo académico, nunca mejor dicho, de los monosabios. Pero no nos engañemos sobre la profundidad de esta iniciativa, lo que de verdad le pone a la derecha es lo que tiene de réplica a la turbamulta antitaurina de catalanes y perroflautas, y, sobre todo, a la decisión del ayuntamiento de Madrid de cortar la subvención a la escuela taurina privada de la ciudad. Ésta, por cierto, hubiera sido una buena ocasión para que nuestros...