Maletillas con título académico. La última ocurrencia de nuestro declinante y rancio gobierno. La iniciativa no carece de lógica simétrica, sin embargo. Si ya tenemos titulados superiores de física, medicina o filosofía que van por ahí de plaza en plaza buscando empleo, ¿por qué no habría de dotarse de título a los itinerantes por antonomasia de la cultura patria? Se perderá la épica de las noches de luna en la dehesa, pero no se puede tener todo. Así han debido cavilar nuestros responsables de Educación, entre rebujito de fino y montadito de jabugo. La tauromaquia, he aquí un manadero de empleo y un proyecto nacional para niquelar la marca España. La iniciativa tiene, no obstante, un previsible e indeseable toque clasista. El título será de formación profesional, ¿y por qué no una titulación universitaria en todos los grados? Total, a efectos prácticos, iba a dar lo mismo y así tendríamos alumnos venidos de todo el mundo, japoneses, ucranianos, etcétera, y la fiesta nacional se convertiría en internacional. Un producto de exportación en el que España tendría el monopolio absoluto de todos los factores de producción: la materia prima, los operarios, el know how y el control de calidad. Más o menos como Alemania con los automóviles. Ellos exportan coches trucados y nosotros toros afeitados. En todo caso, para ser una titulación de FP, el programa docente previsto por el gobierno es ambicioso y polivante: doce módulos y dos mil horas para la adquisición de pericia en todas las suertes del toreo y en la preparación de los sementales para la cubrición. De modo que un alumno puede salir del ciclo formativo convertido en José Tomás o en mamporrero, según lo que aproveche los estudios y lo que falte a clase, que en la FP ya se sabe. De añadidura, esta iniciativa docente facilitará el trabajo de los críticos taurinos y la comprensión de la lidia al público en general porque los espectadores podrán conocer antes de que empiece la corrida en qué suerte destaca el diestro, según las notas de su currículo. Malo, este chico tardó cinco convocatorias en aprobar banderillas; ah, pero este sacó matrícula en muleta y bordaba los naturales, y, al arrastre del toro, el tendido de sombra ponderará con admiración el estilo académico, nunca mejor dicho, de los monosabios. Pero no nos engañemos sobre la profundidad de esta iniciativa, lo que de verdad le pone a la derecha es lo que tiene de réplica a la turbamulta antitaurina de catalanes y perroflautas, y, sobre todo, a la decisión del ayuntamiento de Madrid de cortar la subvención a la escuela taurina privada de la ciudad. Ésta, por cierto, hubiera sido una buena ocasión para que nuestros acaudalados matadores sufragaran la escuela de su bolsillo demostrando así lo mucho que quieren la continuidad y la excelencia de su oficio. Pero, ay, eso es no entender la fiesta nacional. Antes prefieren plantarse a la puerta de un colegio y repartir entradas gratis entre la infancia para crear adicción. Esto es un negocio y los excedentes de cash están a buen recaudo; de lo que pase después, que se ocupe el Estado y monte una efepé, y cada cosa en su sitio. El dinero de la torería en Suiza y los maletillas en el paro, como toda vida. ¿Pues no es la tauromaquia el colmo de la tradición española? Y dicho esto, venga el fino y el jabugo.