Hoy se cumplen cuatro años del final de acción terrorista de ETA. Parece tan lejano que nadie quiere mirarse en aquel espejo, yo tampoco. Pero ninguna historia de mi país puede soslayar los más de cuatro décadas que estuvo entre nosotros este compañero indeseable. En la provincia donde vivo provocó 42 víctimas mortales (de las más de ochocientas imputables a la banda) y decenas, si no centenares, de heridos, extorsionados y amenazados. Los activistas estaban entre nosotros y, antes de ser detenidos o morir por la explosión del artefacto que iban a colocar en alguna parte o en un enfrentamiento con la policía, su entorno los presentaba como buenos chicos, comprometidos y solidarios, que amaban a su pueblo, es decir, estaban integrados en un contexto social aparentemente normalizado. Cualquiera puede tener ocurrencias homicidas por razones políticas u otras, pero para llevarlas a efecto hace falta un grado de deliberación, estímulos y recursos favorables que solo pueden encontrarse en determinados ambientes culturales y sociales. Esta mancha aún no ha desaparecido del tejido social, y tardará mucho hasta que desaparezca. También las víctimas eran de los nuestros: gente con la que se compartía vecindario, trabajo, aficiones, y que tuvieron que afrontar en solitario la amenaza de los verdugos, primero, y el ostracismo, después, que solo se fue aliviando en los últimos tiempos y a medida que la población era ganada por el hartazgo de la violencia. Esto da noticia de la autoridad, por decirlo de alguna manera, que tenía la violencia política en una sociedad que salía de una larga dictadura, que abarcaba la totalidad de nuestra memoria histórica y en la que la primera y última razón era la fuerza. El soniquete “algo habrá hecho” o “tú no te metas en líos” era una herencia del inmediato pasado. La necesidad o el deseo de invertir el sentido de la reciente historia convertía a las víctimas del terrorismo en representantes o beneficiarios del régimen anterior, lo fueran o no, y este prejuicio ofrecía una coartada implícita a su eliminación. Para la mayoría de la sociedad, cada atentado era una descarga eléctrica frente a la que reaccionábamos con miedo, con complacencia, con ira, con estupor, con confusión; reacciones que por último revelaban lo peor de nosotros mismos, lo que explica quizás la apatía resultante. A la postre, el final del terrorismo llegó por la acción de las instituciones democráticas y sus instrumentos de Estado: la justicia y la policía. Ni siquiera por el acuerdo de las fuerzas políticas, que fue relativamente tardío (el pacto de Ajuria Enea data de enero de 1988, después de un periodo de más una década de durísima actividad terrorista), y hasta el último momento estuvo sometido a la casuística y a las tensiones de la dialéctica partidaria. Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para dedicar una mirada a las páginas de de los tres volúmenes de Relatos de plomo, que en memoria de las víctimas, editó el Gobierno de Navarra, y celebrar el indeleble trabajo de investigación que realizaron sus autores, un grupo de periodistas dirigido por Javier Marrodán.
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