El lunes pasado iniciamos un seminario de introducción a la literatura del Holocausto, organizado por la Biblioteca Pública de Barañáin. La primera sesión estuvo dedicada a los antecedentes literarios de la época del nacionalsocialismo y, en este punto, examinamos la personalidad pública y la obra de Stefan Zweig. Fue un autor multitudinariamente leído en su época y nunca olvidado hasta ahora mismo. Pero lo que nos interesaba en esta ocasión era su autobiografía, El mundo de ayer, una obra maestra de la literatura memorialística e imprescindible para conocer la Europa que desapareció bajo el fascismo. El vienés Zweig representa mejor que nadie la brillante cultura europea del primer tercio del siglo XX. La llegada de Hitler significó el final de esa época y, para sus protagonistas, una carrera de obstáculos para eludir la muerte que en el caso de Zweig terminó en fracaso. Se exilió de Alemania en 1939, escribió sus memorias como una nota de suicidio y se quitó la vida junto a su esposa en Petrópolis (Brasil) en 1942. “De un plumazo, el sentido de toda una vida se había convertido en un contrasentido (…), pues la misión más íntima a la que había dedicado toda la fuerza de mi convicción durante cuarenta años, la unión pacífica de Europa, había fracasado. (…) Y quien había luchado con pasión durante toda su vida por la solidaridad humana y por la unión de los espíritus, se sentía en aquellos momentos inútil y solo como en ninguna otra época anterior a causa de esa brusca segregación”, son sus palabras. El tono de la prosa es típico de Zweig, idealizante y emotivo, pero lo que cuenta resulta inapelable: Europa, la cultura liberal y democrática europea, de la que él había sido un firme activista, se había roto en mil pedazos y empezaba la guerra. La última edición española de esta autobiografía (Ed. Acantilado, 2002) registró un notable éxito de público, que probablemente no solo se debió a sus cualidades literarias y al interés anecdótico de lo que cuenta, sino a las analogías que los lectores encuentran entre la Europa de entreguerras y la actual: instituciones supranacionales, bienestar material, autosatisfacción de las élites, cierto cosmopolitismo, un conservadurismo amable, y, a la vez, sociedades quebradas por la desigualdad y el desempleo, gobiernos ineficientes y, de nuevo, diversas formas de amenaza nacionalista y xenófoba. Zweig fue amigo y admirador de Walter Rathenau, ministro de asuntos exteriores de la república de Weimar, asesinado por dos nacionalistas alemanes, lo que casi le acaba de ocurrir ahora a la alcaldesa electa de Colonia, y por la misma razón: no ser lo bastante patriota. Entretanto, vuelven las alambradas y los campos de concentración, los ejércitos en la frontera, y la demanda de deportaciones masivas. Y, para que nada falte en el cuadro, también la participación de un obispo español, como cuando entonces. El mundo vuelve a ser el mundo de ayer.
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