La última traición del gobierno a su propio programa electoral se ha manifestado en su impotencia para acabar con los puentes vacacionales que trufan el calendario laboral y que son ocasión de pérdidas de horas productivas y de incremento de gasto para los bolsillos. El argumento en clave económica es que la movida correspondiente beneficia al sector turístico… ¡detrayéndolo de todos los demás! Leo que el año que viene se mantendrá el puente de diciembre que, en mi pueblo, de añadidura, se engorda con la festividad de un par de santos patronos creando un dilatado periodo vacacional, orgullosamente llamado puente foral,  previo al periodo vacacional de las navidades que a su vez se prolonga hasta el seis de enero y precede, etcétera. Un calendario festivo que es el suelo pantanoso en el que se asienta el edificio de la economía productiva. Los más viejos podemos recordar que el puente festivo de diciembre o de la Inmaculada, como se le conoce propiamente, fue otro fruto del cacareado y manoseado consenso constitucional. Los padres de la patria necesitaban instituir el día recordatorio de la constitución y que tuviera una solemnidad festiva, ya que no otra, pero los obispos ni para dios estaban dispuestos a renunciar a la festividad de la inmaculada concepción (esa manía de los obispos por celebrar con todo boato la correcta salud reproductiva), así que se juntaron las dos fiestas para gran jolgorio del pueblo llano. Han tenido que pasar casi cuarenta años para que nuestras elites políticas se dieran cuenta que estos puentes festivos son poco europeos, pero con todo no son capaces de abolirlos. El debate está en el mismo punto que en 1978: ¿qué es más importante, la constitución o la inmaculada concepción? No hay duda de que la respuesta a esta pregunta no sería unánime entre los ministros de Rajoy. Así que dejemos las cosas como están una vez más, porque, después de todo, con semejantes índices de desempleo y desinversión, ¿quién sabe si estamos de fiesta o simplemente parados?