El monumento

Posted by on Dic 20, 2016 in Miradas |

El mundo va p’allá y, entretanto, en mi pueblo estamos a nuestras cosas. Los asuntos de la aldea suelen ser irrelevantes, como en este caso, pero, si acercamos el foco, observaremos que la marcha del planeta no es sino el resultado de los innumerables tirones que las aldeas de toda la vida dan a la aldea global. El caso es que en un rutinario evento político-empresarial para dar quehacer a los fotógrafos de prensa, el presidente de la cámara de comercio local ha propuesto inaugurar el monumento a los fueros. La sugerencia ha sido acogida con aprecio, dice el cronista,  por la presidenta del gobierno regional porque, en estos tiempos de mohína inaugural en el que las obras públicas se reducen a echar una paletada de asfalto en un bache de la carretera, qué mejor que dar unos hisopazos y leer algunos discursos al pie del que acaso sea el más famoso monumento de la provincia, erigido en 1903 pero que, en efecto, nunca ha sido inaugurado oficialmente, aunque representa a lo único que nos une a todos los paisanos de aquí –la hacienda privativa, que los de fuera, envidiosillos, llaman privilegio fiscal-, como lo prueba el hecho de que su hipotética inauguración haya suscitado la repentina coincidencia de dos políticos que probablemente no tienen nada más en común. Si fuéramos académicos finos, llamaríamos a esta iniciativa populismo, pero, ay, en esta historia no aparecen los podemitas, así que no vale. El presidente de la cámara de comercio es un conspicuo representante de la derecha regional de toda la vida y la presidenta del gobierno está en el nacionalismo vasco, facciones enfrentadas, digamos, desde la guerra civil pero que comparten el afecto por los fueros porque ¿a quién le amarga un dulce? La primera ikurriña la diseñaron en este pueblo los fundadores del nacionalismo vasco a raíz del mismo acontecimiento que dio lugar a la erección del monumento que aún no ha sido inaugurado. Fue lo que por aquí se conoce como la gamazada, una manifestación multitudinaria de rechazo al intento del ministro de hacienda del gobierno liberal de Sagasta, Germán Gamazo, de suprimir el régimen fiscal privativo de la provincia, que fue el precio dizque pactado que pagó en 1841 la monarquía constitucional para que acabara la primera guerra carlista. El monumento –una columna frente al palacio del gobierno, asentada en una base pentagonal, sobrecargada de símbolos y leyendas, en cuya cúspide una  matrona blande el pergamino con los reales fueros- es la atalaya que marca el límite, y por último la impotencia también, de jacobinismo liberal del país. Más acá de este monumento se acaba España o empieza una España asimétrica, según quién lo diga, y de...

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Los tres reyes magos

Posted by on Dic 19, 2016 in Miradas |

Los suplementos culturales de la prensa se caen de las manos, rellenos con materiales que son una mezcla de bisutería, recuelos, barullo y una retórica que no expresa más que desorientación y un cierto narcisismo defensivo. El formato de estas publicaciones responde a un momento histórico, ya caducado, en el que la cultura era el oficio de un puñado de mandarines -creadores y críticos- más o menos compinchados, que vertían su saber sobre un público semiculto y ansioso de llenar los huecos de su ignorancia y de estar a la última en narrativa, pensamiento, arte, teatro, etcétera. Tres agentes concurrentes han reventado este tinglado; una tríada como los reyes magos, que en este caso hacen magia negra con la herencia de Gutenberg. El primero es la tecnología, la revolución digital que ha creado un escaparate simultáneo e inabarcable de ofertas culturales. La cestita que sirve de icono para la compra en línea de literatura, cine, música  y otros soportes está al alcance de cualquiera que tenga dos dedos capaces de accionar la consola del ordenador, y para muchos es incluso un trámite prescindible porque la oferta es tan a la mano que simplemente la saquean; luego, cada uno de estos piratas replica el botín obtenido por el mismo procedimiento y así hasta el infinito. El segundo agente aciago es de orden ideológico: el relativismo impuesto por la post modernidad, que ha acabado con los cánones en cualquier campo de la cultura y de paso con los críticos que constituían su clerecía. Si alguna vez la cultura fue un universo compacto que había que conocer antes de hacerlo nuestro, para lo que se necesitaba la mediación de un maestro o de un experto, ahora es un tejido lleno de agujeros que la iniciativa de cada cual rellena a su antojo. Hay más escritores que lectores, confesaba una veterana librera en medio de su esmerada y desierta librería. Un escritor que pasa el tiempo leyendo es como un cocinero que pasa el tiempo comiendo. La cita es de Karl Kraus, un grafómano descomunal que intentó, con éxito en su época, encarnar en sí mismo lo que hoy es la ambición de innumerables aspirantes a ser algo en la nebulosa de la cultura: un mundo donde la creación responda a su sentido prístino, auroral, sin precedentes ni modelos, emanada de las ocurrencias que nos habitan, a la espera de que la fortuna, que ha sustituido a la virtud, convierta el producto en una revelación que pete las ventas y nos haga ricos. Y aquí llega el tercer mago, que ha despojado a la cultura de coartadas idealizantes y de funciones didácticas que antaño le daban un aura sublime para descomponer sus soportes,...

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La princesa quiere irse

Posted by on Dic 18, 2016 in Miradas |

Qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país, ha dicho doña Cristina de Borbón. No parece frecuente que una princesa –aquí, infanta por mor de la historia y el protocolo- considere que  el país en el que reina su hermano sea un asco de tal calibre que solo merece ser dejado atrás. Bien mirado, sin embargo, es una opinión que comparte buena parte del pueblo llano que simplemente no puede irse y librarse así de tener que chapotear en la mierda que representan doña Cristina y su marido. No obstante, esto que tiene que acabar es el procedimiento judicial por corruptelas diversas en el que están encausados ambos y por el que al consorte le piden cerca de veinte años de trullo, de modo que aún le queda tiempo a la princesa para que pueda hacer efectivo el deseo de largarse. Mal asunto si a las realezas les entran ganas de abandonar el país porque pondrán al estado en un brete. Desde el siglo XIX, los españoles nos hemos mostrado incapaces de articular un estado moderno sin poner al frente a la monarquía, hasta el punto de que las dos repúblicas habidas en este periodo, además de breves, quedaron en el adn de la ciudadanía como sinónimo de desastre. La democracia aquí siempre ha sido subsidiaria de la corona. Primero, el rey, y luego, lo demás. También en 1978, como lo prueba el guirigay desencadenado hace unas semanas por la revelación de una vieja opinión de Adolfo Suárez, el padre de la democracia, sobre la inclusión de la forma monárquica del estado en el paquete de la reforma política. Los aspavientos que la noticia levantó entre la gente de nuestra  generación fueron pura hipocresía porque siempre hemos sabido que así fue la cosa. La monarquía es un fatalismo genético en este país de republicanos que sienten pánico ante la república. La larva de cualquier proceso constituyente a cuyo término eclosiona siempre una mariposa monarca. No por casualidad han crujido las cuadernas de la justicia al sentar a doña Cristina en el banquillo y no por casualidad la ha defendido uno de los redactores de la constitución de 1978. La monarquía tiene entre nosotros un efecto, más que moderador, como dice la constitución, balsámico, sedante, porque permite a unos y a otros seguir a sus negocios, y envolver en ellos al jefe del estado y a su parentela, que se dejan querer porque, vamos a ver, ¿qué sería de un rey o de una princesa sin el amor de su pueblo? El mito del rey campechano. La princesa quiere irse pero no renuncia a sus derechos hereditarios al trono. Le jode el país pero...

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Negocios propios

Posted by on Dic 17, 2016 in Miradas |

Cada mochuelo a su olivo. Fin de la confrontación y de la competencia entre ajenos y vuelta a casa para poner orden entre los propios. Periodo de introspección. Hora de recomponer el mecano y decidir quién lo pilota. Periodo también idiosincrásico porque cada uno se entrega a la tarea de acuerdo con sus hábitos, manías y prejuicios. La ciudadanía, entretanto, que espere, bastante diversión ha tenido en este año que termina. Cada uno a lo suyo, pues. El pepé, con la atención posada en las posibilidades que tiene de gobernar en minoría pero a su antojo, como siempre, o, en su defecto, sobre las consecuencias de romper la baraja en mayo y vuelta a la urnas. Si enero fuera mayo el pepé ganaría seguramente por un tanteo cercano a la mayoría absoluta, pero tiene las manos constitucionalmente atadas hasta dentro de cinco meses, un tiempo que puede ser eterno para marear la perdiz y mantener los dedos cruzados para que la baraka no se esfume. El fin de año ha pillado a la oposición cuesta abajo y sin modo de saber si no se estrellarán antes de que consigan remontar el vuelo. Los socialistas son probablemente los que tienen más bolas en el aire: apoyar al gobierno fingiendo que hacen oposición y recuperar la hegemonía de la izquierda sin saber con qué mano hacerlo, el liderazgo en construcción y la militancia desorientada y harta. Los emergentes arrastran sendos fracasos. Ni ciudadanos ni podemos consiguieron los objetivos que se habían marcado y, como el cemento de la estructura está aún fresco, las organizaciones han acusado el golpe y se han visto sacudidas por la réplica. Nuevos protagonismos, giros programáticos y, sobre todo, necesidad imperiosa de que el campanario no se venga abajo. Lucha por el poder interno, en resumen. El caso de ciudadanos es simple: un partido prefabricado, de ideología versátil, tecnocrático, que es poco más que un líder indiscutible y omnímodo, y un círculo de economistas y académicos alrededor, merced a lo cual sorteará sin dificultad los escollos sobrevenidos, aunque otra cosa es que consiga impulso suficiente para trascender su situación actual de indeseada bisagra de los dos batientes de la puerta que prefieren entenderse sin engranaje por medio. La situación de podemos es más compleja y, en cierto sentido, más grave. Fue un tsunami  surgido de las necesidades sociales provocadas por la interminable crisis económica, que ha agotado su fuerza en las playas de la realidad. La acción combinada de las fuerzas políticas y mediáticas del establecimiento y de los propios errores podemitas han conseguido que, a pesar de su notable fuerza política y representativa, parezca un partido extraparlamentario. No les ayuda a hacer amigos ni a ganar...

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El copista

Posted by on Dic 16, 2016 in Miradas |

Uno de los rasgos más inquietantes de la corrupción es que carecemos de un lenguaje apropiado para definirla. Es lo que hace que tenga una cualidad proliferante, difusa, atmosférica, digamos, como la peste medieval, de la que solo se conocían sus efectos más obvios. En este caso, ni siquiera eso, pues ¿cuáles son los efectos de la corrupción? Ciertos oficios especializados –lingüistas, juristas, politólogos- sin duda podrían cercar un concepto que fuera pertinente al hecho, pero lo cierto es que no hay consenso cívico de uso común sobre qué es la corrupción. La versión más popular la identifica con el robo pero, con ser cierta esta apreciación, no agota la totalidad de la cosa. Si solo fuera un robo o una malversación tendrían razón los defensores de Rita Barberá, que se han multiplicado a raíz de su fallecimiento, de que estaba investigada por mil miserables euros cuando una chusma vengativa la condenó a la vergüenza pública. Este es uno de los rasgos de la corrupción: la falta de vergüenza en quienes la practican. Ante la carencia de una definición a priori, no hay otro modo de identificar la corrupción sino a través de los rasgos que concurren en ella. Un segundo rasgo, pues, sería la arraigada concepción patrimonial del servicio público. Aquí nadie está en una poltrona para ejecutar un mandato, cumplir una norma o desarrollar un proyecto sino para quedarse al mando de las palancas que mueven las voluntades y las cosas. Y un tercer rasgo sería el soporte clientelar que da cobertura a los actos de corrupción; en la base de cada corrupto hay un enjambre orgánico de paniaguados, deudores, amiguetes y pelotas, que dan soporte al corrupto mientras es posible que consiga eludir su responsabilidad ante la sociedad y la justicia. En el delirante culebrón del rector plagiario se han dado estos tres rasgos. A la luz de lo publicado, y que nadie ha desmentido, hay pocas dudas de que el tipo es un desenfadado saqueador del trabajo ajeno, un impertérrito sinvergüenza ante lo que es el mayor delito que se le puede imputar a un académico en ejercicio. La obcecación en mantenerse en el cargo sin otra defensa que unas inanes y falsas explicaciones sobre lo que ha ocurrido da noticia de que el personaje se considera ungido para el rectorado que ocupa y que no está dispuesto a apearse de él por unas pruebas de plagio que califica de disfunciones y material de aluvión,  aunque en realidad destruyen por completo su credibilidad profesional. Y, por último, llama la atención la lentitud y renuencia de la comunidad académica para adoptar una clara condena de los hechos y de su responsable, como si los que forman...

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