Qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país, ha dicho doña Cristina de Borbón. No parece frecuente que una princesa –aquí, infanta por mor de la historia y el protocolo- considere que  el país en el que reina su hermano sea un asco de tal calibre que solo merece ser dejado atrás. Bien mirado, sin embargo, es una opinión que comparte buena parte del pueblo llano que simplemente no puede irse y librarse así de tener que chapotear en la mierda que representan doña Cristina y su marido. No obstante, esto que tiene que acabar es el procedimiento judicial por corruptelas diversas en el que están encausados ambos y por el que al consorte le piden cerca de veinte años de trullo, de modo que aún le queda tiempo a la princesa para que pueda hacer efectivo el deseo de largarse. Mal asunto si a las realezas les entran ganas de abandonar el país porque pondrán al estado en un brete. Desde el siglo XIX, los españoles nos hemos mostrado incapaces de articular un estado moderno sin poner al frente a la monarquía, hasta el punto de que las dos repúblicas habidas en este periodo, además de breves, quedaron en el adn de la ciudadanía como sinónimo de desastre. La democracia aquí siempre ha sido subsidiaria de la corona. Primero, el rey, y luego, lo demás. También en 1978, como lo prueba el guirigay desencadenado hace unas semanas por la revelación de una vieja opinión de Adolfo Suárez, el padre de la democracia, sobre la inclusión de la forma monárquica del estado en el paquete de la reforma política. Los aspavientos que la noticia levantó entre la gente de nuestra  generación fueron pura hipocresía porque siempre hemos sabido que así fue la cosa. La monarquía es un fatalismo genético en este país de republicanos que sienten pánico ante la república. La larva de cualquier proceso constituyente a cuyo término eclosiona siempre una mariposa monarca. No por casualidad han crujido las cuadernas de la justicia al sentar a doña Cristina en el banquillo y no por casualidad la ha defendido uno de los redactores de la constitución de 1978. La monarquía tiene entre nosotros un efecto, más que moderador, como dice la constitución, balsámico, sedante, porque permite a unos y a otros seguir a sus negocios, y envolver en ellos al jefe del estado y a su parentela, que se dejan querer porque, vamos a ver, ¿qué sería de un rey o de una princesa sin el amor de su pueblo? El mito del rey campechano. La princesa quiere irse pero no renuncia a sus derechos hereditarios al trono. Le jode el país pero no el brillo de la corona, un sentimiento que comparte con la mayoría de los políticos constituyentes democráticamente elegidos desde hace dos siglos.