Uno de los rasgos más inquietantes de la corrupción es que carecemos de un lenguaje apropiado para definirla. Es lo que hace que tenga una cualidad proliferante, difusa, atmosférica, digamos, como la peste medieval, de la que solo se conocían sus efectos más obvios. En este caso, ni siquiera eso, pues ¿cuáles son los efectos de la corrupción? Ciertos oficios especializados –lingüistas, juristas, politólogos- sin duda podrían cercar un concepto que fuera pertinente al hecho, pero lo cierto es que no hay consenso cívico de uso común sobre qué es la corrupción. La versión más popular la identifica con el robo pero, con ser cierta esta apreciación, no agota la totalidad de la cosa. Si solo fuera un robo o una malversación tendrían razón los defensores de Rita Barberá, que se han multiplicado a raíz de su fallecimiento, de que estaba investigada por mil miserables euros cuando una chusma vengativa la condenó a la vergüenza pública. Este es uno de los rasgos de la corrupción: la falta de vergüenza en quienes la practican. Ante la carencia de una definición a priori, no hay otro modo de identificar la corrupción sino a través de los rasgos que concurren en ella. Un segundo rasgo, pues, sería la arraigada concepción patrimonial del servicio público. Aquí nadie está en una poltrona para ejecutar un mandato, cumplir una norma o desarrollar un proyecto sino para quedarse al mando de las palancas que mueven las voluntades y las cosas. Y un tercer rasgo sería el soporte clientelar que da cobertura a los actos de corrupción; en la base de cada corrupto hay un enjambre orgánico de paniaguados, deudores, amiguetes y pelotas, que dan soporte al corrupto mientras es posible que consiga eludir su responsabilidad ante la sociedad y la justicia. En el delirante culebrón del rector plagiario se han dado estos tres rasgos. A la luz de lo publicado, y que nadie ha desmentido, hay pocas dudas de que el tipo es un desenfadado saqueador del trabajo ajeno, un impertérrito sinvergüenza ante lo que es el mayor delito que se le puede imputar a un académico en ejercicio. La obcecación en mantenerse en el cargo sin otra defensa que unas inanes y falsas explicaciones sobre lo que ha ocurrido da noticia de que el personaje se considera ungido para el rectorado que ocupa y que no está dispuesto a apearse de él por unas pruebas de plagio que califica de disfunciones y material de aluvión, aunque en realidad destruyen por completo su credibilidad profesional. Y, por último, llama la atención la lentitud y renuencia de la comunidad académica para adoptar una clara condena de los hechos y de su responsable, como si los que forman parte del establecimiento universitario se movieran por instinto corporativo, o peor, mera complicidad de germanía. En una cosa no se equivoca el rector: vivimos en una sociedad disfuncional y de aluvión.
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