Cada mochuelo a su olivo. Fin de la confrontación y de la competencia entre ajenos y vuelta a casa para poner orden entre los propios. Periodo de introspección. Hora de recomponer el mecano y decidir quién lo pilota. Periodo también idiosincrásico porque cada uno se entrega a la tarea de acuerdo con sus hábitos, manías y prejuicios. La ciudadanía, entretanto, que espere, bastante diversión ha tenido en este año que termina. Cada uno a lo suyo, pues. El pepé, con la atención posada en las posibilidades que tiene de gobernar en minoría pero a su antojo, como siempre, o, en su defecto, sobre las consecuencias de romper la baraja en mayo y vuelta a la urnas. Si enero fuera mayo el pepé ganaría seguramente por un tanteo cercano a la mayoría absoluta, pero tiene las manos constitucionalmente atadas hasta dentro de cinco meses, un tiempo que puede ser eterno para marear la perdiz y mantener los dedos cruzados para que la baraka no se esfume. El fin de año ha pillado a la oposición cuesta abajo y sin modo de saber si no se estrellarán antes de que consigan remontar el vuelo. Los socialistas son probablemente los que tienen más bolas en el aire: apoyar al gobierno fingiendo que hacen oposición y recuperar la hegemonía de la izquierda sin saber con qué mano hacerlo, el liderazgo en construcción y la militancia desorientada y harta. Los emergentes arrastran sendos fracasos. Ni ciudadanos ni podemos consiguieron los objetivos que se habían marcado y, como el cemento de la estructura está aún fresco, las organizaciones han acusado el golpe y se han visto sacudidas por la réplica. Nuevos protagonismos, giros programáticos y, sobre todo, necesidad imperiosa de que el campanario no se venga abajo. Lucha por el poder interno, en resumen. El caso de ciudadanos es simple: un partido prefabricado, de ideología versátil, tecnocrático, que es poco más que un líder indiscutible y omnímodo, y un círculo de economistas y académicos alrededor, merced a lo cual sorteará sin dificultad los escollos sobrevenidos, aunque otra cosa es que consiga impulso suficiente para trascender su situación actual de indeseada bisagra de los dos batientes de la puerta que prefieren entenderse sin engranaje por medio. La situación de podemos es más compleja y, en cierto sentido, más grave. Fue un tsunami surgido de las necesidades sociales provocadas por la interminable crisis económica, que ha agotado su fuerza en las playas de la realidad. La acción combinada de las fuerzas políticas y mediáticas del establecimiento y de los propios errores podemitas han conseguido que, a pesar de su notable fuerza política y representativa, parezca un partido extraparlamentario. No les ayuda a hacer amigos ni a ganar musculatura el abstruso debate en el que están ensimismados para definir el nuevo liderazgo y la ininteligible propuesta ideológica y programática que los contendientes traen bajo el brazo. Por último, los nacionalismos domésticos, en apariencia sin la agitación que domina a los cuatro grandes, esperan su oportunidad. En esas estamos al término del año en el que, una vez más, el viejo mundo no termina de morir y el nuevo tarda en nacer, y en ese claroscuro surgen los monstruos, como debió decir, más o menos, Gramsci (debía estar pensando en Trump), cuya memoria, por cierto, ha tenido un buen año, a juzgar por lo mucho que ha sido invocado y citado.
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