Los suplementos culturales de la prensa se caen de las manos, rellenos con materiales que son una mezcla de bisutería, recuelos, barullo y una retórica que no expresa más que desorientación y un cierto narcisismo defensivo. El formato de estas publicaciones responde a un momento histórico, ya caducado, en el que la cultura era el oficio de un puñado de mandarines -creadores y críticos- más o menos compinchados, que vertían su saber sobre un público semiculto y ansioso de llenar los huecos de su ignorancia y de estar a la última en narrativa, pensamiento, arte, teatro, etcétera. Tres agentes concurrentes han reventado este tinglado; una tríada como los reyes magos, que en este caso hacen magia negra con la herencia de Gutenberg. El primero es la tecnología, la revolución digital que ha creado un escaparate simultáneo e inabarcable de ofertas culturales. La cestita que sirve de icono para la compra en línea de literatura, cine, música  y otros soportes está al alcance de cualquiera que tenga dos dedos capaces de accionar la consola del ordenador, y para muchos es incluso un trámite prescindible porque la oferta es tan a la mano que simplemente la saquean; luego, cada uno de estos piratas replica el botín obtenido por el mismo procedimiento y así hasta el infinito. El segundo agente aciago es de orden ideológico: el relativismo impuesto por la post modernidad, que ha acabado con los cánones en cualquier campo de la cultura y de paso con los críticos que constituían su clerecía. Si alguna vez la cultura fue un universo compacto que había que conocer antes de hacerlo nuestro, para lo que se necesitaba la mediación de un maestro o de un experto, ahora es un tejido lleno de agujeros que la iniciativa de cada cual rellena a su antojo. Hay más escritores que lectores, confesaba una veterana librera en medio de su esmerada y desierta librería. Un escritor que pasa el tiempo leyendo es como un cocinero que pasa el tiempo comiendo. La cita es de Karl Kraus, un grafómano descomunal que intentó, con éxito en su época, encarnar en sí mismo lo que hoy es la ambición de innumerables aspirantes a ser algo en la nebulosa de la cultura: un mundo donde la creación responda a su sentido prístino, auroral, sin precedentes ni modelos, emanada de las ocurrencias que nos habitan, a la espera de que la fortuna, que ha sustituido a la virtud, convierta el producto en una revelación que pete las ventas y nos haga ricos. Y aquí llega el tercer mago, que ha despojado a la cultura de coartadas idealizantes y de funciones didácticas que antaño le daban un aura sublime para descomponer sus soportes, como piezas de un mecano, y entregarlos al tráfico del mercado. Esto exige que los materiales sean reconocibles por los compradores, que tengan funciones múltiples y universales, como los enchufes de los aparatos eléctricos, y cierta cualidad de representación, es decir, que su significado preceda a su lectura o audición. Piense en todo esto cuando le regalen un libro o un deuvedé por reyes, y sobre todo, piénselo si se ha propuesto ser escritor, compositor, artista plástico o algo por el estilo.

(A Maribel C. que nos contó la historia que ha inspirado estas líneas)