Los concursos de celebridades han llegado al repertorio léxico y este año la palabra coronada en el ámbito de la lengua castellana ha sido populismo, en dura competencia con selfi, escrache, cuñadismo y otras que ni siquiera concursaban, como desahucio o corrupción, más castizas pero sospechosas de sedición. Populismo es una miss léxico 2016 perfecta porque no significa nada, del mismo modo que las misses de carne y hueso no significan la belleza sino el afán de posesión de las bellas exacerbado en tipos como Trump, que es el dueño del concurso de miss mundo y, en pocos días, el dueño del mundo entero, al menos el que conocemos. Populismo también responde a esta necesidad de posesión de la realidad por parte de las elites que sienten que la están perdiendo y utilizan el término con un propósito derogatorio, como un exorcismo. La palabra entronizada es una cadena de fonemas en busca de un significado, o para decirlo al gusto de los teóricos de la cosa, es un significante vacío. Porque ¿qué significa populismo? Por ejemplo, designa a partidos liderados por jefes carismáticos que señalan a un enemigo, exacerban las pasiones identitarias y exaltan ideas simples y falsas. ¿Y qué partido político no responde a estos rasgos? La reconocida brecha entre el paisanaje y la elite que lo gobierna se ha extendido al lenguaje y la respuesta del sistema ha sido organizar un concurso de palabras, del mismo modo que hacen concursos de chicas esculturales en el país de la obesidad mórbida. Los así llamados populistas europeos, Le Pen, Farage, Wilders y compañía, son la extrema derecha de toda la vida, una corriente política de larga data y profundas raíces en el continente, que se creyó extirpada al fin de la segunda guerra mundial pero, ya ven, está de vuelta. En cuanto a nuestros populistas de izquierda son por ahora un popurrí indefinido en el que, entre el malestar que constituye la melodía principal, pueden encontrarse notas de izquierdismo, comunismo, acracia, nacionalismo comarcal, regeneracionismo costista y añoranza de un tiempo en que la política y la realidad eran inteligibles, como lo eran también las palabras. No han estado más finos en el ámbito lingüístico del inglés, donde el diccionario Oxford ha proclamado posverdad (post-truth) palabra del año. Este horrendo neologismo vendría a connotar que la verdad es un hecho del pasado y que ahora el conocimiento de la realidad no se guía por la fidelidad a los hechos sino por el discurso que la formula, es decir, por la ideología de quien habla. A este rasgo de la comunicación pública se le ha llamado de antiguo demagogia, así que el nuevo nombre es solo una prueba del esnobismo de...
Efemérides
Al final, ha resultado como siempre. Un tránsito leve por un puente de tablas sobre un arroyo de aguas someras bajo un chisporroteo de luces y una barahúnda de ruido en lo que lo más relevante ha sido, as usual, el traje de esa jamoncilla vivaracha y televisiva a la que llaman la Pedroche. Ni el atentado de Estambul ha marchitado por aquí el encanto de la rutinaria celebración. La espera estuvo precedida por el habitual recordatorio de acontecimientos del año ido y luego las campanadas, los brindis y todo eso, y ahora ya estamos al otro lado del puente de las efemérides. Lo que designa esta palabra nos envuelve y en ocasiones nos invade todos los días pero hay fechas, como estas recién pasadas, en que los hechos dejan de ser sucesos para convertirse solemnemente en efemérides. Historia vestida de lentejuelas. Leí por primera vez la palabra mucho antes de entender qué significaba. Estaba estampada en la cubierta de una libretita forrada en plástico rojo que portaba consigo el padre Vicuña (a) el Búho, prefecto. Era este preste orondo como un barril, de cabeza grande, nariz aguileña, ojos diminutos alojados en los nidos de grasa de los párpados y presencia temible, perpetuamente tocado con un bonete de cuatro puntas, una especie de corona negra que ilustraba la alegoría del poder y la penitencia. Un joven de esta época identificaría de inmediato al cura con Jabba el Hutt, la gigantesca babosa de Star Wars, en cuyo regazo reposaba ataviada con aparatoso bikini la llorada Carrie Fisher, otra efeméride. Los colegiales de la bata a rayas azules y blancas, tan atribulados como la princesa Leia, formábamos en fila para entrar en clase y ahí estaba Jabba, frente a nosotros, con su libretita en la mano y esa rara palabra escrita de la portada, como una clave secreta. Nunca consulté su significado en el diccionario y desde que llegué a saberlo no he dejado de preguntarme qué clase de efemérides podía anotar el Búho en su libretita que no fueran las disciplinas que infligía a sus pupilos. Así que entenderán que, a pesar de la pomposa musicalidad de la palabra, que evoca tintineo de copas, transparencias y picardías, humo de hachís y un ánimo alacre y estupefacto, propio del superviviente, desconfíe de lo que trae envuelto. Este año en el que hemos entrado nos asaltarán en números redondos las efemérides del asedio de Sarajevo, el bombardeo de Gernika, la guerra de los Seis Días, la batalla de Stalingrado, la muerte del Che, la reforma de Lutero, y, claro está, la revolución rusa de Octubre y su antagónica aparición de la virgen en Fátima. Claro que, exprimiendo un poco el calendario, también...
‘Homoousios’
Copichuela prenavideña de amiguetes. La conversación va dando tumbos por el espacio y el tiempo sin más sentido que testimoniar que los contertulios aún están vivos. Uno de ellos está enfrascado en la lectura de autores latinos de los primeros siglos de la era cristiana –las manías y ocupaciones de los jubilados son de una variedad asombrosa y mareante- y la conversación merodea el concilio de Nicea. Pocas bromas con el siglo IV, que ha sido uno de los más fértiles, febriles y fascinantes de la historia que habitamos. En aquella reunión de obispos en la ciudad turca que hoy se llama Iznik, celebrada bajo el manto protector del emperador Constantino, el cristianismo dejó de ser un paisaje en la niebla de mareas y confluencias para convertirse en una rutilante organización centralizada, piramidal e irrevocable. Un poder terrenal. Y qué poder, a la vista de lo que vino después. Las conexiones mnemotécnicas de los vejetes son imprevisibles y uno de ellos menciona el próximo concilio de Vista Alegre II. En Nicea entonces, como en Vista Alegre dentro de unas semanas, los reunidos tenían que encontrar un fundamento doctrinal que diera legitimidad a la autoridad del jefe y cohesión a la organización, y, en la práctica, había que erradicar las herejías. La de la época era el arrianismo y tenía que ver con la relación entre el judío crucificado en Palestina, e inspirador del movimiento, con el dios monoteísta que gobernaba el mundo: ¿era el cristo un delegado divino?, ¿una divinidad subalterna?, ¿lo había creado dios para que lo representara?, ¿es su hijo y por lo tanto vino después del padre? Los obispos estaban lejos de tener una respuesta consensuada, como se dice ahora, y el debate doctrinal fue tan abstruso, por lo menos, como el que se traen ahora los podemitas: ¿es el líder de podemos hijo del movimiento del quince-eme?, ¿un delegado de la gente?, ¿una emanación de los círculos o ecclesias locales? En el siglo IV no había twitter y los mensajes de la polémica tenían un robusto carácter físico, donde casi cualquier argumento estaba permitido. Uno de los obispos a la greña se levantó los faldones de la túnica y orinó copiosamente sobre su adversario. Lo que se dirimía en Nicea, ya lo habrán advertido, era una cuestión de poder envuelta en un galimatías lingüístico y aquí los delegados de las iglesias orientales, más versados que los bárbaros occidentales en los tejemanejes de la filosofía y de la retórica por su origen griego, llevaban ventaja y fue un obispo oriental, Atanasio de Alejandría, el que dio con la palabra mágica: homoousios, consubstancial, el hijo es consubstancial al padre. Este hallazgo lingüístico que parece una chorrada, y...
Compañeras
Asesinar a tu compañera antes de quitarte tú mismo la vida es un acto que tiene varias lecturas y todas llevan a la misma abyección. En primer lugar, quieres dejar dicho que ella era la culpable de tu infortunio; dos, que su vida vale aun menos que la tuya, puesto que la has despachado antes, y, al fin, que la última ratio de tu relación con ella era tu fuerza, tu resolución criminal y tu desprecio por la existencia de ambos. No puedo negar que me conmocionó el siniestro fin de Alfons Quintá en estas circunstancias. Aun sin conocerle de nada, su nombre formaba parte en mi memoria de la nómina de periodistas con cuyo trabajo diario me formé como ciudadano en la remota juventud. No esperas que alguien que te suministra cada día el nutriente intelectual que ha de servirte para entender el mundo sea un santo, pero tampoco esperas que llegue a ser un maldito psicópata. Un tipo de psicopatía, por lo demás, tan frecuente que ya nos hemos acostumbrado a que sea endémica y que produce más de una víctima a la semana, hasta el punto de inducir la certeza de que los hombres pertenecemos a un género especializado en el desprecio, el maltrato y el asesinato de las mujeres. El machismo es un mal antiguo de reciente e incompleto diagnóstico. En el suceso mencionado, recuerdo vivamente el nombre del victimario pero he que hacer un esfuerzo para decirme a mí mismo que, para ser justo, necesito conocer el de la víctima, y he de buscarlo en Google, Victoria Bertrán. Su mujer, su esposa, su pareja, su compañera, son términos genéricos que convierten a las víctimas de feminicidio en sombras despojadas de realidad. El machismo ínsito en el lenguaje las persigue hasta la tumba. Un modo perverso de entender lo que somos que, debidamente edulcorado, ha tenido gran predicamento desde quizás la literatura caballeresca medieval. Stefan Zweig, Arthur Koestler, como en Romeo y Julieta, se suicidaron junto a sus compañeras, de las que nadie recuerda el nombre ni si recibieron voluntariamente la muerte. Sabemos o sospechamos las razones que llevaron a estos eximios personajes a quitarse la vida pero ¿eran también las razones de ellas? La vida y la muerte son intransferibles; vivimos y morimos solos, junto a otros con los que establecemos lazos amorosos, de afecto y de cooperación, que tienen fecha de caducidad, pero solos a la postre, y es una aberración creer que se vive o se muere por y para otro, un error que se puede pagar muy caro. La creciente emancipación de las mujeres viene diluyendo esta carga de dependencia que sin duda arrastraban las compañeras de Zweig y de Koestler...
Compactación
En la actual fase geológica, los partidos políticos están en proceso de compactación, quizás porque esperan un largo invierno y no desean que el hielo se filtre por las fisuras o quizás porque atisban nuevos movimientos tectónicos y quieren fortificarse alrededor del núcleo duro, lo que quiera que signifique eso. Unidad es el idealizado nombre que, en la jerga, recibe la compactación. En todo caso, el proceso se rige por una lógica mineral y cada partido se embarca en él a partir del magma originario del que está formado y de la consistencia de los sedimentos en los que se apoya. La renuncia voluntaria de Aznar, la gran mosca cojonera de la derecha, a la presidencia honorífica del pepé es un síntoma relevante de esta compactación. Por fin, Rajoy podrá hacer lo que le dé la gana en su finca sin tener pegado a la oreja un estruendoso pepito grillo. Pero lo que en el partido del gobierno es un proceso leve y podríamos decir que natural porque el carácter compacto de su estructura viene de fábrica y está garantizado mientras siga en el poder, en las demás formaciones está adquiriendo un cariz tortuoso y confuso, no exento de titubeos y mala conciencia porque la compactación es un signo político de resignación y pesimismo, un reconocimiento de la propia debilidad y, a la postre, un proceso de ensimismamiento que solidifica al partido y lo aísla de la sociedad, bullente y dispersa por naturaleza. Todo indica que en el pesoe se encaminan a la fabricación de un candidato único para salir de la crisis de liderazgo que ellos mismos se autoinfligieron con su versión trianera de los idus de marzo. Los ciudadanos, tan liberales que han despojado su etiqueta del marbete socialdemócrata que traía pegado de origen, han reforzado en la misma maniobra la autoridad del líder mediante la introducción de medidas disciplinarias contra las corrientes internas, que algún descuidado podría calificar de estalinistas, las medidas disciplinarias, no las corrientes de opinión. Y en podemos están en una inocultable batalla doméstica en la que, a pesar de los desbordados gestos de fraternidad, promiscuidad y buen rollito, ya ha brotado la ominosa noción de las purgas. Los partidos políticos nunca han sido organizaciones democráticas sino carismáticas y los intentos de introducir en su funcionamiento mecanismos electorales convencionales por medio de primarias y referendos vienen derivando en desastres. La desafección entre las bases y las cúpulas es tan pronunciada que, puestos ante una urna, los afiliados votan lo que les da la gana y así es imposible hacer carrera. La necesidad de un líder inmarcesible y omnímodo es a la vez un indicador de debilidad y de eficiencia. El líder es la...