Urbanidad era una pequeña asignatura, o contenido, como se diría ahora, de la enseñanza primaria en la que nos educamos los de mi edad, que intentaba inculcar ciertas normas de comportamiento en sociedad, referidas a, cómo saludar y presentarse, cómo hablar y qué decir en público, etcétera. El diccionario de la rae define urbanidad como cortesanía [sic, no cortesía], comedimiento, atención y buen modo. En aquella época y en la práctica era un adiestramiento para mantenerse calladitos. La vida en sociedad, dentro y fuera de la propia casa, estaba reglada por la autoridad, la jerarquía y el silencio, y las estereotipadas viñetas que ilustraban qué era la urbanidad pintaban a unos jóvenes muy bien peinados, tiesos e insípidos que comparecían ante el maestro, el cura o la tía abuela prestos a hacer lo que estos les mandaran y a la espera de la dádiva que recibirían por su buen comportamiento. La urbanidad como noción y como práctica se fue pronto al garete, desde los años sesenta quizás, porque era un cepo para la libertad y la verdad. Pero, a pesar de esta liberalización de los modales, el insulto y la grosería, que son el límite extremo de la falta de urbanidad, no eran frecuentes mientras el trato era personal y los interlocutores se miraban a la cara o se oían la propia voz a través del teléfono, es decir, mientras las relaciones sociales conservaron algún vestigio de realidad. Simplemente, se aceptada que un límite de respeto era necesario para la mera convivencia social. Esta convención se vino abajo cuando las comunicaciones pasaron a ser virtuales y se hicieron a través de artilugios digitales. En ese momento, el último resto de urbanidad que pudiera quedar se convirtió en una papilla infecta. Digamos, en los tuits del concejal madrileño o en el muro de facebook de cierta alcaldesa norteamericana. Son barbaridades que es inimaginable que puedan decirse a la cara. Las nuevas tecnologías han echado a la calle las flatulencias que se producen en la intimidad. El vecino se asoma a la ventana, cierra los ojos y arroja el contenido del orinal mientras anuncia jubilosamente, agua va. Pero la urbanidad, ahora llamada corrección política, no ha sido abolida, así que esta nueva situación ha dado lugar a otra práctica muy fastidiosa, la del personaje que pide disculpas, que dice que no ha querido decir lo que ha dicho o que intenta explicar el contexto de su exabrupto. La urbanidad a la antigua traía la obligación de expresarse en tiempo y forma mediante un lenguaje claro, preciso y mesurado. Elaborar con estas premisas una réplica mordaz o un comentario derogatorio exige mucha inteligencia verbal. Rajoy es un maestro en este arte porque...
En el laberinto
Esta tarde participo en una charla-coloquio organizada por una asociación cultural de mi pueblo sobre el tema Europa y el euroescepticismo y desde que vengo preparando mi intervención, hace unos días, me siento como un ratón en el laberinto. ¿En qué momento la inteligencia del ratón sometido a este experimento evoluciona hasta comprender que no hay queso al término de su búsqueda y que en consecuencia resulta estéril toda su enfebrecida actividad por los pasillos de la argumentación? Mi conciencia europeísta, que yo creía acendrada, tiene dos hitos que puedo identificar en mi biografía. En una especie de revelación, comprendí que el europeísmo era un proyecto deseable y beneficioso un día cualquiera de verano de la segunda mitad de la década de los ochenta cuando en un viaje de placer a Francia atravesé la frontera por Hendaia sin necesidad de mostrar el pasaporte y unos kilómetros más adelante, en la carretera hacia San Juan de Luz, adelanté con mi renault nuevo a otro vehículo de matrícula francesa. Aquello era ser europeo: igualdad de derechos, libre circulación y competitividad dentro de una regla común. Treinta años más tarde, recibo como una afrenta la decisión de las fuerzas mayoritarias de esta provincia, dizque progresistas y a las que yo he votado, que han arriado la bandera de la unión europea de la fachada del parlamento regional. ¿Qué ha pasado en estas tres décadas bajo nuestros pies para que el europeísmo se haya quedado sin argumentos y un clamor crecientemente mayoritario apueste por el retorno al control de fronteras, los aranceles comerciales y el chovinismo nacionalista? Cierto es que las fuerzas políticas que en mi pueblo han arriado la bandera azul estrellada no son de la cuerda de Le Pen, Farage et alii, sino más bien todo lo contrario, y que su gesto de protesta antieuropeo se debe al maltrato que se ha infligido a los refugiados de las guerras de Siria. Pero, ¿ganan algo los refugiados con ese gesto o el gesto da la razón a quienes han forzado a los gobiernos a expulsarlos fuera de nuestras fronteras? Los que han arriado la bandera azul no protestan por la suerte de los refugiados sino por sí mismos: jóvenes a los que Europa y los gobiernos que la representan han negado el futuro que de alguna manera les habían prometido. Por lo demás, nadie en mi pueblo, de derecha o de izquierda, ha reparado en la ausencia de la bandera en la fachada del parlamento, y, en todo caso, les importa una higa. Ninguna protesta articulada ha surgido de los partidos europeístas, huérfanos de razones para defender su causa. Así que el ratón, exhausto, medita, y si lo que hemos llamado pomposamente...
Los lobos globales
El ex ministro y notable socialista José (o Josep) Borrell ha sido víctima de unos estafadores agazapados en internet que le han levantado ciento cincuenta mil euros. Los estafadores ofrecían plusvalías en operaciones especulativas con divisas, así que no es probable que el suceso despierte una ola de indignación y solidaridad con el estafado en las redes sociales, como mucho, algunas sonrisitas reprimidas o algún chiste de dudoso gusto. Pero pocas veces el azar de los hechos, como los dados de un cubilete, se conjura de ese modo, no solo para señalar la pérdida o la ganancia del jugador, sino como una metáfora del funcionamiento del juego. La misma fantasmagoría de empresas inexistentes y el mismo malabar de transferencias bancarias por los vericuetos financieros internacionales en línea que han desplumado al ex ministro han servido de túnel de operaciones a la tropa de corruptos que se sientan hoy en el banquillo después de una trabajosa y dilatada labor policial, al albur de que las pruebas conseguidas no sean suficientes para condenarlos. Borrell recurrió en primer término a la comisión nacional del mercado de valores, el organismo público encargado de velar por la decencia de las operaciones financieras, y fue recibido con un encogimiento de hombros y el argumento de que la comisión era incompetente ante un presunto delito que se había cometido en la nube, y debía dirigirse a la policía. Aquí tenemos, pues, a un socialdemócrata cabal y notorio, en las fauces de los lobos de la globalización, desamparado por el mismo estado que ayudó a construir y al que ha servido con lealtad y competencia acreditadas. ¿Les resulta familiar la estampa? El siguiente paso es que el ex ministro se plante con una pancarta delante de alguna sede oficial, como un preferentista cualquiera, o peor, como un populista, a riesgo de que le apliquen la ley mordaza por respirar demasiado alto. La biografía política de Borrell ilustra como un manual de uso la mezcla de corrupción e impotencia que ha convertido al pesoe en una alternativa inviable. Antes de internarse en el lado oscuro de la fuerza, fue un político de nivel intelectual y probidad ideológica irrebatibles, que en 1999 se presentó y ganó las primeras primarias celebradas en el partido para designar candidato a la presidencia del gobierno, frente al candidato oficialista del aparato, hasta que un caso de corrupción del pasado del que habían sido responsables dos altos cargos de su ministerio fue la causa para que el partido le instara a renunciar a la candidatura (igualito que doña Aguirre ahora, ya ven) y el bastón del mando volvió al candidato del aparato, que, llegado el momento, perdió las elecciones frente a la derecha. Hay...
Doce vírgenes
Sálvese quien pueda y los primeros, los de casa. Ulula la sirena y todos como rayos en busca del salvavidas al fondo del armario, los que tienen salvavidas y armario, claro está. En la aldea donde vivo, el paisanaje ha sacado en volandas a doce vírgenes en procesión en una iniciativa inédita, no se sabe si por un ataque de pánico o por devoción mariana, emociones que suelen ir juntas en tiempos de tribulación. ¿Será una réplica del tsunami Trump? Al parecer, la liturgia callejera ha estado promovida por la autoridad eclesiástica -¿quién, si no, puede mover una imagen de su hornacina?- para conmemorar el final del año de la misericordia, decretado por el papa de Roma. Ha sido un año extraordinariamente misericordioso, como sabemos, con los refugiados, los desahuciados, los desempleados y los dependientes, que han gozado de una copiosa lluvia de oro. Qué menos que celebrarlo con un correcalles de doce vírgenes que por ende desfilaban detrás del arcángel san miguel de aralar, según cuenta la crónica. Incluso santa maría la real ha sido impelida de dejar el sitial de que disfrutaba en la catedral y ha salido de paseo por primera vez en setenta años desde que los prebostes fascistas de la época la entronizaron como patrona total de este reino. Es como si el cielo se hubiera desplomado sobre nuestras cabezas en forma de muñecas ataviadas con mantos bordados, cofias de puntillas y aderezos de orfebrería y bisutería diversa. Una rogativa masiva y una juerga piadosa. El periódico decano de la provincia, muy afecto a estas movidas, ha dedicado en su edición de papel una sentida crónica a la procesión y ha publicado que participaron en ella quince mil personas, un gentío, habida cuenta el censo de población local. En la edición digital, que puede leer todo el mundo, la cifra ha quedado en varios cientos. Sean cientos o miles, la crónica trae un tufo nacionalcatólico, de desamparo, superstición y retorno a la identidad forjada en un pasado menesteroso y cruel. La anterior alcaldesa de la ciudad y más tarde presidenta de la comunidad fue ejemplar en la combinación de dinero fácil y costumbres rancias, y, a la vez que su gobierno dejaba sin fondos la caja de ahorros local, no faltaba a ninguna procesión ni homenaje litúrgico a las vírgenes que se reunieron ayer, quizás para recordar los buenos tiempos. Ya no hay dinero pero quedan las...
Independence day
El mundo occidental ha entrado en un estado febril y vive, como diría mi abuela, en un ay. Ahora California quiere independizarse de Estados Unidos. Han debido hacer números y han concluido que, por nivel de renta, producto interior bruto y demás indicadores al uso, podrán apañarse mejor solos. Después de todo, son la octava economía más grande del mundo. Es la clase de argumentación que se da en todos los países y regiones desarrolladas que están en trance secesionista. Además, los californianos deben pensar que son más guapos que los tipos de Indiana o Arkansas, lo que podemos atestiguar los espectadores de telefilmes y películas del resto del mundo. Cuando un cualquiera acaricia la idea emigrar a Estados Unidos piensa en California o en Nueva York, que bien pudiera también ser una ciudad-estado, en este retorno a la edad media al que nos lleva la era Trump. En el caso de California, la independencia sería, como poco, paradójica, pues en esta región del mundo está la matriz de la globalización, la sede de las grandes corporaciones tecnológicas cuya dinámica e implantación mundial han provocado los efectos que han nutrido la aparición de Trump y de los movimientos secesionistas, nacionalistas y xenófobos en todo occidente. El modo de producción californiano, para decirlo con un anticuado término marxista, basado en las tecnológicas, ha impulsado los grandes mercados inmanejables para los poderes públicos nacionales, ha fomentado el desempleo en los sectores industrial y de servicios por efecto de la automatización, ha destruido empresas de tipo pequeño y medio que constituían el tejido productivo de los países occidentales para sustituirlas por monstruos como amazon o facebook, y ha empujado el auge del capitalismo financiero, el dumping fiscal y la descapitalización de los estados. Y ahora, después de arrasar los sembrados de todo el mundo, ¿quieren poner aranceles en su finca? Vale que Trump es un tío feísmo, pero ¿hubiera podido llegar a donde ha llegado sin el constante apoyo de la industria del entretenimiento televisivo, que tiene su matriz en California y de la que el nuevo emperador era una estrella desde muchos años atrás? Todo indica que estamos ante un movimiento independista que no quiere la independencia sino mejorar la propia posición en las negociaciones sobre el reparto de la riqueza en el mundo fracturado y caótico que tenemos entre manos. California envía un mensaje a los innumerables fans de Star Wars, saga que empezó precisamente en su fábrica de sueños al mismo tiempo y con los mismos medios que la globalización y ha abducido a las dos o tres últimas generaciones de bípedos implumes de este planeta: ya estamos en el reverso oscuro de la fuerza. Lo asombroso es que...