El ciudadano equis regresa de la anestesia, ese beatífico estado de la nada que tanto querríamos que se pareciera a la muerte, sin truculencias ni abismos, ocasionada en este caso por una rutinaria intervención clínica, rodeado de manos eficientes y voces tranquilizadoras del personal sanitario. Las neuronas que se desperezan le llevan, quizás por el ruido mediático del momento, a pensar en Cuba, donde no ha estado nunca, el único país pobre de la tierra que dispone de servicios análogos y gratuitos a los que él está recibiendo en la agrietada Europa. El protocolo médico exige que el paciente permanezca un cierto tiempo en la sala que en el argot sanitario llaman de despertar y, en este tránsito, el pensamiento inicial del resucitado deriva hacia el recuerdo de cierta pregunta insidiosa de un diplomático español a un exiliado cubano: ¿por qué sigue habiendo tantos partidarios de Fidel? El exiliado, invitado a un programa radiofónico de vitola -en realidad un avispero de reaccionarios- no resulta tan dócil a la propaganda como se esperaba y el diálogo termina a la española y/o a la cubana, con intercambio de epítetos ad hominen entre los contertulios. Con una pinza en el dedo índice, dos tubitos insertos en las fosas nasales y diversos parches en el tórax que conectan con una titilante maquinita a la vera de la camilla, el ciudadano paciente se ofrece a sí mismo la respuesta a la pregunta del malintencionado diplomático, que éste, por lo demás, ya debe conocer porque lo hemos experimentado aquí durante la famosa transición. En un régimen dictatorial y a la vez protector, la desaparición del dictador provoca en la sociedad un sentimiento de orfandad y de incertidumbre que es la única manifestación visible en los primeros días y durante meses. Si el país entra en un proceso de democracia parlamentaria con pluralidad de partidos esta unanimidad se resquebrajará y se podrá ver la división de la sociedad de acuerdo con las necesidades e intereses de cada clase y ya veremos entonces cuántos cubanos quieren renunciar a la educación y a la sanidad gratuitas a cambio de un empleo de crupier, que parece ser el colmo de la aspiración laboral en estos tiempos trumpistas, no sólo en Cuba, donde hay una tradición prerrevolucionaria de casinos de juego que abolió el castrismo, sino también en España, donde las mayores inversiones parecen proceder en exclusiva de empresarios del ocio. El exiliado cubano se encendió ante la provocación del diplomático y perdió una ocasión de oro para responder a su mala fe. Bueno, esto ya está, comenta el enfermero mientras desconecta al paciente de los chismes a los que ha permanecido uncido mientras peroraba consigo mismo, hoy no trabaje...
Comunicación
Píldoras verbales, perdigonadas semánticas, titulares, tuits, consignas, ocurrencias de argumentario, mensajes de no más de veinte palabras, o mejor aún, de ciento cuarenta caracteress, constituyen el nutriente de la información que nos envuelve, el andamiaje de la opinión con la que operamos. Copio un par de titulares de prensa congelados en una libreta de notas: Hemos de celebrar que sigue habiendo locos, o este otro, El independentismo catalán nos enseña a crear una utopía disponible. Sartas de palabras que, más allá de su corrección sintáctica, no significan nada, utilizadas al buen tuntún para provocar cierto impacto emocional en gentes que se crean locas, independentistas, catalanes y utopistas, por este orden, y sin embargo pretendían atraernos a un relato coherente y articulado. Estamos en el grado cero del discurso, en el que las palabras flotan inermes y casi nadie penetra en la fronda de la cuestión después de haber sido picado por el titular o el tuit. Durante todo el siglo pasado estuvo vigente el clásico paradigma de la comunicación: emisor – canal – receptor, al que los estudiantes con ganas de sacar nota añadían al comienzo de la cadena la fuente y al final, la respuesta (más finamente, feed back). En este esquema, la atención se dirigía al emisor y al canal porque se consideraba que la comunicación era vertical, una arquitectura de dominación en la que el mando lo ostentaba el que producía el mensaje y lo más importante para sus intereses no era el contenido, porque decía lo que le daba la gana, sino la potencia de los medios que empleaba para difundirlo (el canal) porque la penetración del mensaje era la medida de la eficacia de la comunicación. Tardamos en entender que el receptor, considerado el factor pasivo del proceso, tenía estrategias propias y activas, derivadas de sus intransferibles intereses y de su situación lingüística, cultural o social, que redimensionaban el mensaje, lo ampliaban o lo ignoraban según reglas a menudo inextricables. ¿Qué hace que una noticia cree opinión y qué opinión crea?, ¿por qué funciona determinado eslogan publicitario y no otro? Eran preguntas típicas de antaño, cuando el receptor era una masa potencial y de matices costosamente discernibles. Ahora, el mando (a distancia, nunca mejor dicho) de la comunicación lo tienen los receptores. El dispositivo móvil no solo atomiza la audiencia de los mensajes sino que convierte a cada receptor en emisor y dueño de un canal susceptible de multiplicarse infinitamente. Es un artefacto tan complejo y poderoso que a menudo solo sirve para que el usuario se comunique consigo mismo. Con un móvil en la mano, cualquier individuo se convierte en una pequeña potencia mediática autosuficiente. En términos militares es una mina unipersonal frente...
El fin de Europa
Ponencia de la charla-coloquio que bajo el título ‘Europa y el euroescepticismo’ se celebró en la Escuela Social de Barañáin.
Mendicidad patriótica
Un mendigo aborda al viandante y, ante el instintivo gesto de retracción de éste, extiende el brazo con la palma abierta de frente, en señal de paz y concordia, y se presenta: no soy de los malos. El viandante se detiene y escruta con previsible desconfianza a su interlocutor. Un hombre bajo, de barba escasa y cana, rostro quemado por el sol, ataviado con todos aditamentos de un vagabundo: gorro de lana y anorak astrosos, mochila a la espalda y gran bolsa de plástico en la mano que promete un surtido de objetos de cuya utilidad solo el propietario entiende. Aún no ha terminado el viandante su cautelosa inspección y el mendigo ya ha iniciado su perorata. Es un peregrino a Santiago que no ha podido alojarse en el albergue porque estaba lleno de esa gente, polacos y rumanos, ya sabe, pero yo soy de aquí y ya me han reservado cama para dentro de dos días, y arreglaré el jardín, porque soy jardinero y les he prometido que lo arreglaré pero ahora necesito algo para un café. El viandante, más fascinado que conmovido, le da dos euros que el mendigo agradece antes de despedirse. Todo en la historia de este hombre era falso excepto su necesidad y el odio a los extranjeros –los malos– que compiten con él en el angosto mercado de la limosna. El viandante está perplejo al comprobar la ubicuidad del fino polvo de la xenofobia porque también él ha cedido al discurso del mendigo y le ha alargado una limosna que niega a otros que pueblan las esquinas de su barrio, en efecto, mujeres rumanas, inmigrantes subsaharianos, algún alcohólico ruso que vegeta en los bancos de la plaza bajo su casa. El viandante es un izquierdista pasado de moda, que detesta la mendicidad porque degrada la condición humana y cree, o creía, que las necesidades básicas universales deben ser atendidas por el estado porque para eso él y la sociedad entera pagan impuestos. Pero ahora está jubilado, su pensión está amenazada por el expolio de la caja a manos de la codicia de los bancos y de los fondos de inversión, y los vecinos que trabajan, cuando tienen empleo, lo hacen por sueldos de miseria, así que nadie quiere pagar impuestos, el estado se queda sin recursos y en consecuencia los sintecho son arrojados a la calle y el viejo izquierdista tiene que encontrar un soporte moral para resolver el dilema entre su anticuada conciencia de lo que debe ser la justicia social y la realidad que tiene ante los ojos. En esa tesitura, le asaltan los clichés difundidos por los voceros del sistema, ya saben, que si las mafias que controlan a esta...
Hombres que hablan de mujeres
En pocos días, un par de intervenciones de sendos políticos varones sobre las mujeres han alborotado el ágora, no sin razón. El primero fue el alcalde de Alcorcón, que se desató en cierto acto de apariencia educativa con una sarta de flatulencias contra las feministas y, ya puesto, contra todas las mujeres. Este tipo da la imagen de un extremista de manual, pendenciero y sobradamente indocumentado por el que nadie blandirá el código penal para llevarlo a los tribunales por apología del terrorismo en una sociedad en el que una mujer es asesinada cada semana por móviles machistas y la violencia de género ocupa las portadas de los medios a diario. Ha insultado a más de la mitad de la población de su municipio y del país, porque habremos de convenir que muchos hombres también nos hemos sentido insultados, pero ya ha obtenido el perdón de su partido, en el que personajes de este cariz ideológico campan con comodidad, después de una reprensión y la consabida petición de disculpas. En último extremo, los exabruptos del edil de Alcorcón se acomodan al trumpismo galopante que parece ser el signo del nuevo tiempo. La otra incursión ha sido del líder podemita. Nada tiene que ver con la anterior excepto en que ambos se han apresurado a justificar la reacción a sus declaraciones con la inevitable argumentación de que habían sido sacadas de contexto. Iglesias ha utilizado una demanda clásica del feminismo –la paridad en los órganos de dirección políticos y económicos- para enmendarla en dirección a lo que llama la feminización de la política, en el sentido de que esta sirva para cuidar y proteger a los individuos en el seno de su comunidad. La intervención de Iglesias tiene un carácter didáctico y propositivo pero no puede ocultar lo que ha dicho y los ejemplos que ha empleado para desarrollar su tesis no ayudan a disipar la impresión de que la reivindicación de igualdad de mujeres y hombres, en tanto que individuos libres y autónomos, no forma parte de las prioridades de su discurso. Lo que cuenta, según su lógica, es la creación de una comunidad popular, consciente y organizada, anclada en sus trincheras y enfrentada al poder político constituido cuyo órgano representativo (y prescindible, al parecer) es el parlamento, en el que él mismo se sienta, junto a otros sesenta y ocho diputados electos del su partido. Resulta desconcertante la cercanía de los discursos del alcalde de Alcorcón y del líder podemita, no en la retórica, desde luego, ni en los objetivos, sino en lo que parece un retorno a una sociedad prepolítica. Para el alcalde trumpista, una sociedad patriarcal en la que las mujeres sean privadas de sus derechos...