(Cuento de tierras remotas)

Paisaje después del naufragio. Dos de las víctimas han alcanzado tierra seca (firme sería exagerado decirlo) y hacen jubilosos aspavientos junto al cacique de la isla, que les esperaba en la playa abanicándose parsimoniosamente con una penca de palmera. La tercera víctima aún permanece en alta mar, abrazada a un leño, al albur del oleaje provocado en gran parte por la descontrolada agitación de su propio braceo sin coordinación ni propósito. En la errabunda patera que es la política española fue manifiesta desde el primer momento la voluntad de los que ocupaban las cubiertas superiores de arrojar por la borda a los últimos advenedizos y a fe que lo han conseguido. Así lo explica hoy en el diario de referencia uno de los responsables del naufragio. Lo importante era pisar tierra seca, no salvar al pasaje. El cacique de la isla, que en algún momento se sintió amenazado por la turba que se acercaba a su predio con ademanes corsarios, ha terminado por aceptar la situación sobrevenida y ha invitado a su mesa a las dos víctimas salvadas, singularmente a la más fuerte de las dos, con la que espera compartir el menú. Habrá alguna dificultad, aunque el cacique confía en que sea solo aparente, porque este sobreviviente del naufragio, descabezado, torpón, desorientado, exangüe, aún insiste en que podrá sobrevivir de las frutas de los árboles y del cuento del no es no, mientras sus capitostes se relamen ante la idea de una buena comida caliente sobre mantel de lino y con cubiertos del plata, porque en la devastada isla no hay de casi nada pero mantelería y cubertería finas provenientes de tiempos mejores hay de sobra, hasta el punto de que están siendo juzgados algunos de los que se las llevaron en la faltriquera durante los festines del pasado, y si el cacique asistió entonces con benevolencia a estos desmanes, por qué no habría de consentir en participar de sus prebendas con los supervivientes a condición de que le reconozcan su rango. La alternativa para ellos sería peor: volver a donde vinieron y donde les esperan los tiburones de la realidad. Entretanto, a muchas millas de la playa sobre la mar océano, los impotentes siguen aferrados a una madera a la que, en el delirio que provoca la sed, han atribuido poderes oraculares. Cuando el líder del grupo compareció abrazado a un leño, que evocaba cierta serie televisiva tan apreciada por algunos públicos como tediosa para otros, lo hizo con un propósito a medio camino entre el cuento de navidad, que siempre termina bien, y la magia aplicada a la imaginación audiovisual de sus seguidores. Pero no pareció comprender que la metáfora del tronco no era una referencia a otra metáfora –un significante vacío, para decirlo hermosamente- sino un signo de mal agüero: la seña de identidad del náufrago. Un elemento de esta historia, del que todavía no nos hemos ocupado, impregna de incertidumbre el final del relato: la isla es de origen volcánico y si se aplica la oreja al suelo, no al tronco de los árboles, puede sentirse el rumor del fuego que habita en el subsuelo.