En una entrevista al escritor británico Kazuo Ishiguro a propósito de su última novela recién publicada en español (El gigante enterrado, Ed. Anagrama) atrapo una reflexión intrigante sobre la construcción de la memoria colectiva de las sociedades, que, en su opinión, se realiza por diversos caminos, uno de los cuales es el de borrón y cuenta nueva. Ishiguro lo ilustra con el ejemplo de la Francia de postguerra, incapaz de mirar a su inmediato pasado de país colaboracionista con el ocupante nazi, una realidad que apenas ocultaba el mito oficial de la resistencia instaurado por De Gaulle después de la liberación. Esta insalvable dificultad para enfrentarse a la verdad histórica se resuelve con un salto adelante, que es lo que representan los movimientos de la nouveau roman en literatura y la nouvelle vague en cine. La generación a la que pertenezco accedió a la cultura a través de los libros y películas de aquellos movimientos que eclosionaron en todos los países europeos a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta con el marbete de nuevo y con un rasgo común: hablaban de la gente, de la calle, de lo vulgar y transitivo, de la mínima aventura de cada día, de lo social, en resumen, y lo hacían en términos directos, irónicos y generalmente más livianos que trágicos, teñidos por lo que podríamos llamar un cierto optimismo progresista. En España, el nuevo cine y la nueva literatura tuvieron, por mor de las circunstancias, un tenue halo antifranquista, pero ni los temas, ni los argumentos de estas producciones permiten deducir ninguna intención directamente política, como puede comprobar quien las examine ahora. Tampoco en otros países –Francia, Inglaterra, Alemania; quizás con la excepción de la vigorosa cultura italiana de la época- las creaciones tuvieron un cariz político, ni dirigían su mirada hacia la reciente historia. Puede decirse que, el nuevo cine y la nueva literatura de la época tuvieron la intención y la virtud de absolver a Europa de sí misma. Las condiciones materiales de la pax americana bajo la sombrilla nuclear y el pleno empleo inducido por la reconstrucción de países devastados por la guerra favorecieron que nadie tuviera la tentación de la mujer de Lot. ¿Vivíamos en el limbo? A juzgar por lo que sabemos ahora, podemos decir que sí. Las circunstancias han variado por completo. El escudo americano se retira de Europa y el pleno empleo es una ensoñación imposible. Vuelve, pues, la urgencia de la historia y el afán de conocerla para saber qué fuimos y qué nos espera. Vuelven las identidades nacionales, el fantasma que aquellos nuevos libros y películas de Truffaut, Wenders, Sillitoe, Regueiro y compañía intentaron exorcizar haciéndonos ver que compartíamos un mismo espacio, un mismo tiempo, una misma condición social y una similar experiencia existencial. Nada de esto parece que vaya a repetirse.
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