En los últimos días del año pasado, después de la pascua de navidad, Rasputín resucitó entre mis papeles. No sé cómo, apareció al alcance de la mano la biografía de Colin Wilson (El mago de Siberia, Ed. Planeta, 1990) que había olvidado que tuviera en casa y que debía estar en algún anaquel remoto de la biblioteca. Al poco, una noticia de prensa me dio la razón de esta aparición que, al principio, me pareció casual, además de inopinada. Rasputín murió asesinado en San Petersburgo el 30 de diciembre y su cadáver, envenenado, apuñalado y tiroteado, fue rescatado del río Neva el primero de enero de hace ahora un siglo. El paratexto de la portada del libro de Wilson se autopublicita así: “La verdad sobre Rasputín, el monje loco a quien se considera el gran responsable de la revolución rusa”. Otra efeméride que se recordará este año. La casualidad, quiero pensar que fue la casualidad, quiso que en la primavera pasada visitara el palacio Yusupov de San Petersburgo donde fue asesinado el santón siberiano. La visita del impresionante palacio empieza por las estancias del semisótano donde tuvo lugar el atentado y donde los promotores turísticos del lugar han montado una recreación de la escena con figuras de cera que representan al monje y a sus victimarios (la foto que acompaña al texto corresponde a este lugar). Todo era bastante truculento, como debió ser en realidad, pero nuestra guía, Lena Filipovna, ferviente partidaria de Putin y cristiana ortodoxa practicante, tenía una explicación del suceso clara como un manantial. Los que asesinaron al monje fueron los enemigos de Rusia, ayudados por agentes ingleses, para acabar con la monarquía y sumir a la patria en el caos, como así ocurrió. Las orgías y desvaríos atribuidos al personaje no era más que una leyenda negra urdida por sus enemigos para desacreditar al zar y a su familia. El grupo de turistas españoles estaba formado por sesentayochistas jubilados que asistíamos a la explicación de la guía con perplejidad y desconfianza. Rasputin fue un monje perspicaz, sentenció la amable Lena Filipovna, que se expresaba en un castellano impecable y que con perspicaz quiso decir sin duda que tenía un don profético, lo que también puede leerse en el libro de Wilson, un autor propenso a las fantasías esotéricas. La presencia del fantasma de Rasputín en mi mesa ha venido a coincidir, espero que también se trate de una casualidad, con la psicofonía de los hackers que han maniobrado para que Trump ganara las elecciones presidenciales y el electo viera en Putin su reflejo al otro lado del oceáno. Así que volvemos al tiempo de Rasputín, siquiera sea como parodia. El régimen de Putin remeda el imperio de los zares y la presidencia de Trump recuerda al far west. Hace tiempo que la historia se detuvo, como predijo aquel Fukuyama, otro perspicaz, y ahora parece que empieza a dar marcha atrás. No es extraño, pues, que el ectoplasma del monje siberiano se abra paso en esta circunstancia y, de momento, haya ocupado una esquina de mi mesa de trabajo.
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