Ciertos términos se pegan al habla como una caca de perro a la suela del zapato y no hay manera de librarse de ellos sin rascar la suela porque, interrogados sobre qué hacen ahí, quizás signifiquen algo para el chucho que los ha depuesto pero desde luego no para quien se los lleva a casa. Uno de estos términos, quizás el más frecuente, es, las clases medias, dicho así, en plural, que suena más esponjoso y omnicomprensivo. Mi amigo Quirón sentenció en cierta ocasión ya lejana que vivimos en una sociedad en que la gente se cree de clase media porque compra una sudadera en Decathlon. La última vez que visité un establecimiento de esta marca parecía un fosco almacén de saldos de ropa deportiva recorrido por vapuleados de la crisis. Así que es probable que Quirón tuviese razón y la clase media sea un anhelo más que una realidad sociológica. La frecuencia con que es invocada por el gobierno y sus aliados abona la idea de que se trata de una entidad zombi, un muerto viviente. El declive manifiesto del comercio urbano con una acelerada mortandad de establecimientos que no siempre son sustituidos por otros, también de corta vida, señala en la misma dirección. La clase media es el estrato sobre el que descansa la codicia de los ricos y al que se dirigen las aspiraciones de los pobres. Para las grandes corporaciones que rigen la economía es la única mina que da beneficios porque es el único segmento social que conserva capacidad y ganas de consumo. Para el estado, es la principal fuente de ingresos fiscales porque sus rentas aportan el noventa por ciento de la recaudación por impuestos. La estrategia comercial de las corporaciones y la política fiscal del estado coinciden en un delicado equilibrio de precios y gravámenes para mantener vivo, siquiera sea con respiración asistida, el fantasma de la clase media, toda vez que está fuera de cuestión la expectativa de robustecerla o acrecerla mediante la creación de empleo de calidad, la subida de salarios o la mejora de los servicios públicos. Según las mediciones estándar, a la clase media pertenecen el ejecutivo de una gran empresa y el trabajador cualificado que opera en la cadena de montaje. Ninguno de los dos es capitalista ni pobre, ambos viven de un salario y ambos pagan impuestos, llevan a sus hijos al colegio y aspiran a una pensión razonable. Hasta aquí, las similitudes. La diferencia radica en que al ejecutivo le pagan para aumentar los beneficios de la empresa, lo que costará el empleo al trabajador cualificado. El primero es recompensado con un sobresueldo u otra gabela por el trabajo realizado y el segundo es castigado...
El vacío
El arte abstracto se detuvo al borde mismo del abismo. Colores emancipados de las formas; estructuras liberadas de la representación; líneas y trazos de apariencia arbitraria que no responden a ninguna figuración. Obras que recrean la admiración prístina del ser humano por el lenguaje de la naturaleza en el inicio de la formación de la conciencia. La belleza desafiante del paisaje ante a los ojos: la puesta de sol, el vacío de la caverna, el temblor del bosque, y, un poco más allá, la propia confusión del testigo. Y quizás es la confusión del artista el último rasgo que parece quedar en el arte abstracto de mediados del siglo pasado cuando lo miramos con los ojos de principios de este siglo. Un arte que huyó de la complejidad de la sociedad industrial y medró en sistemas políticos interesados en ocultarla. Ahora, esa complejidad humana oculta ha vuelto a ocupar el escenario con inesperada fuerza y el arte abstracto se nos presenta desleído, insignificante. Esta deriva es especialmente dura para los discípulos, que no encuentran manera de liberarse del magnetismo de los maestros y pisar su propio suelo. Los grandes abstractos están en la peana de los museos, anclados en su circunstancia histórica, pero sus epígonos trabajan en el vacío de la herencia recibida. Mi país dio dos gigantes de la escultura abstracta, Eduardo Chillida y Jorge Oteiza, que en vida incluso se dejaron arrastrar a ese pasatiempo vasco por las apuestas sobre quién era mejor. Hoy, el museo del primero está cerrado en Hernani y el del segundo está vacío de visitantes en Altzuza, pero parques, rotondas y exposiciones municipales están pobladas de la obra de sus epígonos: vigas retorcidas, árboles de hierro, esferas y cajas abiertas, arpilleras manchadas de almagre, si pensamos en otro grande, Antoni Tapiès, ofrecen un lenguaje a la vez anticuado, repetitivo e ininteligible, en el que la mirada rebota contrariada. El arte abstracto fue una invitación a olvidarnos del arte o, lo que acaso sea peor, a verlo a nuestro alrededor en cualquier circunstancia. Los artistas más avispados han captado el mensaje y una escoba en un rincón del museo puede cotizarse en una exclusiva subasta si hay un merchante que se lo propone y un ricacho que se lo cree. Confieso haber sido un adicto al arte abstracto en mis años de aprendizaje, una adicción que ahora me parece un déficit de...
Divagaciones en el puente
Semana esmaltada de días de holganza. Puente largo de diciembre, idolatría del cemento y del ladrillo, que une dos orillas festivas, dos nadas simétricas, como el aeropuerto del abuelo Fabra que trae de ninguna parte y a ninguna parte lleva. Pórtico de las fiestas navideñas. Si no me equivoco, otra promesa incumplida de Rajoy, quien afirmó que iba a racionalizar el calendario laboral. Con lógica ratonera característica, habrá pensado que ni a los jubilados ni a los parados, acaso los dos colectivos más numerosos del país, les urge esa racionalización por razones obvias. Puente de diciembre, pues. Ocasión para subir el precio de la gasolina y anunciar la subida, diferida, del salario mínimo. Penitencia y esperanza porque estamos en adviento, o cerca. Lo que singulariza esta semana es que sus fiestas intermedias –la constitución y la inmaculada, mirándose ceñudamente cara a cara a través de la jornada laboral interpuesta- representan el destartale de la conciencia cívica del país. El día de la constitución es una fiesta que nadie celebra, excepto los políticos que quieren salir en la foto del acto oficial, que no son todos, y ni siquiera coincide con la fiesta nacional, que es el doce de octubre y tampoco gusta a la mitad del paisanaje, y la festividad de la inmaculada concepción de maría, el último y más absurdo mito incorporado al dogma católico, precisamente para frenar el impulso de la modernidad, es fruto de la terquedad de la iglesia y del apocamiento civil y democrático ante su poder. Para el pueblo llano, todo lo que ofrecen estos días es gratis para el estado: carretera y buen viaje, y que trabajen los panaderos y la guardia civil de tráfico. País pintoresco en el que es más fácil saquear las cuentas públicas y podar la educación y la sanidad que mover un santo de su peana. Un país hecho por agregación, de naciones, de taifas, de santos y vírgenes y de fiestas. Una romería perpetua, ya sea a la ermita del patrón o al apartamento de la playa. Caray, releo lo escrito y parezco un discípulo regeneracionista de Joaquín Costa, un personaje fantasmagórico por las muchas veces que se le invoca y lo exótico que resulta. Tal vez Rajoy fue o quiso ser regeneracionista –alguna motivación le arrastraría a la política, aparte de los evidentes placeres que le depara-, antes de que la realidad le llevase a orillar las reformas del país para concentrarse en satisfacer a sus acreedores. En mi pueblo hace hoy una hermosa mañana otoñal, qué carajo, demasiado hermosa para dedicarla a cábalas que no llevan a ninguna parte que no sea otra jornada...
La famosa escena
Pertenezco a la generación que cruzó los Pirineos para ver El último tango en París. Una cuadrilla de letraheridos y aspirantes a artistas del aire nos veíamos a la busca de cultura y libertad pero en realidad era sexo lo que perseguíamos, aunque, ¿qué cultura libre puede considerarse completa sin sexo? Asistimos a la proyección en un cine de Biarritz y puedo recordar el desconcierto que me produjo. La violencia sexual aparecía envuelta en una coreografía que más tarde supimos que es la marca de la puesta en escena de las películas de este director. De la famosa escena me quedó grabado, quizás por lo que tenía de gimnástico, el pie del violador, calzado con elegantes botines, que empujaba con el empeine la pastilla de mantequilla para ponerla al alcance de la mano. Luego, he revistado en dos o tres ocasiones la película, cuando se estrenó en los cines españoles y más tarde en la televisión, y definitivamente deja la sensación de una liturgia sombría y desapacible, pero liturgia al fin, a la que el tiempo ha desvaído. El hilo argumental es bronco: un hombre maduro, poderoso y egotista, en una circunstancia de crisis personal, acosa a una joven desnortada y soñadora, la viola, y le exige luego una lealtad amorosa que la muchacha no quiere darle, y, en la última escena, mata a su depredador para librarse del acoso al que la sometía. Una historia de página de sucesos en el que la carga semántica de los roles está sutilmente manipulada. La muchacha representa a la clase burguesa y es un personaje vacío, contradictorio e íntimamente conservador; el tipo que la acosa es un epígono de los americanos en París –Henry Miller y todos esos-, que viene a representar el desarraigo, el instinto vital y, de alguna manera, la libertad. La balanza moral de la historia se inclina hacia el acosador. En primer término, por razones de diseño de la producción, el desgalichado personaje de la muchacha no puede competir a los ojos del espectador con la hermosa y colosal figura de su antagonista, impecablemente ataviado y siempre al borde de la sobreactuación. Asistimos a la dialéctica entre ambos como se asiste en un documental de naturaleza al juego de un leopardo con una cría de gacela; nuestra admiración instintiva se dirige al leopardo mientras dedicamos el rabillo del ojo a no perder de vista las evoluciones de la aterrorizada presa, y al final, la muerte del depredador –en realidad un acto de mera legítima defensa de la muchacha- se contempla como una trágica injusticia. Ahora sabemos que la turbiedad de la película estaba en los sentimientos del espectador. Maria Schneider fue una actriz en agraz, desdichada en...
Tendencias
España está de moda en política. Su arquitectura institucional y el comportamiento de los partidos que la administran marcan tendencia en la Europa mediterránea. Otro día hablaremos del socialismo francés, que parece seguir la senda del pesoe. Pero hoy toca Italia, cuyo primer ministro, Renzi, intentará mañana validar mediante referéndum una reforma constitucional que persigue lo mismo que ya tiene Rajoy aquí, un gobierno fuerte, que no necesite a la oposición ni para bien ni para mal y pueda moldear a su gusto otros poderes del estado, como el tribunal constitucional, sin menguar un ápice el enjambre de cargos y carguetes públicos a dedo que constituyen la viga maestra del régimen clientelar sin el que la política es inimaginable a orillas del cálido mar Mediterráneo. El sistema constitucional italiano data de 1948 y, como nos ha recordado en innumerables ocasiones Enric Juliana, fue diseñado para evitar el retorno de cualquier nueva tentación mussoliniana, así que es densamente parlamentario. Dos cámaras legislativas fuertes y gobiernos débiles, que cambian sin necesidad de apelar a nuevas elecciones. Un gobierno tras otro, coaliciones diversas y oportunistas, hasta que el mecano funciona. El resultado es mareante para quienes, fuera de Italia, no lo han experimentado, pero ha dado estabilidad y ha servido al país durante setenta años, y comparado con otros países, por ejemplo el nuestro, no puede decirse que haya dado malos resultados. Renzi quiere mutar esta estructura a favor de un gobierno fuerte, mediante la conversión del senado en un consejo sin competencias legislativas, abierto a cargos regionales -diputados de las regiones y alcaldes, es decir, consolidación de las redes clientelares- y una ley electoral que prime a la minoría mayoritaria para hacerla mayoría de gobierno. Es el viejo sueño de Rajoy de que el partido ganador gobierne aunque sea minoritario y tenga enfrente a la mayoría absoluta de los electores, y que Rajoy no ha podido llevar a la ley electoral pero sí a la práctica, merced a la colaboración de los socialistas. La crisis global que nos envuelve achica el espacio de maniobra de los estados nacionales y la tendencia de los partidos que han venido gobernando, y que aún son representativos del sistema, es arrojar por la borda la alternancia derecha-izquierda y demás florituras típicas del sistema parlamentario de antaño, y fuera populistas, a favor de un conglomerado de intereses bajo un ejecutivo fuerte, dicen que para mejorar la eficacia de la acción de gobierno. Eficacia, ¿para qué y hacia dónde? Ah, las preguntas de una en una. El riesgo de Renzi radica en que se ha visto obligado a llevar la reforma constitucional a refrendo de la ciudadanía y es sabido que, en estos tiempos, estos artilugios los...