El imperio de la ley

Posted by on Feb 17, 2017 in Miradas |

Hoy es un día grande porque una vez más nos ha sido revelado que vivimos bajo el imperio de la ley y que la justicia es igual para todos. Así lo ha dicho sin pestañear el ministro portavoz y, ¿qué razón habría para no creerle? Cárcel, multas, absoluciones, en dosis más o menos homeopáticas, espolvoreadas sobre un grupo humano que no tiene más en común que haber pertenecido durante un tiempo histórico de vino y rosas a la elite extractiva del país. En el guirigay de comentarios con que ha sido recibida la plural sentencia, se produce un diálogo entre dos ex altos cargos del partido gubernamental, ambos en activo en la época de los hechos juzgados. Uno es ahora comentarista de televisión; la otra, una de los acusados en el caso, que ha resultado absuelta. El primero felicita a la segunda por su suerte. El periodista que dirige el programa pregunta a la absuelta cómo fue posible que se cometiera el acto por el que ha sido juzgada. Esta persona dirigía una oficina pública para la promoción de Madrid como sede olímpica, la cual entregó una importante suma de dinero a los dos principales acusados del caso, que han resultado condenados. La ex alto cargo explica que la entrega del dinero fue acordada por la oficina para destinarlo a una fundación de la que era titular una persona considerada una autoridad deportiva con gran influencia en los organismos olímpicos. A tenor del relato y a falta de mayores detalles que sin duda habrá tenido en cuenta el tribunal para absolverla, se deduce: a) la entrega del dinero público no fue resuelta después del correspondiente procedimiento administrativo como contraprestación de un bien o de un servicio medible y cuantificable sino acordada en la oficina no se sabe por quién en nombre de no se sabe qué; b) el objeto de la fundación a la que se entregaba el dinero era desconocido para la oficina donante (de hecho era el bolsillo de los demandantes del dinero), y c) la autoridad deportiva beneficiaria de la entrega era un jugador de balonmano devenido yerno del rey. La acusada absuelta recibe el consuelo de su correligionario y amigo: hiciste lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en tu lugar.  Así pues, si ha resultado absuelta, ¿qué impide que vuelva a hacerlo o que lo haga su comprensivo amigo? ¿Qué puede la justicia contra el mamoneo? ¿En que artículo del código penal está tipificada esta figura como lo está el genocidio, el narcotráfico o la piratería? La retahíla de delitos de naturaleza distinta que constituyen la corrupción –cohecho, prevaricación, delito contra la hacienda, etcétera- y sobre los que las magistradas del tribunal han aplicado...

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Piedra de toque

Posted by on Feb 16, 2017 in Miradas |

El alboroto que parece haberse apoderado de mundo, incluido el corral en el que vivimos, nos hace olvidar que, si ha de ocurrir algo verdaderamente grave, empezará con toda probabilidad en ese pedregal de conflictos que es Oriente Medio, donde hay un rearme creciente de fuerzas encontradas e irreconciliables. Netanyahu acude a Trump para que se ponga a su lado o, al menos, no estorbe en el proyecto sionista de anexionar Cisjordania. Diríase que el gobierno israelí ha conseguido su propósito, al menos como perspectiva. Después de la brevísima contrariedad que supuso para los sionistas la resolución de naciones unidas aprobada el pasado diciembre, en la que el amigo americano condenó  la expansión de los asentamientos de los territorios ocupados, la llegada de Trump ha dado un giro inquietante a la cuestión. El sionismo es una forma típica de nacionalismo europeo que considera a los judíos como un grupo nacional y no un grupo religioso. Otros nacionalismos de análoga estirpe se basaron en el factor étnico o lingüístico y todos surgieron a finales del siglo XIX. El antisemitismo y el Holocausto dieron a los sionistas una justificación histórica para la creación del estado de Israel. Una solución cómoda para los antisemitas europeos, que se libraban así de los judíos que Hitler había dejado con vida y del desapacible recuerdo que encarnaban, y para los propios judíos perseguidos que encontraban un hogar nacional lejos de la horrenda Europa de donde eran oriundos y donde habían vivido dos mil años. La operación se justificó con un lema falso: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. El obstáculo para que este falso eslogan político se hiciera realidad eran los palestinos. La cuestión sigue vigente setenta años después. El sionismo se opone a un estado palestino porque sería un desmentido a la falacia en que se sustenta su propio estado, la cual implica que cualquier persona de cualquier parte del mundo que sea de religión judía o esté asimilado o cooptado a la definición jurídica de judío según la ley israelí tiene un derecho sobre Palestina que no tienen los propios palestinos, del mismo modo que un español del siglo XVI o un inglés del siglo XIX tenían derechos sobre territorios a miles de kilómetros del lugar donde habían nacido porque sus ejércitos habían plantado en ellos la bandera, no importa quién viviera o no en aquellas tierras. La situación era un hecho de fuerza pero la justificación era ideológica: en el caso español, la fe católica; en el caso inglés, la civilización y el libre comercio. Este cuadro tiene un nombre en la historia de las ideas políticas: colonialismo. Pero el colonialismo es por necesidad expansivo. Para justificarse a sí...

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La montaña mágica

Posted by on Feb 15, 2017 in Historias |

Introducción a la novela de Thomas Mann. Ponencia expuesta en el ciclo “Los ochomiles de la literatura” del club de lectura de la Biblioteca General de Navarra.

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Yo, robot

Posted by on Feb 15, 2017 in Miradas |

Escribo estas líneas bajo el aplastante síndrome de una conversación con un robot de movistar de amable voz femenina que me ha tenido interminables minutos pegado al teléfono a propósito de cierta pejiguera de la conexión del ordenador. Pulse uno, pulse tres, diga cual es su reclamación, no le entendemos, repita, si es tal pulse uno, si es cual pulse dos, la operación está en marcha, no se retire, la operación sigue en marcha, no se retire. Al final, el robot ha dado paso a una voz emitida por lo que parecía un fonador de carne y hueso que se ha presentado como Pascual, lo que ha devuelto sosiego a mi ánimo y eficacia en la interlocución para resolver el problema, que, en gran parte, se ha conseguido porque Pascual al otro lado del teléfono ha usurpado mi identidad como usuario. Imagino que durante esos segundos que ha durado la manipulación del sistema, he dejado de existir para el robot técnico pero no para su gemelo contable, que tiene registrada mi cuenta bancaria y habrá tomado nota del coste de la operación con el cargo consiguiente. Por último, el insaciable robot de relaciones públicas aún me ha pedido mi opinión sobre la calidad del servicio que siempre califico de buena o muy buena porque un robot carece de valores morales pero no de memoria y ¿qué ganaría yo mostrándome descontento? Es una pregunta típica de un personaje de Kafka. Quienes hemos nacido y nos hemos criado en una dictadura militar, en un colegio de curas, en una ciudad pequeña y en una sociedad cerrada, instituciones superpuestas una sobre otra que gravitaban sobre nuestros frágiles hombros, tenemos en muy baja estima ciertos valores que encampanan a nuestros liberales –identidad, individualidad, privacidad-, los cuales siempre hemos compartido de grado o por la fuerza como parte del botín común con parientes, maestros y policías. Así que no impresionan demasiado las peroratas de moda sobre la exponencial capacidad de vigilancia a la que estamos expuestos; peroratas que, por cierto, nos llegan por los mismos canales tecnológicos que la vigilancia que denuncian. Uno de estos profetas digitales que me llega por guasá compara la capacidad de vigilancia de la stasi alemana, paradigma histórico del estado policial, con la que actualmente tiene la agencia norteamericana de seguridad nacional y otros megaorganismos análogos. La comparación suena a chiste, claro. La vigilancia de la stasi podía privar al vigilado de su empleo, de la vivienda, del permiso de residencia y eventualmente llevarlo a la cárcel. Nada de esto está ahora en riesgo. Los post modernos robots no nos privan de nada, al contrario, sino que nos sustituyen.  Hemos dejado de ser una plusvalía, que era el mundillo...

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San Valentín

Posted by on Feb 14, 2017 in Miradas |

La voz del amigo a través del teléfono delata el júbilo por el resultado de la pequeña intervención clínica que ha sufrido para recomponer cierta avería del esqueleto. Este me vino a recoger con muletas, pero yo le dije, qué muletas ni nada. Es media mañana. Ahora mismo iba a hacer las camas, aclara mientras hablamos de salud y libros. El intercambio de comentarios tópicos lo interrumpe con una afirmación que pone orden en el universo: Hoy es sanvalentín y le he comprado una orquídea al gato. ¿Y sabes por qué me acuerdo? El catorce de febrero de hace cuarenta y ocho años estaba detenido en la comisaría de Bilbao en manos de Amedo, que me decía, canta de una vez, chaval, que hoy es sanvalentín y tengo que ir a misa con mi novia. A ver, ¿dónde estabas los días tal y tal y tal que no fuiste a la facultad? El joven detenido que estorbaba los planes erótico-religiosos del poli esgrimió una coartada que desbarató la acusación. No se sabe si el amedo llegó a la misa con su amada, pero el detenido salió vivo del trance. Sanvalentín celebra el futuro, un futuro dulzón que oculta la hipoteca y otras pejigueras románticas, y ni en la más delirante tormenta de ideas de los expertos en mercadotecnia de elcorteinglés hubiera salido la ocurrencia de que este día se pueda celebrar la ocasión en que un prisionero escapó de las garras del poli franquista que sería años más tarde el famoso jefe de una banda dedicada al terrorismo de estado. De la sima del pasado brota un recuerdo nítido, percutiente, la insobornable compañía de la propia existencia, más sólida que el amor eterno. Un buen día para obsequiar una orquídea al gato, símbolo sobrevenido de la continuidad de la vida, que asiste a la conversación telefónica sedente sobre el alféizar de la...

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