El alboroto que parece haberse apoderado de mundo, incluido el corral en el que vivimos, nos hace olvidar que, si ha de ocurrir algo verdaderamente grave, empezará con toda probabilidad en ese pedregal de conflictos que es Oriente Medio, donde hay un rearme creciente de fuerzas encontradas e irreconciliables. Netanyahu acude a Trump para que se ponga a su lado o, al menos, no estorbe en el proyecto sionista de anexionar Cisjordania. Diríase que el gobierno israelí ha conseguido su propósito, al menos como perspectiva. Después de la brevísima contrariedad que supuso para los sionistas la resolución de naciones unidas aprobada el pasado diciembre, en la que el amigo americano condenó la expansión de los asentamientos de los territorios ocupados, la llegada de Trump ha dado un giro inquietante a la cuestión. El sionismo es una forma típica de nacionalismo europeo que considera a los judíos como un grupo nacional y no un grupo religioso. Otros nacionalismos de análoga estirpe se basaron en el factor étnico o lingüístico y todos surgieron a finales del siglo XIX. El antisemitismo y el Holocausto dieron a los sionistas una justificación histórica para la creación del estado de Israel. Una solución cómoda para los antisemitas europeos, que se libraban así de los judíos que Hitler había dejado con vida y del desapacible recuerdo que encarnaban, y para los propios judíos perseguidos que encontraban un hogar nacional lejos de la horrenda Europa de donde eran oriundos y donde habían vivido dos mil años. La operación se justificó con un lema falso: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. El obstáculo para que este falso eslogan político se hiciera realidad eran los palestinos. La cuestión sigue vigente setenta años después. El sionismo se opone a un estado palestino porque sería un desmentido a la falacia en que se sustenta su propio estado, la cual implica que cualquier persona de cualquier parte del mundo que sea de religión judía o esté asimilado o cooptado a la definición jurídica de judío según la ley israelí tiene un derecho sobre Palestina que no tienen los propios palestinos, del mismo modo que un español del siglo XVI o un inglés del siglo XIX tenían derechos sobre territorios a miles de kilómetros del lugar donde habían nacido porque sus ejércitos habían plantado en ellos la bandera, no importa quién viviera o no en aquellas tierras. La situación era un hecho de fuerza pero la justificación era ideológica: en el caso español, la fe católica; en el caso inglés, la civilización y el libre comercio. Este cuadro tiene un nombre en la historia de las ideas políticas: colonialismo. Pero el colonialismo es por necesidad expansivo. Para justificarse a sí mismo como proyecto histórico, Israel, que es un estado soberano sin fronteras definidas puesto que ocupa un territorio sin pueblo, ha de comportarse como una potencia colonial en pos de más tierras y más recursos, sea por razones de seguridad, económicas, de acogida a nuevos colonos, o porque dios les ha dado la tierra, como argumentan los ortodoxos, pero, en el fondo, como en todo nacionalismo, para satisfacer a sus elites y a las redes clientelares que las sostienen. La peculiaridad sionista es que se trata de una colonia sin metrópoli, papel que ejerce Estados Unidos, lo que ocasiona inevitables roces en la relación entre los dos países. Esta anomalía ya fue detectada por las mentes más penetrativas y progresistas de Europa a la vez que se fundaba el estado de Israel. He aquí algunas reflexiones de Hannah Arendt escritas a finales de los años cuarenta del pasado siglo y contenidas en su colección de ensayos La tradición oculta (Paidós, 2004):
“De por sí, un nacionalismo basado exclusivamente en la fuerza bruta de una nación es ya bastante malo. Pero todavía peor es un nacionalismo que depende totalmente de la fuerza de un país extranjero. Éste amenaza ser el destino del nacionalismo judío y del futuro Estado judío, que inevitablemente tendrá como vecinos a países y pueblos árabes. Ni una mayoría judía en Palestina, ni el desplazamiento de la población árabe que los revisionistas exigen abiertamente, lograrían cambiar esencialmente la situación, pues los judíos seguirían obligados a buscar protección en una potencia extranjera o en llegar a un acuerdo con sus vecinos”.
(…)
“Los judíos, conocedores de la historia de su propio pueblo, deben saber que esa situación solamente puede desencadenar una nueva ola de odio hacia ellos; el antisemitismo de mañana no sólo dirá que los judíos se han aprovechado de la presencia de potencias extranjeras en la región, sino que han sido ellos quienes verdaderamente la han urdido y que por lo tanto han de responsabilizarse de sus consecuencias”.
(…)
“En su intento de participar de ‘forma realista’ en ese comercio de caballos que es la lucha por el petróleo en Oriente Próximo, desgraciadamente los judíos se comportan como esa gente que, sintiéndose atraída por el negocio, pero faltándole el dinero y los caballos, decide compensar esta doble carencia imitando los gritos que suelen acompañar a estas ruidosas transacciones”.
(…)
“El último de los problemas actuales, y sin duda el más importante, es el conflicto árabe-judío en Palestina. La actitud inflexible de los revisionistas es por todos conocida. Siempre han reclamado la totalidad de Palestina y de Transjordania y fueron los primeros que propusieron el desplazamiento a Irak de los árabes palestinos, una propuesta que unos años antes también había sido considerada seriamente en los círculos de los sionistas universales. La única diferencia clara entre los revisionistas y los sionistas universales estriba actualmente en su posición frente a Inglaterra, pero esta diferencia no implica una divergencia política fundamental”.
(…)
“Por lo demás, hasta hoy mismo no se ha comprendido del todo que, para un pueblo, una protección obtenida a cambio de la defensa de intereses imperialistas es una protección tan segura como la soga para el ahorcado”.
(…)
“De entre todos los errores cometidos por el movimiento sionista a consecuencia de la fuerte influencia que el antisemitismo ha ejercido sobre él, sin duda el más funesto ha sido afirmar el carácter no europeo de los judíos. Los sionistas no sólo han atentado contra la necesaria solidaridad de los pueblos europeos, necesaria tanto para los débiles como para los fuertes; más allá de esto, y por más increíble que pueda resultar, han pretendido incluso cortar las únicas raíces históricas y culturales que los judíos han podido tener”.