La voz del amigo a través del teléfono delata el júbilo por el resultado de la pequeña intervención clínica que ha sufrido para recomponer cierta avería del esqueleto. Este me vino a recoger con muletas, pero yo le dije, qué muletas ni nada. Es media mañana. Ahora mismo iba a hacer las camas, aclara mientras hablamos de salud y libros. El intercambio de comentarios tópicos lo interrumpe con una afirmación que pone orden en el universo: Hoy es sanvalentín y le he comprado una orquídea al gato. ¿Y sabes por qué me acuerdo? El catorce de febrero de hace cuarenta y ocho años estaba detenido en la comisaría de Bilbao en manos de Amedo, que me decía, canta de una vez, chaval, que hoy es sanvalentín y tengo que ir a misa con mi novia. A ver, ¿dónde estabas los días tal y tal y tal que no fuiste a la facultad? El joven detenido que estorbaba los planes erótico-religiosos del poli esgrimió una coartada que desbarató la acusación. No se sabe si el amedo llegó a la misa con su amada, pero el detenido salió vivo del trance. Sanvalentín celebra el futuro, un futuro dulzón que oculta la hipoteca y otras pejigueras románticas, y ni en la más delirante tormenta de ideas de los expertos en mercadotecnia de elcorteinglés hubiera salido la ocurrencia de que este día se pueda celebrar la ocasión en que un prisionero escapó de las garras del poli franquista que sería años más tarde el famoso jefe de una banda dedicada al terrorismo de estado. De la sima del pasado brota un recuerdo nítido, percutiente, la insobornable compañía de la propia existencia, más sólida que el amor eterno. Un buen día para obsequiar una orquídea al gato, símbolo sobrevenido de la continuidad de la vida, que asiste a la conversación telefónica sedente sobre el alféizar de la ventana.