Escribo estas líneas bajo el aplastante síndrome de una conversación con un robot de movistar de amable voz femenina que me ha tenido interminables minutos pegado al teléfono a propósito de cierta pejiguera de la conexión del ordenador. Pulse uno, pulse tres, diga cual es su reclamación, no le entendemos, repita, si es tal pulse uno, si es cual pulse dos, la operación está en marcha, no se retire, la operación sigue en marcha, no se retire. Al final, el robot ha dado paso a una voz emitida por lo que parecía un fonador de carne y hueso que se ha presentado como Pascual, lo que ha devuelto sosiego a mi ánimo y eficacia en la interlocución para resolver el problema, que, en gran parte, se ha conseguido porque Pascual al otro lado del teléfono ha usurpado mi identidad como usuario. Imagino que durante esos segundos que ha durado la manipulación del sistema, he dejado de existir para el robot técnico pero no para su gemelo contable, que tiene registrada mi cuenta bancaria y habrá tomado nota del coste de la operación con el cargo consiguiente. Por último, el insaciable robot de relaciones públicas aún me ha pedido mi opinión sobre la calidad del servicio que siempre califico de buena o muy buena porque un robot carece de valores morales pero no de memoria y ¿qué ganaría yo mostrándome descontento? Es una pregunta típica de un personaje de Kafka. Quienes hemos nacido y nos hemos criado en una dictadura militar, en un colegio de curas, en una ciudad pequeña y en una sociedad cerrada, instituciones superpuestas una sobre otra que gravitaban sobre nuestros frágiles hombros, tenemos en muy baja estima ciertos valores que encampanan a nuestros liberales –identidad, individualidad, privacidad-, los cuales siempre hemos compartido de grado o por la fuerza como parte del botín común con parientes, maestros y policías. Así que no impresionan demasiado las peroratas de moda sobre la exponencial capacidad de vigilancia a la que estamos expuestos; peroratas que, por cierto, nos llegan por los mismos canales tecnológicos que la vigilancia que denuncian. Uno de estos profetas digitales que me llega por guasá compara la capacidad de vigilancia de la stasi alemana, paradigma histórico del estado policial, con la que actualmente tiene la agencia norteamericana de seguridad nacional y otros megaorganismos análogos. La comparación suena a chiste, claro. La vigilancia de la stasi podía privar al vigilado de su empleo, de la vivienda, del permiso de residencia y eventualmente llevarlo a la cárcel. Nada de esto está ahora en riesgo. Los post modernos robots no nos privan de nada, al contrario, sino que nos sustituyen.  Hemos dejado de ser una plusvalía, que era el mundillo conceptual en que operaba la stasi, para convertirnos en un excedente. Mi modesta estratagema para no ser definitivamente derogado es fingirme robot cuando respondo con una aquiescente aceptación al servicio que finge prestarme el robot de movistar.