El interlocutor

Posted by on Mar 27, 2017 in Miradas |

El paseante regresa a casa con la barra del pan bajo el brazo mientras cavila sobre qué hará luego, cuando oye a su espalda un ¡hola! procedente de una voz metálica. El primer impulso del aludido es buscar el móvil en el bolsillo, pero los móviles, esos virtuosos de la comunicación, no hablan solos. El paseante mira a su alrededor. Es domingo por la mañana y todo el mundo ha tenido esta noche una hora menos de sueño, así que la calle está desierta y el silencio es absoluto. Tal vez sea objeto de la mala sombra de un youtuber, lo que antes se llamaba una cámara oculta. Je, cámara oculta, ¿quién habla así ahora, en este tiempo de cámaras del tamaño y el grosor de un pañuelo de papel? Los tipos de la edad provecta siempre están echando mano de lo que les queda de memoria para estar seguros de que no están muertos. Qué caramba, se arriesga y responde a la voz metálica, ¡hola! Durante unos segundos quiere creer que todo ha sido una alucinación auditiva, pero la voz pregunta: ¿qué vas a hacer hoy? No hay duda, el sonido sale del interfono del portero automático del portal que está a su derecha. El paseante se queda mirando la tablilla de botones con una rejilla en la parte inferior que constituye la máscara del aparato, intentando descifrar la identidad que oculta, y sus intenciones. Nunca había mirado con tanta atención un portero automático. No lo sé, responde acercándose a la rejilla del audífono, es un día raro, me he levantado tarde y estoy pensando en dar una vuelta. ¿Por dónde?, responde la rejilla. El paseante advierte la agitación que se apodera de él, como si en la voz metálica hubiera una promesa, y titubea en busca de una respuesta que no la malogre, pero no la encuentra. No lo sé, no lo he pensado, está nublado y quizás llueva… Ya sé que está nublado, corta la voz, lo llevo viendo desde antes de que amaneciera. Ah, ¿no ha dormido bien? He dormido perfectamente, pero hasta las cinco, luego he tomado un café con leche. Aquí se extiende una hilera de puntos suspensivos que al paseante se le hace eterna. ¿Quiere que demos un paseo juntos?, invita tímidamente a quien no sabe siquiera si tiene piernas. ¿A dónde? No sé, ya veremos, se evade el paseante. Alguien que parece tan listo tendría que tener un plan, un objetivo, y no estar dando vueltas por ahí como un perro perdido, argumenta la rejilla del interfono. Sí, claro, no le diré que no tenga razón, replica el paseante confuso, ¿está usted bien?, ¿necesita algo? Estoy perfectamente y no necesito nada,...

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La reconquista del marqués de Leguineche

Posted by on Mar 26, 2017 in Miradas |

Impresiona la presentación de Susana Díaz como candidata al liderazgo del pesoe, firmemente flanqueada por sus gloriosos antepasados: Felipe, Guerra, Zapatero, Rubalcaba. Recuerda al marqués de Leguineche, el personaje protagonista de la célebre trilogía de Berlanga, cuando, al borde de un desahucio por impago de impuestos, clama ante el inspector de hacienda, protegiendo con los brazos extendidos los retratos de su rancio linaje que cuelgan de las paredes del palacio: ¿pero usted me va a separar de los retratos de mis antepasados que son mi álbum de fotos familiar? Aquella escena termina bien para el marqués y mal para la hacienda porque los inspectores se dejan liar y sobornar y se van del palacete que venían a expropiar como han entrado. En la presentación de Díaz no sabemos si se trata de construir el futuro o de salvar del desahucio el retablo del pasado. Podemos imaginar el temblor que ha sacudido a los oversixties al ver la foto de la candidata ganadora. Los abuelos de todos los geriátricos del país han dado un salto en su silla de ruedas y han arrojado al aire cachavas y muletas con un alarido triunfal que ha obligado a duplicar la medicación a la hora del almuerzo. Ahora, una vez más, van a ganar. ¡Como en el ochenta y dos! ¿Te acuerdas de Felipe y Alfonso aquella noche saludando desde una ventana del palace con las manos entrelazadas que formaban un solo puño? Yo nunca he estado en el palas, tercia el del enfisema. No hablamos de ti, coño, que toda tu vida has sido un pringao, hablamos de la historia, de la victoria, del acabose que fue aquello. Ah, vale, pero no me acuerdo, claro que tampoco sé quién es esa Susana de la que habláis. Eso no lo sabe nadie, pero tú fíjate en quienes están con ella. Yo siempre he sido más de Alfonso dales caña que de Felipe; en cambio Zapatero siempre me ha parecido un poco flojeras, insiste el del enfisema. Vale, tío, corta el rollo. Ahí está la candidata, radiante como niña de primera comunión rodeada de los tíos de la familia, en una adorable foto vintage. El pesoe tiene tal crisis de identidad, al igual que toda la socialdemocracia europea, que lo que se dirime en este proceso de elecciones domésticas no es tanto quién y cómo habrá de liderar el futuro cuanto si se pueden salvar los muebles del pasado. Sobre Susana Díaz y sus poderes mágicos para ganar elecciones hay más mito que realidad, eso sin contar con el segmento de la población joven que atribuye a aquel pesoe la cuota parte (como se decía en los ochenta) de la responsabilidad política por la...

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Noticias privadas

Posted by on Mar 25, 2017 in Miradas |

Hay ocasiones en las que alguna noticia perdida en la torrentera de información que nos arrastra cada día, te habla a ti. No de ti porque no eres el objeto de la noticia sino de algo que pertenece a tu universo íntimo, que te concierne de manera específica y que despierta emociones que no podías imaginar que tuvieran un interés universal. Hoy me he sentido asaltado por una de estas noticias. El cineasta norteamericano Martin Scorsese se propone restaurar (remasterizar, en la jerga) un puñado de películas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo pertenecientes a la deslumbrante generación de cineastas polacos de la Escuela de Lodz, de nombres empedrados de consonantes: Jerzy Skolimowski, Roman Polanski, Krzysztof Kieslowski,  Krzysztof  Zanussi, Andrzej Wajda, Andrzej Munk, Wojciech Has. Por alguna razón que ahora se me hace incomprensible, las primeras películas de estos autores, rodadas en Polonia bajo el régimen comunista, estuvieron accesibles para los cinéfilos adolescentes que entonces nos agitábamos en este remoto rincón del planeta, que más tarde ha dado contumaces pruebas de perseverar en su condición de aldea. ¿Cómo explicar el impacto que tuvieron en nosotros películas como El cuchillo en el agua, Faraón, El manuscrito encontrado en Zaragoza o la turbadora Cenizas y diamantes? La idea de que el descubrimiento de estos tesoros por un puñado de provincianos arracimados en el cinefórum de los jesuitas del pueblo fue contemporáneo a la experiencia del propio Scorsese me llena de perplejidad y, qué caray, de inconfesable vanidad. Aquel cine no era una ocasión para el entretenimiento sino una fascinante ventana al mundo. El absurdo de la existencia, la inagotable malicia de las relaciones humanas, la naturaleza del poder,  la seducción erótica, la derrota del heroísmo, el humor macabro de la aventura humana, son nociones, narradas con una elegante elocuencia cinematográfica, que puedo recordar que las películas mencionadas despertaron en aquel joven cinéfilo. Y les debemos algo más: el despertar de un sentimiento de pertenencia a una cultura europea común, humanista, creativa y solidaria. Ahora, sin embargo, se experimenta una contradictoria impresión de lejanía hacia esos monumentos genuinos de la cultura, de los que los europeos parece que hubiéramos desertado. Polonia, el país que los alumbró en circunstancias históricas bien adversas se ha convertido en un desapacible bastión del nacionalismo chauvinista y reaccionario. Ida, que ganó un óscar en 2015, es la última película polaca que se ha visto por aquí con cierta aceptación y resulta innegable la deuda que su director  Pawel Pawlikowski tiene contraída con su predecesores de hace cincuenta años. Pues bien, las instancias oficiales de su país la tildaron de infame insulto al pueblo polaco. En la deriva de esta  Polonia bunkerizada tiene mucha mano...

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Democracias histriónicas

Posted by on Mar 24, 2017 in Miradas |

Hace unos días, un amigo se preguntaba si debíamos tener miedo de Trump. La política de la época tiene dos cualidades que operan al unísono sobre la opinión pública y que hacen de las democracias regímenes contaminantes en el sentido que lo son ciertas sustancias químicas sobre el medio ambiente. La primera cualidad está en la raíz del sistema: los gobernantes los elige el pueblo y, en consecuencia, este es el responsable de sus decisiones, sin apelación posible. El acto, que no siempre fue banal, de introducir una papeleta en la urna determina lo que vaya a ocurrir en los próximos cuatro o más años, esté o no de acuerdo con el sentido del voto depositado. Lo que básicamente eliges en las urnas, como aprendimos de los anarquistas españoles, es el amo o patrón que habrá de gobernar tu destino de ciudadano durante un periodo, y luego otro, y otro, hasta que seas lo bastante viejo y estés lo bastante desahuciado para que te interese un carajo quién gobierne. El segundo rasgo del sistema es que los gobernantes deben revalidar continuamente su popularidad mediante presentaciones públicas que forzosamente adquieren un tinte histriónico. La opinión se forma mediante una secuencia discontinua y a menudo inconexa de imágenes y sonidos producidos por los gobernantes –una especie de pixelación de la realidad a través de la pantalla del móvil- con el fin de retener la atención del público en un contexto en el que el espectáculo es un hecho atmosférico. Así, los líderes políticos, lo mismo se abrazan a un tronco de árbol para emitir una consigna de unidad que profieren un insulto brutal contra los que son sus socios y aliados, como hizo el otro día ese estúpido holandés que preside un organismo europeo del que nadie sabe para qué sirve. El público, entretanto, está en las gradas a la espera de dar rienda suelta a sus emociones y querencias, desde reír el gag del clown a esperar que el político se caiga del trapecio y se parta el espinazo. En este circo, hasta el que hace de estatua viviente, como Rajoy, tiene un espacio para lucir sus habilidades. La necesidad de espectáculo es tan intensa que un actor profesional que ha declarado como testigo en uno de los proliferantes juicios por corrupción que llenan el telediario, ha sido machaconamente calificado de el payaso de la Gürtel, no en su demérito, ya que es su oficio, sino para contaminar el proceso de irrisión y ridículo. En este marco de democracias histriónicas, Donald Trump es el rey absoluto. Un tipo en cuya biografía se entrelazan sin contradicción tres vocaciones: la política, los negocios y el espectáculo. Es difícil hacer un diagnóstico de...

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Alienación

Posted by on Mar 23, 2017 in Miradas | 1 comment

(En memoria de Aysha Frade, de soltera Ahmet Caldelas, oriunda de Betanzos, Galicia, de nacionalidad británica, nombre árabe y casada con un portugués. Una de nosotros) En ninguna otra ocasión como ante los episodios de terrorismo se advierte de manera más vívida el desconcierto del lenguaje para cumplir su función de ordenar y explicar la realidad, más allá del mero recuento de los hechos que están a la vista. La lógica que inspira las palabras es impotente para dotar a un atentado de significación. El terrorismo acontece, por definición, fuera del consenso discursivo y lo sacude como un golpe de viento a una candela, Es una experiencia con la que, desdichadamente, hemos vivido largas décadas por estos lares. Ahora, las últimas manifestaciones del terrorismo de inspiración nacionalista vasca, que tuvo una dimensión doméstica a pesar de su larguísima duración, se producen en medio de la indiferencia de la sociedad, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que sus acciones criminales penetraron hondamente en la moral social y la infectaron de sospecha, de ira, de miedo, de rencor. ¿Quién que tenga ahora más cincuenta años puede decir que no estuvo atrapado por alguno de estos sentimientos? La sobreactuada persecución que llevan a cabo los tribunales españoles contra tuiteros marginales es una reminiscencia de este alterado estado de ánimo, que ha quedado estampado en el código penal. Por lo que llevamos aprendido, el terrorismo es una forma extrema de alienación que se da en momentos de cambio político y económico, o cultural en sentido amplio, en el que las mutaciones afectan desigualmente a la población, ante lo cual, un puñado de individuos que se sienten excluidos, ya entiendan que lo son por su clase social, su comunidad religiosa o su origen étnico o nacional, y que no tiene más recurso operativo que una exacerbación de sus señas de identidad tradicionales, decide atacar a lo que llaman el sistema con el vano objetivo de destruirlo o, más sencillamente de dañar a los presuntos beneficiarios que pasaban por la calle. El mundo islámico está en una encrucijada histórica que puede resumirse como la necesidad de salir de su ensimismamiento e incorporarse a la modernidad, al mismo tiempo que los países occidentales del hemisferio norte, que patrocinaron, ejercieron y a menudo impusieron esa misma modernidad, viven una crisis sobre su propio modelo cultural que, de abierto, inclusivo, liberal e igualitario, está mutando en cerrado, excluyente, autoritario y desigual. En este quicio histórico, plagado de acontecimientos nuevos, no es tan difícil convencer a unos cuantos atrapados en la bisagra para que se lancen contra la sociedad que les rodea, y, en su visión, les asedia. El adoctrinamiento, las armas y el dinero no...

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