Si los sondeos a pie de urna de la primera ronda de las elecciones francesas no se equivocan, la presidencia la disputarán Macron y Le Pen. Derecha y extrema derecha. Si las cosas son así y hemos de fiarnos de lo ocurrido en el pasado, Macron recibirá en la segunda vuelta todo el llamado voto republicano, derrotará a su competidora y será presidente. Pero también puede ocurrir que en este sindiós el voto del descontento quiera seguir insistiendo en su rechazo a todo lo que recuerde al pasado y entonces tendremos en el cogollo de la unión europea a una presidenta lindante con el fascismo. Habrá que ver qué deciden los votantes de Fillon y Mélenchon, candidatos que han quedado virtualmente empatados en un desairado segundo plano. El primero por continuista y corrupto, lo que viene a ser casi lo mismo, y el segundo por improbable. Algo no funciona en la ingeniería política de los movimientos de los indignados (insumisos, en Francia), como en los bólidos de Fernando Alonso, que les impide rebasar cierto techo electoral, una evidencia que ya ha experimentado podemos aquí. Pero sin duda la noticia de estos primeros sondeos electorales en Francia es la muerte súbita del partido socialista, que ni está ni se le espera. Teniendo en cuenta que el actual presidente de la república es socialista, los resultados del candidato Hamon parecen una reproducción, en papeletas de voto, del asalto a la Bastilla. Que la socialdemocracia sea la única pagana de los estropicios de la crisis debe preocupar no solo a los socialdemócratas sino a todo el mundo que aspire a una sociedad decente. En la última década han ocurrido acontecimientos históricos en el mundo occidental que han dejado en cueros a la izquierda y cuya secuencia es más o menos la siguiente: 1) estalla una crisis financiera provocada por la codicia y el descontrol de los grandes bancos; 2) los gobiernos, para evitar lo que se llamó una crisis sistémica, lo que quiera que signifique eso, acudió al rescate de la banca quebrada con el dinero público, que detrajo de programas educativos, sanitarios y sociales; 3) a la vez, los mismos gobiernos llevaron a cabo recortes presupuestarios brutales para recuperar el equilibrio de las cuentas públicas y satisfacer a los grandes conglomerados financieros, devenidos acreedores y cautelosamente llamados mercados, 4) de añadidura y para redondear la solución a la crisis y recuperar la tasa de beneficio de las empresas, los gobiernos acometieron agresivas (el término es de don Guindos) reformas laborales que abarataron la mano de obra por el procedimiento de precarizarla hasta extremos inéditos en el mercado laboral de las sociedades industriales europeas; 5) en resumen, la respuesta a la crisis económica se convirtió en un método sistémico, este sí, de redistribución social de las rentas por el cual los costes los pagaban los de abajo y los beneficios los recibían los de arriba, abriendo el foso de la desigualdad social en un grado que ha convertido esta cuestión en el centro del debate político-social. Cualquiera diría que estábamos ante una situación prerrevolucionaria. Pues bien, parece que es así pero el sujeto llamado por el buen pueblo a hacer la revolución es la derecha o la extrema derecha. Ha ocurrido en Estados Unidos, Reino Unido y, si los sondeos dan en el clavo, ocurrirá en Francia. Bien, estamos en un momento apropiado para recordar aquello de el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, que formuló Gramsci. La mala noticia es que Gramsci estaba en el trullo por decir cosas como esa.
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