Aaayyyy, por los pelos. Tal es la exclamación de los espectadores de circo ante las evoluciones aéreas de los trapecistas y la de los asistentes a una carrera automovilística ante el derrape de un vehículo en una curva pronunciada. También es el suspiro de los valedores y beneficiarios de la unión europea ante cada elección nacional después de la cual se miran entre sí con una sonrisa de incredulidad superpuesta a la expresión de pánico que ocupaba su rostro hasta un instante antes, asombrados de que el tinglado aún siga en pie. Ocurrió en las pasadas elecciones holandesas y austriacas y, con toda probabilidad,  ocurrirá en la segunda vuelta de las elecciones francesas. En cada ocasión, el candidato europeísta ha derrotado por la mínima al populista de extrema derecha, que quiere devolver a su país a un improbable estado que atufa a fascismo. No importa que el término candidato europeísta no signifique nada que no sea más de lo mismo, ni siquiera que, como en el caso de Macron, carezca de una fuerza organizada detrás -tres de cada cuatro franceses han votado en contra del ganador- por lo que puede decirse que el próximo presidente de Francia representará, no un proyecto político aupado por una mayoría social sino un estado de ánimo de quien huye de su propio miedo, un tembloroso estatus de recortes presupuestarios, devaluación salarial y precarización laboral, al albur de más descontento social y menos esperanza de futuro. Una idea difusa y un personaje auroral triunfan en esta tesitura. La idea es la del centro, un punto imaginario de la política, de raíz conservadora y altamente inestable que gana predicamento en tiempos de incertidumbre por sus efectos narcotizantes, un lugar seguro, sin extremismos,  mientras el suelo se mueve bajo nuestros pies. Y el personaje es un tipo joven de surfista que surge como Venus de la espuma del mar, bien afeitado, desenvuelto, encantado de haberse conocido y dispuesto a hacer méritos ante los poderes de la tierra, es decir, ante los banqueros a los que ha hipotecado su futuro. Personajes emergentes como el propio Macron, Rivera o Renzi. El sedicente centro político y el líder guaperas pertenecen al ecosistema europeo continental, casi podría decirse que mediterráneo, y son por completo ajenos al mundo anglosajón o atlántico, que es donde se inventó la democracia y la economía de mercado tal como las conocemos y donde no es necesario derruir el viejo consenso del estado del bienestar porque en esos lares nunca estuvo plenamente vigente. De modo que el centro político y el líder guaperas deben considerarse como estadios intermedios en la construcción de una nueva derecha en el continente mediante diversos movimientos de avance, primero, sobre las posiciones de la vieja derecha cuyo espacio tienden a ocupar aprovechando sus flaquezas y errores, singularmente la corrupción; segundo, mediante la confrontación con la emergente extrema derecha,  surgida de la cepa dura de Europa y crecida en el desamparo de amplios sectores sociales por las exigencias de la globalización, y, tercero, beneficiándose de una circunstancia histórica sin precedentes desde que hay memoria: la incomparecencia de la izquierda como alternativa real. Esta es la Europa que van a salvar los votantes franceses y que nos tocará, dios mediante, salvar a todos a nuestro turno.