A pesar de su pregonada falta de recursos materiales y de sus andares tardos y parsimoniosos, la justicia está haciendo lo que no puede o no sabe hacer la política. La citación a Rajoy y la detención de ese zascandil madrileño parecen convertir en una evidencia probada lo que solo era una intuición generalizada, que el pepé funcionaba como una familia mafiosa: negocios clandestinos, coacciones y chantajes, fraudes financieros y una férrea ley del silencio que vinculaba a todos los miembros del clan y de la que es paradigma el presidente del gobierno. Ahora se oyen voces al borde de un ataque de nervios que le piden que diga ante el juez todo lo que sabe. Ja. ¿Va a decirlo ahora, después de años de declarar todos los días que no sabe nada? Cometerá perjurio, ¿y qué?, ¿es más grave mentir a un juez que a la sociedad que te ha entronizado para que la dirijas? La historia de la democracia española es el huevo del cuento de los cerditos, con otro guión: Suárez puso el huevo, González lo coció, Aznar se lo comió, Zapatero no quiso impedirlo y Rajoy intentó ocultar que ya no había huevo porque se lo habían zampado. Es la granja de Orwell. Quienes desde los años ochenta se hicieron cargo del estado y ocuparon todos sus despachos y resortes traían un designio: convertir el país en un gigantesco negocio del que ellos mismos recibirían diezmos y primicias. El dinero fácil, la desregulación de los mercados y la lasitud de las instituciones del estado, la concepción patrimonial de la política y una oposición achicada, dependiente y trufada de submarinos que trabajaban para el adversario, les permitió ganar delirantes sumas de dinero que alojaron en paraísos fiscales y más tarde cargar el pago de la deuda sobre las espaldas de ¿cómo llamarlo?, ¿el buen pueblo?, ¿la clase obrera?, ¿la gente?, ¿la nación? Uno de los efectos de esta rapiña institucionalizada es que nos han arrebatado hasta la identidad compartida, es decir, la médula de una sociedad decente, próspera y esperanzada. Otro efecto, consecuente con el anterior, es una oposición política enfrascada en sí misma y en sus quisicosas, que bracea como un bañista novato en el mar para no ser tragada por las olas. Sociedades rotas, políticas fragmentadas: el signo de Europa. Lo veremos en breve en las elecciones francesas, en la que el segundo país de la ue tanto puede dar un bandazo a un lado o al otro, si aceptamos que aún hay un espacio con lados discernibles. Lo único seguro es el bandazo.
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