Bipartidismo en burro

Posted by on Jul 26, 2015 in Miradas |

Leo en el periódico decano del lugar donde vivo que el gobierno regional se ha rebajado el sueldo un tercio, lo que es una medida de racionalidad política y financiera. Es posible que pretendan venderlo al público como un gesto sacrificial que habría de ser recompensado en las urnas pero no es más que una providencia de justicia distributiva. Los gobernantes han devaluado el país y es congruente que se devalúen a sí mismos en igual proporción. En último extremo, el sueldo resultante es bastante superior al de un funcionario de nivel A o al de un autónomo bien instalado, que es el segmento social del que proceden todos sus miembros. Entretanto, la derecha aventada de las poltronas no encuentra modo de salir del desconsuelo. Desahuciados de la casa que construyeron a su medida y en la que han habitado con comodidad treinta y pico años, no hay plataforma de perroflautas que los apoye (es más, los perroflautas están con los nuevos inquilinos, aún no se sabe si de huéspedes gorrones o como personal de servicio). La amargura y el desconcierto por este vuelco de la fortuna impide a los desalojados, incluso, reconocer las buenas cartas que aún conservan: son el grupo político más votado y han creado un entramado institucional que le será muy difícil desmontar al gobierno entrante a pesar de sus ganas. Sí, vale, todo eso está muy bien, pero ¿quién atiende ahora a la tropa de paniaguados que constituían la leal y hasta ayer robusta pirámide clientelar que hizo posible la gobernanza? Un plumilla afecto a los perdedores reprocha en el periódico a los del nuevo gobierno no haber vivido tan mal bajo el gobierno anterior, pero deja sin formular la pregunta consecuente: entonces, ¿por qué los han echado? Bien, una respuesta simple podría ser: para crear su propia red clientelar; a la postre, en todas las familias hay necesidades. Pero la amargura de la derecha tiene una raíz más profunda, tanto que afecta a la misma identidad de su proyecto. Toda su acción política desde el origen del régimen democrático y durante más de tres décadas ha estado dirigida a mantener fuera del gobierno, y si fuera posible fuera del territorio, a los que ahora los han echado. La debilidad electoral de estos, unas veces, y otras, su propia deliberación política (ausentándose voluntariamente de las instituciones), a lo que hay que sumar, y no como factor menor, el acoso del terrorismo, ayudaron a este designio hasta ahora mismo, en que una perversa combinación de crisis económica y desgaste del sistema político ha provocado el vuelco. En los años ochenta del pasado siglo tuve oportunidad de conocer bien a uno de los prebostes fundadores del...

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Diálogo

Posted by on Jul 26, 2015 in Miradas |

Cada vez leo menos prensa en papel, por economía, por funcionalidad, también por hartazgo. El tenebroso bombardeo diario me parece más liviano, más fugaz, on line, donde no sabes si estás leyendo una noticia o su parodia. Pero, vaya, algunos rituales que fueron placenteros y aún no hay razón para considerarlos nocivos, permanecen intactos: el desayuno dominical, café, fruta, tostadas, la píldora de turno… y el periódico. Ese día cambio unas palabras con mi quiosquero, un periodista titulado al que las dificultades de empleo en su oficio le empujaron a un ligero corrimiento en la cadena comercial de la información que le llevó de producir noticias a venderlas. Después del saludo, me pregunta cómo veo las cosas, así, en general. La vanidad me lleva a creer de pronto que quiere conocer mi opinión pero ya he aprendido que lo que quiere es darme la suya, así que, como en el teatro, le doy el pie y el recita su parlamento. Hoy, el pretexto para el diálogo han sido los resultados de una encuesta preelectoral publicada en el diario que compro, que él consideraba irreales y a mí me resultaban indiferentes. Su monólogo ha derivado hacia la actitud moral de los políticos de derecha e izquierda cuando llegan al gobierno. No estamos en desacuerdo pero es mucho más joven que yo, así que sus opiniones están empapadas de esperanza y de deseo, que él desearía en su fuero interno que fuesen la misma cosa. Mientras habla, persigue la precisión de las palabras, la hilazón de lo que quiere decir, la vía de salida a una conclusión que sea a la vez coherente y satisfactoria. No es fácil, yo también estoy experimentando ahora, mientras escribo, esta dificultad. Al fin parece haber alcanzado la iluminación y concluye: “mi suegro, que decía muchas tonterías, solía decir una gran verdad, todos tenemos un precio”. Otro cliente apresurado ha entrado en el establecimiento y tercia, “me tienes que presentar a tu...

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Ciudadanos y patricios

Posted by on Jul 25, 2015 in Miradas |

Todos acumulamos grasas y nos volvemos acomodaticios. En el umbral de la vejez hemos de elegir entre disfrutar del capital acumulado o jugárnoslo a la ruleta incierta de un futuro que ya no será nuestro. En este dilema, la inercia empuja obviamente hacia la primera opción. Las páginas de los periódicos (singularmente, el presuntamente progresista, que frecuento desde su primer número) están plagadas de firmas de patricios de las letras y de maîtres à penser cuya declinante tarea parece consistir en defender la plaza ganada y lanzar desdeñosas invectivas hacia las fuerzas emergentes en la sociedad. Es una forma de soberbia reaccionaria propia de quien cree haber llegado a una cima inaccesible y prefiere ignorar que, como todos, lo que ha hecho en su vida es navegar las olas de la Historia que le han tocado en suerte. Uno de estos patricios declinantes, quizás el más conspicuo por su visibilidad, es Fernando Savater. Lo cito, no solo por el hechizo que ejercía su prosa ni porque sus escritos han informado en gran medida la conciencia cívica de una generación, sino por el raro atractivo que proyectaba la mezcla de coraje político y hedonismo personal de su imagen pública. En este sentido, mi libro preferido de entre su extensa obra es A caballo entre milenios, una crónica autobiográfica en la que se trenzan su actividad civil contra el terrorismo de ETA y su pasión por el turf hípico, una lección moral inalcanzable para quien no ha pisado nunca un hipódromo. En su columnilla periodística de hoy, glosa el ya famoso incidente de la canciller alemana con una niña palestina y descalifica a los críticos de Angela Merkel, a los que tilda desdeñosamente de ser tratados como niños mimados y adolescentes rebeldes por su gobierno (el español, no lo dirá por la ley mordaza) y defiende la respuesta de la canciller porque trató a la desconsolada niña “como ciudadano”. Hay que fingir que se sabe muy poco del funcionamiento de la política para hacer creer que Merkel habla “como ciudadanos”, es decir, con la ley en la mano, a todos con los que se entrevista, incluidos, digamos, el presidente de la Bolsa de Franckfurt o el primer ministro de China, entre otras razones porque, en esas esferas, la ley tiende a ser un material muy maleable. Dirigirse a una refugiada política de quince años que va a ser deportada como a «un ciudadano» es, además de un síntoma del estado actual de la Unión Europea, un sarcasmo cuya comprensión está al alcance de cualquiera, incluso de un catedrático de Ética. Claro que el objetivo real de la glosa no es la suerte de la niña, ni siquiera la respuesta de la...

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El paseante

Posted by on Jul 25, 2015 in Miradas |

El jubilado vive mejor cuando entiende que su actividad se enmarca en un proyecto beneficioso o prometedor, y tanto mejor si está dirigido, sugerido o supervisado por alguna autoridad. Ha sido educado en un sistema jerárquico, autoritario y de verdades unívocas y se desenvuelve mal en las ambigüedades para cuyo descifrado carece de tiempo y de paciencia. Fuera de este marco pautado, el jubilado se siente perdido, disperso e ineficiente. La primera dificultad radica en encontrar una autoridad a la que someterse con confianza y sin aparente sumisión. Los jubilados son un híbrido entre liberto y difunto y no hay por ahí muchas autoridades que se ocupen de ellos. El cura, quizás, si es creyente, pero el más frecuentado es el médico. Así que asume con entusiasmo la recomendación de este y pasea cada día casi dos horas por la trama urbana de la cárcel que habita. Una larga y sinuosa vuelta por las consabidas calles y campos de extramuros a paso firme, con las zapatillas apropiadas y la resolución pintada en la cara. En esta actitud, el jubilado puede sentir a cada paso el retroceso de los índices de colesterol y azúcar, lo que quiera que sean estos adversarios que lo habitan. Las calles de la ciudad están pobladas de felices y engañados jubilados que caminan con la determinación de quien está pateando las siete cabezas de la hidra. Esta batalla triunfal viene empañada por la actividad quintacolumnista de la incontinencia urinaria. Los órganos que forman el aparato mingitorio han sellado una insidiosa alianza para mantener al paseante en vilo. Al malestar físico de esta situación se suma cierta perplejidad filosófica, por decirlo así. El colesterol es algo que puede imaginarse ajeno a nuestra naturaleza, aviesamente introducido en nuestro organismo por un deficiente estilo de vida, como una bacteria o un virus, digamos, pero el aparato mingitorio es parte de uno mismo, un aliado imprescindible del sistema vital, cómplice en el decoro de nuestra vida social, riente amigo en privado, testigo privilegiado de alegrías y deslices, y su traición resulta por demás desconcertante y dolorosa. ¿Y qué decir de la rebelión de los hiperactivos riñones, tan discretos que hasta ayer ni siquiera podíamos señalar con seguridad su ubicación debajo de la piel? De modo que el paseo triunfal del jubilado se torna en torturante periplo en busca de un váter público. He aquí un decrépito león solitario que vaga por la sabana con el escozor en la entrepierna, no para marcar el territorio conquistado, como hacen los jóvenes, sino para evitar ser derrotado por él. Entonces, los placeres del paseo, las observaciones, las ocurrencias, las imágenes que proporciona el paisaje, tantas veces glosados en la literatura (vid Javier...

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La escopeta nacional

Posted by on Jul 24, 2015 in Miradas |

Entre los múltiples engaños que anidan en el arte, el más conspicuo es el de inducir a la creencia de que transforma la realidad. La emoción que produce la lectura de una buena novela o el visionado de una gran película nos arrastra a la equivocada idea de que el mundo está cambiando al mismo tiempo y en el mismo sentido en que se ensancha nuestro conocimiento y se colman nuestros deseos. Lo cierto es lo contrario. El arte y la realidad discurren por carriles paralelos y autónomos, interactúan, se imitan, pero no se influyen ni se suplantan uno a otro. Una obra clásica lo es porque mantiene intacta su relación con la realidad, tal como la conjeturó el autor hace décadas, quizás centurias. Me asaltó esta reflexión ayer por la noche, mientras visionaba La escopeta nacional, de Luis G. Berlanga. Asistía a la emisión televisiva con una mezcla de estupor, pena y rabia. La película se rodó hace treinta y ocho años, en la alborada misma de nuestro actual sistema político pomposamente democrático, y buena parte de quienes intervinieron en la producción han fallecido, incluidos su director, su guionista, el impagable Rafael Azcona, y el actor protagonista, José Sazatornil, que murió hace dos días y en cuyo homenaje se emitía el filme en La 2. El programa, pues, tenía un cariz necrológico, de mirada al pasado, y, sin embargo, ahí estaban intactos, agitados y tóxicos como un cultivo de bacterias, la codicia, el clientelismo, la mezquindad, los trapicheos, el matonismo, el contubernio de servidores públicos e intereses privados, el puterío, la guerra civil no resuelta, el aleteo incansable de la Iglesia, en resumen, el aflictivo catálogo de factores que han puesto al régimen democrático en la picota. Mientras veía los aspavientos geniales de Saza, López Vázquez, Soler Leal, Escobar, Randall, Ferrandis, Ciges y González, me preguntaba si, en su juventud, no habrían visto la película, inmensamente popular, como ellos ahora, los Aznar, Rajoy, Martínez Pujalte, Trillo, Barberá, Pujol, Aguirre, Rouco, Bárcenas, Rato y la demás tropa de correligionarios, subalternos y adheridos que han saqueado (como dice el subconsciente de la señora Cospedal) el país. El arte mayor es una profecía cuyo significado último es incomprensible incluso por quien la vaticina y es probable que el inmenso elenco de cómicos que hicieron este filme se haya ido a la tumba sin imaginar lo cerca que estuvieron de la rocosa verdad de la que no podemos librarnos. Un sentimiento de traición me asaltaba mientras veía ayer la película. Cuando se estrenó en 1977, fue un síntoma de esperanza liberada. Ninguna realidad podía ser más cutre, triste y envilecida que la descrita en ese esperpento pero, por fortuna, los rijosos fantasmas...

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El vacío

Posted by on Jul 23, 2015 in Miradas |

Vuelvo, quizás por última vez, a la casa de nuestra madre, en la que pasé la infancia y la primera juventud  y que pronto cambiará de propietarios, para recuperar un par de cajas con algunos libros con más valor sentimental que bibliofílico y una foto enmarcada de primera comunión a la que una querencia senil me impide condenar al vertedero. La casa está vacía. Las habitaciones han sido despojadas del mobiliario; las paredes y repisas se muestran exentas de cuadros y bibelots, esa quincalla ornamental que nos acompaña como una enfermedad crónica toda la vida y que apenas deja una breve huella decolorada en el lugar que ocupó. Atrae mi curiosidad que haya desaparecido una talla en yeso del sagrado corazón que entró en la casa con nosotros hace cincuenta años y ha permanecido todo ese tiempo dócilmente encaramada a su peana en el comedor. Nunca fue objeto de devoción pero tampoco nadie hizo por removerla de la pared; fue un huésped mudo que ha emprendido el camino al olvido como todo lo demás. El piso vacío inspira una pregunta arbitraria, ¿qué ocurriría si un antiguo palacio real ya saqueado fuera visitado a la vez por el hijo del rey y el arqueólogo? Quizás compartieran sentimientos análogos. El primero se sentiría perdido en un habitáculo sobrecargado de recuerdos a punto de esfumarse y el segundo, intrigado por la necesidad de convertir ese espacio devastado y conjetural en una realidad habitable. Siento que soy los dos personajes. El piso vacío es un umbral que separa dos tiempos irreconciliables, y yo vivo en ambos. Por fortuna, el suspenso de la pregunta dura el lapso de acarrear las dos cajas de libros al coche. En el portal encuentro a Esteban, un vecino de la finca que entró a vivir aquí al mismo tiempo que nuestra familia y cuyas idas y venidas alrededor de la casa forman en mi memoria parte del paisaje doméstico. Hoy calza una incongruente camiseta con el eslogan Revolución estampado en el pecho. “Qué, José Manuel, ¿vaciando la casa?”. “Ya no queda nada”, le respondo, “en unos días vendrán los nuevos inquilinos”. “Es bueno que lleguen los jóvenes, ¿ya sabes que se me murió la mujer?” “No, no lo sabía, lo siento mucho”. “Vaya”, replica para sí con un ambiguo encogimiento de hombros, “se fue en plenos Sanfermines”. Nos despedimos, quizás para...

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