Hasta para parecer completamente idiota se requiere un cierto entrenamiento. Claro que hay imbéciles naturales, espontáneos, pero esos no llegan a presidente del gobierno y aunque alguien piense que se puede hacer una excepción con don Feijóo, cuidado, como regla general, quien llega a sentarse en esa poltrona no es el bobo que parece ser; como poco, tiene una ambición y un instinto de supervivencia excepcionales, lo que requiere algo de masa cerebral aplicada a un objetivo concreto.  

Hacerse el tonto cuando se está en la cúspide del poder es una estrategia que ya ensayó con éxito el emperador Claudio del que a estas alturas no hay acuerdo entre los historiadores sobre si murió envenenado, como era uso en la época, o por las asechanzas de la vejez en un cuerpo débil y contrahecho. Lo cierto es que la gobernación de Claudio, inicialmente rechazado por el senado, dio a Roma una época de prosperidad y éxito militar, y dejó tan buen recuerdo que fue deificado por su sucesor Nerón. La deificación romana era el equivalente de la época a las  procesiones en las que son paseados por platós de  radio y televisión los ex presidentes del gobierno de España para que nos bendigan y orienten con su sabiduría.  Esta deificación mediática es golosamente aceptada y aprovechada por todos los insignes ciudadanos en esta condición, cuatro hasta ahora.

Don M. Rajoy y Claudio César Germánico tienen en común el carácter elusivo de sus figuras. Ambos parecen tontos. El primero no es tartamudo como lo fue el segundo, pero suple esta característica aislante con un depurado lenguaje de alguien aquejado de severas dificultades intelectivas y se hace valer de una maraña de pleonasmos, galimatías, obviedades y simplezas que traslada al receptor del mensaje la responsabilidad de interpretarlo. ¿Sarcasmo o estupidez? ¿Sabiduría o cretinismo? Es sabido que el lenguaje futbolístico es emocional y verboso; pues, bien, nuestro emérito, metido a cronista deportivo, escribe: España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0.

Este descenso al grado cero de la escritura funciona cuando los hechos son tan inequívocos –un plato es un plato y un vaso es un vaso– que no necesitan esfuerzo para explicarlos porque no hay, o no aparece, contradicción en ellos. Don M. Rajoy fue un gobernante eficiente cuando tuvo que aplanar la economía española de acuerdo con el mandato de los mercados, cargando a la ciudadanía con la deuda de los bancos, como aseguró que no haría, pero le faltaron palabras para hacer frente al prusés catalán y derivó la solución del problema al poder judicial creando un sindiós del que aún no hemos salido y en el que todo indica que estaremos enredados unos cuantos años más.

El laconismo tiene otra contraindicación en la comunicación pública, y es el riesgo a que ni los tuyos entiendan quién eres y qué predicas. Por eso es necesario deslizar señales de apariencia imperceptible en medio de la inanidad del discurso, guiños que recuerden ¡eh!, que estoy aquí, que soy de los tuyos, que puedes contar conmigo. La estúpida frasecita racista sobre el carácter ilegítimo de los jugadores de la selección de fútbol de Francia en el mundial era uno de estos guiños. Don M. Rajoy sabía que era una mentira y una injuria al país vecino, pero necesitaba estar en el coro de la famosa operación el que pueda hacer, que haga a la que en estos días se han sumado con gran repique mediático un juez del tribunal supremo, el jefe de los obispos españoles y los jueces de la audiencia provincial de Badajoz. Demasiada gente importante en la convocatoria para que don M. Rajoy no se diera por aludido.

Por lo demás, don M. Rajoy hace lo que los cuatro ex presidentes del gobierno español (a los que habría que sumar el rey emérito) hacen rutinariamente en relación con la cosa pública: enredar, entorpecer, dividir, desconcertar,  amenazar, retardar y, en resumen, dar po’l saco. En ninguna otra profesión, noble o plebeya, los jubilados se comportan de un modo tan avieso y disruptivo y en ninguna reciben tanta atención del buen pueblo al que deben creer estúpido. ¿Por qué no los cancelan por ley y les obligan a mantener el pico cerrado sin más excepción que la redacción de sus memorias, que nadie lee?