Entre los múltiples engaños que anidan en el arte, el más conspicuo es el de inducir a la creencia de que transforma la realidad. La emoción que produce la lectura de una buena novela o el visionado de una gran película nos arrastra a la equivocada idea de que el mundo está cambiando al mismo tiempo y en el mismo sentido en que se ensancha nuestro conocimiento y se colman nuestros deseos. Lo cierto es lo contrario. El arte y la realidad discurren por carriles paralelos y autónomos, interactúan, se imitan, pero no se influyen ni se suplantan uno a otro. Una obra clásica lo es porque mantiene intacta su relación con la realidad, tal como la conjeturó el autor hace décadas, quizás centurias. Me asaltó esta reflexión ayer por la noche, mientras visionaba La escopeta nacional, de Luis G. Berlanga. Asistía a la emisión televisiva con una mezcla de estupor, pena y rabia. La película se rodó hace treinta y ocho años, en la alborada misma de nuestro actual sistema político pomposamente democrático, y buena parte de quienes intervinieron en la producción han fallecido, incluidos su director, su guionista, el impagable Rafael Azcona, y el actor protagonista, José Sazatornil, que murió hace dos días y en cuyo homenaje se emitía el filme en La 2. El programa, pues, tenía un cariz necrológico, de mirada al pasado, y, sin embargo, ahí estaban intactos, agitados y tóxicos como un cultivo de bacterias, la codicia, el clientelismo, la mezquindad, los trapicheos, el matonismo, el contubernio de servidores públicos e intereses privados, el puterío, la guerra civil no resuelta, el aleteo incansable de la Iglesia, en resumen, el aflictivo catálogo de factores que han puesto al régimen democrático en la picota. Mientras veía los aspavientos geniales de Saza, López Vázquez, Soler Leal, Escobar, Randall, Ferrandis, Ciges y González, me preguntaba si, en su juventud, no habrían visto la película, inmensamente popular, como ellos ahora, los Aznar, Rajoy, Martínez Pujalte, Trillo, Barberá, Pujol, Aguirre, Rouco, Bárcenas, Rato y la demás tropa de correligionarios, subalternos y adheridos que han saqueado (como dice el subconsciente de la señora Cospedal) el país. El arte mayor es una profecía cuyo significado último es incomprensible incluso por quien la vaticina y es probable que el inmenso elenco de cómicos que hicieron este filme se haya ido a la tumba sin imaginar lo cerca que estuvieron de la rocosa verdad de la que no podemos librarnos. Un sentimiento de traición me asaltaba mientras veía ayer la película. Cuando se estrenó en 1977, fue un síntoma de esperanza liberada. Ninguna realidad podía ser más cutre, triste y envilecida que la descrita en ese esperpento pero, por fortuna, los rijosos fantasmas que habían mortificado la existencia de nuestros padres se habían convertido al fin en figuras de guiñol y podíamos apostar nuestra vida a que el futuro que estábamos llamados a protagonizar estaría libre de ellos y de sus enjuagues. Bien, ya es sabido cómo terminó la apuesta. De hecho, me dije que hoy sería imposible rodar una película tan libre y clara, pero, ¿para qué hacerlo si tenemos el telediario?
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