Todos acumulamos grasas y nos volvemos acomodaticios. En el umbral de la vejez hemos de elegir entre disfrutar del capital acumulado o jugárnoslo a la ruleta incierta de un futuro que ya no será nuestro. En este dilema, la inercia empuja obviamente hacia la primera opción. Las páginas de los periódicos (singularmente, el presuntamente progresista, que frecuento desde su primer número) están plagadas de firmas de patricios de las letras y de maîtres à penser cuya declinante tarea parece consistir en defender la plaza ganada y lanzar desdeñosas invectivas hacia las fuerzas emergentes en la sociedad. Es una forma de soberbia reaccionaria propia de quien cree haber llegado a una cima inaccesible y prefiere ignorar que, como todos, lo que ha hecho en su vida es navegar las olas de la Historia que le han tocado en suerte. Uno de estos patricios declinantes, quizás el más conspicuo por su visibilidad, es Fernando Savater. Lo cito, no solo por el hechizo que ejercía su prosa ni porque sus escritos han informado en gran medida la conciencia cívica de una generación, sino por el raro atractivo que proyectaba la mezcla de coraje político y hedonismo personal de su imagen pública. En este sentido, mi libro preferido de entre su extensa obra es A caballo entre milenios, una crónica autobiográfica en la que se trenzan su actividad civil contra el terrorismo de ETA y su pasión por el turf hípico, una lección moral inalcanzable para quien no ha pisado nunca un hipódromo. En su columnilla periodística de hoy, glosa el ya famoso incidente de la canciller alemana con una niña palestina y descalifica a los críticos de Angela Merkel, a los que tilda desdeñosamente de ser tratados como niños mimados y adolescentes rebeldes por su gobierno (el español, no lo dirá por la ley mordaza) y defiende la respuesta de la canciller porque trató a la desconsolada niña “como ciudadano”. Hay que fingir que se sabe muy poco del funcionamiento de la política para hacer creer que Merkel habla “como ciudadanos”, es decir, con la ley en la mano, a todos con los que se entrevista, incluidos, digamos, el presidente de la Bolsa de Franckfurt o el primer ministro de China, entre otras razones porque, en esas esferas, la ley tiende a ser un material muy maleable. Dirigirse a una refugiada política de quince años que va a ser deportada como a «un ciudadano» es, además de un síntoma del estado actual de la Unión Europea, un sarcasmo cuya comprensión está al alcance de cualquiera, incluso de un catedrático de Ética. Claro que el objetivo real de la glosa no es la suerte de la niña, ni siquiera la respuesta de la canciller, sino las manifestaciones emergentes a nuestro alrededor ante la insoportable evidencia orwelliana de que todos los ciudadanos somos iguales, si bien unos más iguales que otros. Pero, a estas alturas, nuestro filósofo ya ha alcanzado el olimpo de Goethe y prefiere la injusticia al desorden.