Cada vez leo menos prensa en papel, por economía, por funcionalidad, también por hartazgo. El tenebroso bombardeo diario me parece más liviano, más fugaz, on line, donde no sabes si estás leyendo una noticia o su parodia. Pero, vaya, algunos rituales que fueron placenteros y aún no hay razón para considerarlos nocivos, permanecen intactos: el desayuno dominical, café, fruta, tostadas, la píldora de turno… y el periódico. Ese día cambio unas palabras con mi quiosquero, un periodista titulado al que las dificultades de empleo en su oficio le empujaron a un ligero corrimiento en la cadena comercial de la información que le llevó de producir noticias a venderlas. Después del saludo, me pregunta cómo veo las cosas, así, en general. La vanidad me lleva a creer de pronto que quiere conocer mi opinión pero ya he aprendido que lo que quiere es darme la suya, así que, como en el teatro, le doy el pie y el recita su parlamento. Hoy, el pretexto para el diálogo han sido los resultados de una encuesta preelectoral publicada en el diario que compro, que él consideraba irreales y a mí me resultaban indiferentes. Su monólogo ha derivado hacia la actitud moral de los políticos de derecha e izquierda cuando llegan al gobierno. No estamos en desacuerdo pero es mucho más joven que yo, así que sus opiniones están empapadas de esperanza y de deseo, que él desearía en su fuero interno que fuesen la misma cosa. Mientras habla, persigue la precisión de las palabras, la hilazón de lo que quiere decir, la vía de salida a una conclusión que sea a la vez coherente y satisfactoria. No es fácil, yo también estoy experimentando ahora, mientras escribo, esta dificultad. Al fin parece haber alcanzado la iluminación y concluye: “mi suegro, que decía muchas tonterías, solía decir una gran verdad, todos tenemos un precio”. Otro cliente apresurado ha entrado en el establecimiento y tercia, “me tienes que presentar a tu suegro”.