Nuestro desapacible ministro de Interior, acaso el más antipático del gobierno, lo que tiene mérito, ha recurrido a una metáfora menestral para explicar el fastidio que le produce la inmigración y justificar así la mezquindad con que el Estado español se ha comportado en la aceptación de cuotas de refugiados que llegan a Europa huyendo de los pavorosos conflictos de Oriente Medio. Estos refugiados son comparables sin duda a los cientos de miles de republicanos españoles que recibieron un maltrato similar en la frontera de Francia hace casi ochenta años, antes de que empuñaran las armas y dieran su vida por la libertad del país que los había rechazado. Claro que nuestro aflictivo ministro procede de una cepa política que no tiene por qué sentirse concernida por esta memoria. Pero veamos la metáfora, de la que el taciturno ministro ni siquiera puede atribuirse la paternidad porque es de Sarkozy y según la cual los inmigrantes y refugiados constituyen una fuga de agua en el tejado que hay que obturar y no repartirla por las estancias de la casa, que en este caso son los países de Europa. En la versión original, Sarkozy ha descrito con brillantez la Unión Europea como una casa burguesa, con su salón comedor, la habitación principal, el cuarto de los niños, la cocina, el office, hasta hacer comprender al más tonto de los adormilados europeos del riesgo de que el sofá de ver la tele y hasta la cunita del bebé se llenen de negros. Nuestro ministro de la mordaza carece de las cualidades oratorias de su modelo francés (en realidad húngaro, ya que hablamos de inmigrantes) y ha repetido lo mismo pero en un tono modorro y con la mirada puesta en el suelo, como si confesara un pecado. Me imagino que es lo que los expertos del PP han detectado como problemas de comunicación en los capitostes del partido. Sarkozy es plenamente consciente de haber formulado una abyecta metáfora racista porque está resuelto a arrebatarle votos al Frente Nacional de Le Pen en su propio terreno, pero ¿qué se propone nuestro atribulado ministro cuyo gobierno no puede estar más a la derecha sin salirse de la regleta? Y, ya que estamos, ¿qué consecuencias piensa extraer de su diagnóstico?, ¿cómo piensa taponar la gotera? Sin duda lo ha intentado con las concertinas, las devoluciones en caliente y los disparos contra quienes intentaban alcanzar la playa a nado. Sin embargo, los objetivos de estas acciones eran organismos superiores, en realidad mamíferos de la escala superior evolutiva, pero ¿cómo se enfrentará a un flujo de moléculas de H2O? Quizás deba volver a San Agustín y su ñoña historia del niño que intentaba atrapar toda el agua...
El calor
La ex alcaldesa Rita Barberá perdió la poltrona, con todo merecimiento, no por ignorar la lengua que se habla en su ciudad y hacer ostentación de ello desde el balcón consistorial sino por desafiar al cambio climático con su destartalada alusión al calor. Ojo con las burlas a la naturaleza. Las bromas medioambientales debían ser delito por lo menos de la misma gravedad que las gansadas tuiteras del concejal Zapata. En el tsunami térmico que nos envuelve estos días he sufrido un par de breves episodios de ansiedad, no precisamente por el nivel del mercurio sino por una profecía repetida por la sibila doméstica. Los dos episodios han tenido lugar en días sucesivos y en las mismas circunstancias, durante el telediario del mediodía, cuando la voz del tiempo anunciaba que la ola de calor se prolongará más días, así, dicho vagamente, más días, pero ¿cuántos? En ese momento, mi organismo se ha independizado de la razón y he sentido que el aire no entraba en los pulmones y se aceleraba el ritmo cardíaco. La experiencia dura unos segundos, los que necesito para apartar la vista de la pantalla y comprobar que el aparato de aire acondicionado y el ventilador funcionan normalmente. Sin embargo, miro con desconfianza a esos chismes, no solo porque su funcionamiento depende de un sistema tecnológico falible -¿y si cae el suministro eléctrico por exceso de consumo?-, sino porque la resistencia al calor es también una construcción mental que depende de nuestra convicción de que volverá el frío. Los habitantes de este hemisferio asociamos los desastres naturales con el hielo -aludes y ventiscas, caminos y suministros cortados por la nieve, individuos muertos de frío- y estamos orgullosos de la tecnología que nos ha permitido domesticarlo. Una reciente y muy popular película de dibujos animados asocia el hielo con el desorden moral. En nuestra cultura, el paraíso y sus pejigueras -las moscas, los labios resecos, la piel quemada, la sequía- están todavía lejos, al sur, y son circunstancias de una aventura a la que hay que ir a buscar pertrechado de mochila y cámara de fotos. Pero, ¿que ocurre si el sur nos ahorra el viaje y viene a buscarnos a nuestra casa y como un huésped gorrón se queda para no irse? Intento verbalizar las razones de los episodios de ansiedad. “Enhorabuena, estás a punto de afiliarte a Greenpeace”, me responde mi amigo Xabi B., veterano voluntario de esta organización. Me pregunto si no será tarde, pero no se lo...
Evolución
La plaza pública se ha convertido en el graderío sur. Ahora Madrid, Catalunya Sí que es pot, Juntos por el sí, Geroa Bai, Por Cádiz sí se puede, Guanyem, etcétera, los nombres de los partidos y plataformas emergentes parecen menos lo que son que gritos rituales de la hinchada, en el doble sentido de masa de hinchas y de estar hinchados de indignación por lo que ocurre en la cancha. Expresan una perentoria afirmación existencial: ¡podemos!, ¡somos!, ¡estamos!, ¡ganamos! La hinchada ha licenciado al equipo y quiere saltar al pasto y jugar el partido por sí misma y, como son muchos más que los once de las botas de reglamento, están dispuestos a golear sin misericordia la portería de enfrente. En las comunidades de mayor raigambre étnica -si esto significa algo-, los emergentes apelan a la madre tierra, a las mareas en Galicia y a los montes y topónimos umbríos (Aralar, Aranzadi) o a tareas rurales en el País Vasco. Bildu significa reunir pero también recoger la cosecha o apriscar a las ovejas, lo que constituye una declaración de intenciones. Los nombres de los partidos de antaño sintetizaban los tres rasgos por los que querían ser identificados: la naturaleza de la organización (partido, liga, movimiento), la quintaesencia de su ideología (nacionalista, conservador, socialista, autonomista, canábico) y el ámbito de competencia (España, Cartagena, el Peloponeso). Eran nombres racionalistas y funcionales, destilados de un discurso político inteligible que aspiraba a ser un patrimonio universal y duradero. La sigla era un reconocible banderín de enganche y una clara aguja que discernía a adeptos y adversarios. Ahora estos partidos parecen esqueletos de ballenas varadas en una playa que ningún surfista postmoderno quiere frecuentar. Pero se trata de un engañoso espejismo. Los nombres que se han dado los emergentes delatan el fervor festivo de una manifestación dominguera, la eternidad de un minuto de telediario y el chisporroteo de Twitter: instantáneos, urgentes, proactivos, virtuales. En resumen, el primer berrido de un recién nacido que habrán de convertir en lenguaje articulado para sobrevivir a los predadores que colonizan el ecosistema. La experiencia de Madrid indica que no va a ser tarea fácil ni aun bajo las alas de una acreditada clueca como Manuela Carmena. Asistimos (podría ser el nombre de un nuevo partido de las clases pasivas) a un interesante episodio de la historia de la evolución en el que quedarán por el camino muchos especimenes que acaban de eclosionar y agitan soñadoramente el...
Voces blancas
Ayer, el Parlamento de esta provincia subpirenaica desde la que escribo eligió a la que será la presidenta de la región los próximos cuatro años. El trámite de debate del programa de gobierno y la votación subsiguiente discurrieron en un registro versallesco. Ni una estridencia, ni una salida de tono y todos los discursos jalonados de flotantes expresiones de deseo, como farolillos de una verbena estival: pluralismo, paz, esperanza, apertura, o, para resumirlo con una frase de la propia presidenta, “un nuevo modo de hacer política”. Ni los sentimientos más extremos y grasos que anidaban en las bancadas –la amargura de la derecha perdedora, el júbilo casi despepitante de la variopinta coalición vencedora- alcanzaron a quebrar la armónica orquestación de la jornada. Era evidente que había un acuerdo inconfesado en la clase política para presentarse como un coro de voces blancas a fin de no encabronar al pueblo soberano más de lo que ya está. Fue una jornada tan musical que no tuvo letra. El programa de gobierno se presentó con hilvanes y sin factura, y la oposición no juzgó que el momento fuera oportuno para enredarse en los detalles. Los portavoces agotaron sus turnos con generalidades previsibles y retórica de fiesta de principio de curso, en la esperanza de que el subtexto de sus intervenciones fuera inteligible pour conaisseurs. Hay al menos un par de buenas razones para que las cosas discurrieran de este modo. La primera, que el cambio de sentido en el mandato de los electores ha sido tan evidente que tiene algo de fatídico, y es sabido que nadie puede oponerse con éxito al fátum. Todos han convenido en que la coalición de gobierno resultante era la única posible aunque aritméticamente había otras alternativas, políticamente tan improbables como la que ha salido. La segunda razón es que los partidos concurrentes, del gobierno y de la oposición, están desguazados: sin ideología, ni proyecto, ni programa, ni apenas cuadros (el gobierno naciente está formado por técnicos), no son más que un puñado de afines alrededor de unas siglas, asediados por la mezcla de impaciencia y desconfianza que conforma el sentimiento dominante de la sociedad respecto a los políticos. Eso sin contar con que las arcas están vacías, el fraude fiscal intacto, el desempleo terne y la salida del agujero en la nube. En este clima, hubiera resultado suicida exhibir el matonismo habitual de los partidos tradicionales, así que todos se han presentado como Adán en el paraíso, y este carácter auroral ha coloreado la primera sesión de la legislatura. Ya habrá tiempo de hacer...
El engrudo
La ideología precede a la realidad, la suplanta e invade territorios de la mente que son refractarios a esta. En tiempos de guerra como los que vivimos, la ideología es el engrudo que acude a taponar los agujeros dejados por las bombas y las minas de la realidad. La ideología es democrática, igualitaria y complaciente, mientras que la realidad es hosca, huidiza y a menudo intratable. Para justificar nuestra impotencia frente a la realidad, alegamos que no está probada o que los datos aportados para probarla son falsos o insuficientes. Es lo que ha hecho un antiguo y notorio capitoste socialista al porfiar que el aumento de la pobreza en España es una falsedad manipulada por las oenegés para que sus voluntarios no se queden sin empleo. El capitoste es un académico profesionalmente experto en estadística y demografía y su lógica parece irrefutable: si ha aumentado el índice de crecimiento del país en los dos últimos años mal puede creerse que haya aumentado correlativamente el número de pobres. Es un argumento curioso en un socialista, por más orondo que se muestre (el socialista, no el argumento) porque también es sabido que ha aumentado la desigualdad, de modo que es perfectamente plausible que la riqueza creada haya ido a manos de los más ricos y detraída de los más pobres. La inesperada lucha de clases que ha acarreado la crisis ha sorprendido a los socialistas o socialdemócratas, como más finamente se llaman, en la trinchera equivocada. Al capitoste aludido, esta desubicación ha dejado de importarle porque está retirado de la política y, como cualquier jubilado, dice lo que le da gana, tanto más si así alimenta un resentimiento típicamente senil hacia la desagradecida realidad que ha dejado de reconocerle los servicios prestados. Pero, para los socialistas en activo, herederos del País de Jauja que construyó el capitoste y sus pares, y que aún esperan cobrar sus pensiones algún día, la reconstrucción de una ideología adaptada a la realidad se ha convertido en un doloroso quebradero de cabeza. Para decirlo claro: hay demasiados agujeros y poco...
En la casa de mi rey
El haraganeo vacacional me ha llevado días atrás a Foix, un ciudad a unas cuantas leguas al este del país de los vascos y de los bearneses que fue sede del linaje del último rey de mi Reyno, conde de Foix-Albret. La casa solariega es un castillo mastodóntico, opresivo, si bien hueco, que se erige sobre el caserío de una ciudad de provincias típicamente francesa. En chanclas y con camiseta y bermudas, como un siervo de la gleba, recorrí bajo un sol de castigo las desdentadas almenas y escruté el sombrío interior de los torreones en busca de una emoción que me permitiera comprender el entusiasmo de mis paisanos al celebrar cada 30 junio la batalla de Noáin (1521) en la que el de Foix perdió la última ocasión de recuperar el Reyno de las manos de los conquistadores castellanos. Es propio de los nacionalismos irredentos celebrar melancólicamente las derrotas del pasado pero a los propios derrotados el asunto no parece importarles gran cosa. En una sombría estancia del castillo, los servicios turísticos de la ciudad han compuesto unos paneles que relatan los avatares de la casa de Foix. En vano busco alguna referencia del Viejo Reyno del que soy súbdito, de su floreciente pasado, de sus libertades perdidas, de sus risueños concejos de hombres libres, de sus encantadoras brujas, de sus sagrados fueros… Nada. La historia de los paneles se dirige, ya lo habrán adivinado, a la gloria ¡de Francia! Unas pocas líneas recuerdan que Enrique de Borbón (ojo, pariente del que todos sabemos), último conde de Foix, heredó de su madre Juana de Albret el título de rey de Navarra -un reino situado en los Pirineos con capital en Pamplona, anota vagamente el panel-, antes de convertirse en Enrique IV el Grande, rey de Francia. Por un momento me sentí oprimido, por los españoles que nos derrotaron en Noáin y por los franceses que nos abandonaron a nuestra suerte para instalarse en Versalles. El hecho de que en ese momento calzara chanclas y vistiera camiseta debió de agudizar el sentimiento de orfandad y expolio histórico. Luego, ya con un vaso de cerveza y a la sombra, me di a mí mismo una típica explicación de turista frente a los arcanos que le son dados a contemplar. Claro, me dije, los reinos de entonces eran como las empresas de ahora, formaban cárteles, se fusionaban o se absorbían unos a otros y las menos rentables eran liquidadas. Los campos de batalla eran los mercados de entonces, igual que los mercados son los campos de batalla de ahora. Y, ya lanzado, pensé, es lo que pasa en Cataluña, que van a independizarse para salvar los negocios de su patrón. La...